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lunes, 30 de septiembre de 2013

Mons. Arancedo habla sobre el sacerdocio femenino

Alegría al comprobar que acerca de este tema delicado -el cual Obispos de otros países del mundo no lo tienen tan claro- el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina se ha expresado en un modo totalmente en línea con la Fe, la Tradición y el Magisterio (incluso reciente: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco) de la Iglesia.




Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (27 de septiembre de 2013):

Como todos los años, el 30 de septiembre Fiesta de San Jerónimo Patrono de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, se realizan en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe las ordenaciones sacerdotales. Es un día de particular gratitud y alegría en la vida de nuestra Iglesia. Esto nos habla de la vitalidad providencial de un camino que tiene su origen en el amor de Dios que tanto amó al mundo y le envío a su Hijo Jesucristo (cfr. Jn 3), y que él quiso prolongar en la vida de la Iglesia.

Cuando hablamos del sacerdocio las referencias que debemos tener presente son: Jesucristo, la Iglesia y el Mundo. Fuera de este ámbito el sacerdocio católico pierde todo sentido. Su origen es el amor de Dios, su modelo es Jesucristo, su ámbito la Iglesia y su destino el mundo. Esto requiere una mirada de fe, que no es un salto al vacío sino un apoyarse en el testimonio de Jesucristo. No se trata de un ministerio creado por la Iglesia para cumplir una función, sino de una realidad instituida por el mismo Jesucristo para continuar su misión en el mundo.

Una primera lectura del sacerdocio nos muestra ese sentido relacional entre Dios y el mundo, vivido desde la Iglesia como ámbito o lugar propio del sacerdote. Esto marca su vida con un fuerte sentido cristológico y eclesial, pero también de servicio en el mundo. Esta última referencia es la que lleva al Papa Francisco a insistir: “quiero pastores con olor a ovejas”. El sacerdote es alguien: “tomado de entre los hombre y puesto al servicio de los hombres” (cfr. Heb. 5), esto nos habla de un don pero también de una tarea. El sacerdote es presencia sacramental de Jesucristo.

Este es su límite y grandeza. No construimos el sacerdocio sino que lo recibimos, somos llamados, nos toca hacerlo visible entre los hombre por la gracia del sacramento del Orden Sagrado. No se trata de una carera que elijo, sino de un llamado que descubro y al cual he respondido. No hablamos de un ministerio eclesial en el sentido de una función que nos comunica la Iglesia al servicio de la comunidad, sino del sacerdocio ministerial de Jesucristo como una realidad única y personal que él nos confiere en la Iglesia por un sacramento.

Cuando se plantea el tema del sacerdocio desde la persona y el ministerio de Jesucristo, y no sólo como un ministerio en la Iglesia, pienso que es más fácil comprender el significado que tiene la no ordenación de mujeres, es decir, que sólo sean hombres los llamados al sacerdocio ministerial. No cabe decir que esta decisión de Jesús pertenece a la cultura de una época, por el contrario, él trató a todas las mujeres con amor y respeto, incluso a las que fueron denunciadas como pecadoras.

No podemos, además, dudar de la importancia de la Virgen María en el plan de Dios, sin embargo, no la eligió a ella para el ministerio sacerdotal. María estaba con los apóstoles y cumplió, diría, una función tal vez superior de presencia y santidad en la vida de la Iglesia naciente, pero no era sacerdote. Esto no fue un acto de discriminación de su Hijo. El distinguir la función propia de un ministerio eclesial, de la elección única y personal de un joven, de un varón, para el sacerdocio tiene su fuente en el Evangelio como en la misma tradición de la Iglesia.

Los invito este lunes 30 de septiembre a las 19 hs. en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, para unirnos y participar de la alegría de este acontecimiento eclesial. Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús.

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