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domingo, 13 de abril de 2014

HOMILÍA DE MONSEÑOR MARINO EN EL DOMINGO DE RAMOS

 

 

¿Quién es éste?

(Mt 21,10)

Homilía del Domingo de Ramos

Catedral de Mar del Plata, 13 de abril de 2014

 

Queridos hermanos:

“¿Quién es éste?” se preguntaban los habitantes de Jerusalén, al ver una muchedumbre de peregrinos galileos que ingresaban en la ciudad santa y  aclamaban a Jesús montado sobre un asna. Quienes lo acompañaban ya lo habían identificado con sus gritos. Es el “Hijo de David”, “el que viene en nombre del Señor” (Mt 21,9). No tenían dudas. Jesús es el Mesías. Ante la pregunta responden: “Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea” (Mt 21,11).

Había entusiasmo y alegría, que hemos imitado en nuestra procesión. Para aquella muchedumbre, con Jesús se inauguraba el Reino de Dios tan anhelado, dando cumplimiento a los anuncios de los profetas. Reconocerlo como Rey Mesías era afirmar que llegaba la liberación del pueblo y la abolición de todos sus males.

También nosotros hoy hemos traído y agitado ramos con entusiasmo de discípulos de Cristo. Pero el relato de la Pasión nos hace caer en la cuenta de la verdadera realeza y del auténtico mesianismo de Jesús. Por eso, debe haber un rasgo fundamental de diferencia entre aquella multitud y nosotros, entre su entusiasmo y el nuestro. Ellos imaginaban de un modo muy humano el Reino que Jesús traía. Nosotros, instruidos por los sufrimientos de su pasión y beneficiados por la gracia de la fe, sabemos que su triunfo pasa por la humillación de su muerte. Creemos que el Reino de Dios se inicia cuando cambia nuestro corazón.

Al escuchar la Pasión encontramos una inagotable riqueza de aspectos para nuestra meditación. Me detengo en algunos.

La traición de Judas nos pone ante el misterio del corazón del hombre y de su libertad. Jesús lo eligió y lo llamó “amigo” y lo invitó a seguir sus enseñanzas. Pero Judas se dejó tentar por Satanás. No sólo no entendió al Maestro, sino que cedió a la tentación de obrar con independencia de él y de entregarlo. Jesús dice de él algo terrible: “¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”  (Mt 26,24).

Una vez consumada su traición, el remordimiento no lo deja en paz. Reconoce: “He pecado, entregando sangre inocente” (Mt 27,4). Y termina de manera trágica: “arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó” (Mt 27,5). Dejamos a Dios el enigma de su destino eterno. Sólo él sabe. Nosotros recogemos una lección. Dios nos socorre con su gracia, pero respeta nuestra libertad. Siempre espera nuestro arrepentimiento y nuestra conversión.

Hay también otra figura que flaquea y cae. Nada menos que Pedro. Sincero y arrebatado, creyente y débil a la vez. Presumiendo de sus fuerzas, había dicho: “Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás” (Mt 26,33). Pocas horas después negará tres veces al Maestro. Al canto del gallo “Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente” (Mt 26,75).

Judas se arrepintió, pero la conciencia de su pecado lo llevó a la desesperación y al suicidio. A Pedro, el arrepentimiento lo llenó de lágrimas y lo condujo a la humildad. En esta semana santa debemos revisar cuántas veces pudimos identificarnos con Judas o con Pedro. No caigamos en la desesperación de Judas. Y aprendamos con Pedro a dudar de nuestras fuerzas y ser humildes ante el Señor, para no negar a Cristo en el momento de la prueba.

Será útil que nos detengamos en la soledad de Cristo en su agonía espiritual en el huerto de Getsemaní. Está viviendo una “tristeza de muerte”, busca a su Padre y se pone a su entera disposición. Quiere sentir la compañía de los más íntimos, pero no la encuentra. Sus discípulos no entienden nada. Tres veces va a buscarlos y los encuentra dormidos, a pesar de su reproche. Cuando lo apresan, “todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mt 26,56).

Esto no es sólo historia, sino una realidad que se actualiza en nuestra vida personal y social, y no podemos mirar hacia el costado. La agonía de Cristo y su soledad, el sueño de los discípulos, así como la traición de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de sus seguidores, se prolongan en la historia. Cristo es abandonado en los ancianos en los que nadie piensa. Es negado cuando no lo reconocemos en los rostros dolientes de tantos hermanos, y cuando pudiendo hacer algo por ellos nos escapamos y huimos de lo que nos molesta. Es condenado a muerte cuando una ley propicia el aborto. Es traicionado por los cristianos cuando prefieren la popularidad y el número de votos, a costa de la verdad y de la recta conciencia.

Esta semana Él nos vuelve a preguntar lo mismo que a sus discípulos: “¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?” (Mt 26,40).

Cuando al término de esta Misa volvamos a nuestras casas con nuestros ramos benditos, tengamos clara la respuesta a la pregunta inicial: “¿Quién es éste?” Éste es nuestro verdadero libertador, el que nos saca de la esclavitud de nuestro egoísmo; el que quita nuestros pecados y nos enseña a perdonar. Éste es el Hijo de Dios, enviado por el Padre. El que nos despierta del sueño y nos llama a estar atentos a lo que más vale en la vida.

Queridos hermanos, con la voz del papa Francisco, les digo a todos: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo” (EG 49).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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