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domingo, 3 de agosto de 2014

Nosotros mismos

 

 

 

En un poema de su magnífico y reciente libro, Cuaderno de vacaciones, Luis Alberto de Cuenca, en un tono entre elegíaco y resignado, lamenta que la vida lo haya llevado por caminos indeseados, no permitiéndole ser quien verdaderamente hubiese querido. Y en un pasaje del poema escribe algo que me hizo reflexionar mucho sobre mí mismo: «Luego / está el tema de las sendas perdidas / y el de esas partes de nosotros mismos / a las que traicionamos por servir / a una sola faceta (la peor, / la más absurda y menos favorable)». Sospecho que este sentimiento de vida dilapidada, estúpidamente dedicada a servir nuestra faceta «más absurda y menos favorable», es algo que casi todos hemos sufrido; y, junto a este sentimiento postrador, el propósito de no volver nunca más a traicionar lo que verdaderamente somos, para ser «nosotros mismos». Pero se trata de un empeño quimérico: pues no solo las traiciones a nuestra verdad más profunda nos impiden ser «nosotros mismos», sino también las percepciones erróneas que sobre nosotros tiene la gente que nos rodea, las imágenes tergiversadas que otros se hacen de nosotros, impidiéndonos ser lo que deseamos ser y negando obscenamente lo que somos. Y estas rectificaciones externas que los otros hacen de «nosotros mismos» acaban convirtiéndonos en personas irreconocibles, incluso para nosotros mismos, o sobre todo para nosotros mismos.

A mí me ha ocurrido infinidad de veces. Recuerdo que, cuando me estrené con mi libro de glosas Coños, me tropezaba con tíos rijosos que me abordaban con alborozo, pensando que compartía con ellos sus inquietudes pornógrafas; y a mí me resultaba inverosímil que aquellos mastuerzos no entendieran que mis inquietudes eran literarias, y que había elegido ramonianamente aquel asunto en un esfuerzo por demostrar que se podía hacer literatura con cualquier cosa. En otra fase de mi vida, durante los mandatos de Zapatero, se me acercaba gente fanatizada que me palmeaba la espalda y me jaleaba: «¡Dale más caña a ese cabrón!»; y a mí me resultaba inverosímil que no entendieran que mi combate era con el mundo moderno, y no con aquel Zapatero de efímera memoria (cuyos estropicios 'conserva' su sucesor, como corresponde a un irreprochable conservador). También me ha ocurrido que personas pías se me han aproximado, reprochándome que mis novelas aborden cuestiones crudas; y a mí me resultaba inverosímil que exista gente que piense que, si eres escritor católico, tienes que escribir solo pamplinas emotivistas y 'literatura con valores' (¡vade retro!), haciendo como que el problema del mal no existe en el mundo (en realidad, esta es la causa principal de que el arte católico sea hoy insignificante e insustancial, o inexistente). Mucho más difícil que vencer las traiciones que nos hacen servir a una sola faceta de nosotros mismos es combatir contra el empeño caleidoscópico de algunos por hacernos servir a facetas que nada tienen que ver con nosotros.

A la postre, he llegado a la conclusión de que es imposible mostrarnos ante los demás como verdaderamente somos. Frente a la verdad sobre una persona, existen otras verdades imaginarias o interesadas, provocadas por el reflejo de cada uno sobre los demás. Cada persona, al interpretarnos y juzgarnos, nos 'recrea', incorporando a nosotros algo de su propia individualidad; cuando nos quejamos de que alguien no nos comprende, lo que en realidad rechazamos es el intento que esa persona hace de amoldarnos a su propia esencia, agregando rasgos a nuestra personalidad que no son nuestros, sino de ella, en su pretensión de 'adueñarse' de nosotros. Todo este proceso se agrava hasta adquirir ribetes caricaturescos cuando la persona que se 'recrea' se percibe a través de los medios de comunicación, y no a través de un trato directo.Cada uno de nosotros es el contradictorio resultado de lo que los demás van haciendo de nosotros, en su necesidad de verse a ellos mismos reflejados en nosotros.

Cada uno de nosotros está hecho de proyecciones distorsionadas que los demás elaboran en el angosto callejón de sus prejuicios, que suelen estar forrados de espejos deformantes. Y lo más trágico de todo es que estas proyecciones dejan rastro; y acaban desfigurándonos y obligándonos a actuar de diversa manera según sea la gente ante la que 'actuamos', a la que inconscientemente procuramos dar lo que espera de nosotros. Así nos diluimos y multiplicamos. Así, en fin, nos traicionamos. Nuestro sino es convertirnos en ecos o espejismos cambiantes de múltiples, incontables facetas. Solo Quien ve en lo oculto sabe quiénes somos verdaderamente.

Juan Manuel de Prada

Fuente: finanzas.com

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