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domingo, 28 de julio de 2013

La Misa de clausura de la JMJ y la hermenéutica de la continuidad

 

 

 

Por Raúl del Toro Sola

He seguido algunas partes de la Misa de clausura de JMJ de Río de Janeiro. Al comienzo, varios presbíteros ataviados con vistosas casullas dirigen el canto de un modo milimétricamente igual al de los coristas de cualquier estrella pop. Mientras tanto, el papa Francisco espera en el presbiterio. En su semblante, la “seriedad” del gesto que en cualquier persona normal suele producir el recogimiento y la oración. La cámara enfoca de nuevo a los cantantes: ríen, bailan, gesticulan. Francisco continúa serio, recogido. No sé si alguien se atreverá a acusarlo de ser un cristiano triste, de ser un pepinillo en vinagre. Son dos actitudes diametralmente opuestas en el mismo momento, en el mismo lugar, en la misma celebración. Se supone que con la misma fe.

Al cabo del rato conecto con otro momento de la celebración. Es el ofertorio. El Papa  está incensando el altar. Despacio, con solemnidad. El Papa continúa sin reír, ni bailar. Está “serio”, recogido. Tengo la impresión de que al incensar el altar sabe que honra algo sagrado, y que el humo que asciende hacia el cielo representa la oración que sube a Dios. La suya y la de los demás. Pero los demás siguen riendo, gritando, bailando. Cuando acaba la canción -que no canto-, el público -que no asamblea- aplaude, silba, grita. Pero el Papa continúa con la liturgia. Se lava las manos. Sigue serio. Yo tengo la impresión de que está expresando su indignidad -y la nuestra- para tocar y presentar el Sacrificio que va a ofrecer entre sus manos pocos instantes después. Pero quizá es un pepinillo en vinagre. Afortunadamente, la cámara nos distrae de esa imagen tan poco vitalista y tan poco evangelizadora, y nos devuelve al pueblo fiel. El sector de público enfocado sigue riendo y gritando.

Yo quiero ser un cristiano alegre, no quiero ser un pepinillo en vinagre. Pero no sé qué hacer.¿Imito al Papa y los que le rodean? ¿O debo encontrar mi modelo en la festiva jocosidad del público? Es una imagen antológica la del altar incensado con toda la solemnidad y sacralidad propias de la liturgia, mientras de fondo suena un pop absolutamente homologable con el que suena en cualquier bar cualquier fin de semana. Ni que decir de los aplausos y pitos que responden a la canción.

En el artículo anterior exponía el magisterio claro, continuo y universal de la Iglesia en materia de música litúrgica. Pues bien, la Misa de clausura de la JMJ ha sido una total y absoluta refutación al mismo. Ya sabemos que hay al menos un aspecto en que lahermenéutica de la continuidad reclamada por el sentido común y por el magisterio expreso del Papa Benedicto XVI ha quedado sin efecto.

Ahora bien, lo más llamativo es en qué ha quedado la actuosa participatio. La desconexión entre lo celebrado en el altar, por una parte, y la actitud de los músicos y los asistentes enfocados por la cámara, por otra, era total. En los celebrantes, seriedad, oración, solemnidad e inserción en la tradición milenaria y universal de la Iglesia. En los demás, risas, gritos, pitos, aplausos.

¿Este era el objetivo de la reforma litúrgica del Vaticano II? Los piadosos rosarios y novenas que, según cuentan, nuestros antepasados rezaban de modo paralelo a la celebración de la Misa tradicional no suponían una desconexión mayor que la demostrada por los músicos y público de la misa de hoy. En algún momento, de hecho, creo que la de hoy ha sido mayor. Habría dado igual que la Misa se hubiese celebrado en lengua vernácula, latín, griego, arameo o sánscrito; con el celebrante vuelto hacia la asamblea, mirando hacia el Oriente o tumbado en un sofá.

En el altar, recogimiento, profundidad, consciencia del misterio celebrado, oración. Como siempre. Entre los fieles, jolgorio y disfrute de las canciones. Peor que nunca.

Hay algo que no encaja.

Fuente: http://infocatolica.com

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