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domingo, 1 de junio de 2014

Francisco vive en un mundo que le es ajeno

El Santo Padre vive rodeado de aplaudidores que celebran la sabiduría supernatural de todo cuanto dice.

Ser Papa tiene sus ventajas. El Santo Padre vive rodeado de aplaudidores que celebran la sabiduría supernatural de todo cuanto dice. El fervor que sienten es contagioso. Gritan los titulares: ¡El Papa está a favor de la paz! ¡La cree “urgente! ¡Condena el terrorismo con firmeza! Con entusiasmo conmovedor, en la Argentina por lo menos los fieles toman tales palabras por evidencia de que Francisco es un auténtico líder mundial que pronto convencerá a los belicosos de otras latitudes que ha llegado la hora de batir las espadas en rejas de arado y las lanzas en podaderas para que no haya más guerras. El sueño de Isaías así resumido es muy atractivo pero, según la Biblia, que a veces es más realista que los bienintencionados dirigentes religiosos actuales, tendremos que esperar hasta “la parte final de los días” antes de que la paz reine en toda la Tierra.

Por cierto, no hay motivos para suponer que los guerreros santos que pululan en el mundo musulmán estén por prestar atención a los pedidos piadosos de Jorge Bergoglio: están demasiado ocupados matando a quienes no comparten todas sus preferencias teológicas, comenzando con los cristianos que todavía quedan en la inmensa región que se extiende desde la costa atlántica de África hasta el mar de China pero que, tal y como están las cosas, pronto morirán en matanzas o se verán expulsados.

Además de seguir las huellas de los centenares de dignatarios eclesiásticos de diversas iglesias, políticos e intelectuales renombrados que en años recientes han viajado a la Tierra Santa trayendo mensajes de paz y que, casi siempre, dan a entender que la mejor forma de asegurarla consistiría en que Israel desmantelase sus defensas, Bergoglio se vio involucrado en un nuevo escandalete en su país natal. No fue su culpa.

En vísperas del 25 de Mayo, llegó a la Casa Rosada una carta escueta, escrita apuradamente en su nombre por algún subordinado en que aludió, como es su costumbre, a cosas buenas como la concordia, el diálogo constructivo y la convivencia pacífica. No fue nada del otro mundo pero, sin perder un minuto para preguntarse por qué se le ocurriría a alguien falsificar una esquela tan rutinaria, los vaticanólogos locales, impresionados por el tuteo, un error de tipeo y otros detalles estilísticos, decidieron que era trucha, algo inventado por los kirchneristas, un juicio que fue avalado por el “ceremoniero”, el argentino monseñor Guillermo Karcher, que la calificó de un “collage” hecho con “mala leche” por un “artista”. En cierto modo lo fue, pero sucedió que “el artista” responsable de la misiva resultaba ser el mismísimo Papa.

Desde antes de metamorfosearse en Francisco, hay dos Bergoglio. Uno es el jefe de una grey de más de mil millones de personas que está procurando restaurar la autoridad espiritual de la Iglesia Católica acercándose a la gente y diciéndole que él también cree que el mundo se ha equivocado de rumbo. De acuerdo común, es mucho más simpático, más “humano”, que su cerebral antecesor alemán, el papa emérito Joseph Ratzinger o Benedicto XVI. Este Bergoglio quiere adaptar la institución que encabeza a los tiempos que corren sin romper por completo con los dos mil años de historia en que se basa casi todo su prestigio.

El otro Bergoglio es el hombre que, según Néstor Kirchner, militaba como el “jefe de la oposición”. Si bien no le es dado continuar desempeñando tal rol, entre sus compatriotas abundan los tentados a ubicar todas sus palabras, guiños y gestos en el contexto político argentino, subrayando lo que diferencia su manera de actuar del combativo estilo K, con el propósito de incomodar a Cristina. Parecen creer que, como Juan Domingo Perón cuando estaba en Madrid, Francisco mueve una multitud de hilos, manda instrucciones cotidianas a sus operadores y por lo tanto está detrás de todas las maniobras emprendidas por la sucursal argentina de la Iglesia Católica. De no haber sido por tal ilusión, a nadie se le hubiera ocurrido preocuparse por la autenticidad de una carta meramente formal.

Ayudar a tranquilizar los ánimos aparte, no hay mucho que Francisco puede hacer para que por fin la Argentina salga del pantano socioeconómico y político en que sigue hundiéndose. Protestar, como buen peronista, contra un orden nacional e internacional inequitativo no sirve para mucho en un país vapuleado por la inflación que tambalea al borde de la bancarrota y que, de no ser por la soja hoy y –¿quién sabe?– el gas shale mañana, tendría que elegir entre intentar una revolución capitalista dura que sería denostada por “neoliberal” por un lado y, por el otro, resignarse a un destino de miseria generalizada. Mal que les pese a los papistas, la influencia del Sumo Pontífice argentino en el futuro del país será escasa.

También lo será en el resto del mundo. Mientras Francisco celebra su propia amistad personal con algunos popes ortodoxos, rabinos judíos e imanes musulmanes, creyentes menos benévolos de distintas confesiones religiosas hablan el lenguaje de la guerra. En el Oriente Medio, el Papa trató de congraciarse con todos, en especial con los musulmanes palestinos que se han propuesto eliminar de cuajo al “ente sionista”, Israel, con sus habitantes judíos adentro.

Como los izquierdistas “antisionistas” europeos, Francisco se manifestó terriblemente indignado por la barrera que fue erigida por los israelíes para frustrar a quienes entraban en su país para asesinar a hombres, mujeres y niños indefensos; al recordarle el primer ministro Benjamín Netanyahu y otros voceros israelíes que, a partir de la construcción de dicha barrera, hubo llamativamente menos atentados terroristas, el Papa procuró reducir el impacto de su militancia pro palestina anterior rindiendo homenaje al profeta del sionismo, Theodor Herzl, y visitando Yad Yashem en que se conserva la memoria de los millones de judíos asesinados por los nazis.

En su tesis doctoral, el líder palestino, Mahmoud Abbas –“hombre de paz”, según Francisco–, nos explicó que el Holocausto fue una obra conjunta de los nazis y sionistas. Abbas se ha sentido dolorido últimamente porque la guerra civil en Siria, donde ya han muerto más de 150.000 personas en la lucha entre el dictador Bashar al-Assad y sus enemigos igualmente brutales, ha distraído la atención de los medios occidentales de su propia causa. Por lo tanto, le encantó la invitación a rezar por la paz en el Vaticano con Francisco y el nonagenario presidente israelí Simón Peres, un hombre cuyo peso político es nulo.

No solo el Papa sino también Barack Obama y muchos otros quisieran creer que el conflicto entre Israel y los árabes palestinos está en la raíz de virtualmente todos los problemas que están convulsionando al “Gran Oriente Medio”, de suerte que si lograran reconciliarse, los islamistas depondrían sus armas. Por desgracia, el asunto dista de ser tan sencillo como les gustaría suponer. Para Al-Qaeda y el enjambre de agrupaciones afines que día tras día surgen en Yemen, Irak, Afganistán, Pakistán, Malasia, el norte de África, Filipinas, el Cáucaso y China occidental, Israel es solo una manifestación antiislámica más, “el pequeño Satán” al decir de los iraníes, ya que el enemigo principal es Estados Unidos, “el gran Satán”, y los países de Europa.

De caer Israel, estarían en la mira Andalucía, Sicilia y Grecia, que antes habían formado parte del mundo islámico. Los guerreros más vehementes aluden con frecuencia creciente a un objetivo que, como entenderá Francisco, tiene un valor simbólico evidente: Roma.

Oponerse a la violencia y predicar a favor de la paz es fácil, pero es muy poco probable que la breve visita papal al Oriente Medio haya salvado una sola vida en Siria, Irak, el norte de África u otros lugares en que los islamistas, envalentonados por el repliegue norteamericano y la debilidad europea, están avanzando, masacrando a miles de personas de todos los credos y de ninguno. ¿Se arrepentirán los esbirros del régimen sudanés que encarcelaron una mujer embarazada y amenazan con decapitarla porque, según ellos, abandonó el islam por el cristianismo, la fe en la que nació? ¿Ayudarán las súplicas papales a las casi 300 niñas nigerianas, la mayoría cristiana, secuestradas por los fanáticos de Boko Haram para vender como esclavas, a los cristianos de Pakistán condenados a muerte por “blasfemia” contra el islam o los coptos de Egipto? Claro que no.

Parecería que, como tantos otros, Francisco teme más herir la sensibilidad tierna de sus interlocutores musulmanes que exigirles hacer algo positivo, aunque solo fuera organizar manifestaciones callejeras gigantescas equiparables con las que repudiaron la publicación de algunas caricaturas insulsas danesas, para protestar contra los horrores perpetrados por tantos correligionarios. Se entiende: hay que privilegiar “el diálogo” entre representantes de las distintas ramas del monoteísmo abrahámico.

Pero, mientras el Papa, Obama y otros siguen dialogando en torno a abstracciones con el presunto propósito de alcanzar un consenso, hombres de ideas muy diferentes toman nota de su pasividad para llegar a la conclusión de que los infieles occidentales ya están batiéndose en retirada, huyendo en pánico de las tierras musulmanas que habían invadido con la colaboración de apóstatas locales, y que, con tal de que sigan atacándolos, la victoria final será suya.

James Neilson

Fuente: Noticias.

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