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lunes, 22 de julio de 2013

El Juego de la Oca

 

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Reflexión de The Wanderer 

Me crié en una familia en la que los juegos de mesa formaban parte casi diaria del entretenimiento. En casa de mis tíos se jugaba a los naipes invariablemente después de las comidas y antes del rosario que indicaba, definitivamente, el fin de la jornada. En casa de mis abuelos, en cambio, cuando los nietos la invadíamos en los veranos, se desplegaban otros tipos de juegos. Para los más chicos estaba el Juego de la Oca y, a medida que íbamos creciendo, transitábamos sucesivamente por el Ludo, el Estanciero y terminábamos, en la adolescencia, con el Teg. Yo llegué a gozar de algunas partidas de este último, pero luego me compraron una Atari, y con su llegada desapareció la infancia y el encantamiento del mundo, y comencé a sumergirme en el gris y aburrido mundo de la virtualidad.

Pero el juego que más ha quedado grabado en mi memoria es el de la Oca. Para mi imaginación infantil, transitar sus casilleros acompañando al ganso viajero, era una aventura tan apasionante como vivir por algún tiempo dentro de algunos de los cuentos de Beatrix Potter, en los que los animales hablan y llevan una vida similar a las de los humanos. Y la tensión se acrecentaba a medida que mi ficha se acercaba a las casillas más temidas: la del Laberinto, que me haría retroceder más de diez puestos, y la más terrible de todas, la Calavera, que me mandaba a la primera casilla y debía comenzar el juego nuevamente.

Un comentario que apareció en el último post me hizo acordar repentinamente a mi infancia y al Juego de la Oca, además de producirme un poco de temor. Se trata del Anónimo del 18 de julio a las 9:38 hs. que escribió:

“Fumar es una defección, se puede haber salvado pero no es para ponerlo en los altares; No es por que (sic) eran perfeccionistas neuróticos que detenían un proceso de canonización, sino por la ley de la vida espiritual: Nolli proficere deficere est (el que no avanza retrocede)”.

La vida espiritual, según este lector, es como el Juego de la Oca: si caíste en la casilla del Fumador, retrocedés diez lugares, y no vayas a caer en otra más grave, porque es como si cayeras en la de la Calavera: volver a empezar. ¿Y esto por qué? Porque así lo disponen las leyes de la vida espiritual que, pareciera, están codificadas, y en latín.

A ver si podemos desarmar este disparate, aunque reconozco que hay numerosos lectores del blog con mucha más competencia que yo para hacerlo. Sus comentarios, por eso mismo, serán necesarios y bienvenidos.

En primer lugar, no puedo aceptar la existencia de “leyes” de la vida espiritual. Sin dudas, la vida espiritual tiene etapas. Todos los Padres y Santos Doctores indican que son tres y han recibido diferentes nombres: práctica, gnóstica y theológica, según los monjes del desierto egipcio, o purgativa, iluminativa y unitiva, según los místicos posteriores.

También es cierto que una persona que aspira a avanzar en la vida espiritual debe sujetarse a algún tipo de “leyes” -no de su “vida espiritual” sino de su “vida” a secas-, y así, a quienes optaron por la vida religiosa comunitaria, santos como Basilio, Benito, Agustín o Columbano, les redactaron “reglas” que ordenaran sus actividades cotidianas. Y los laicos, aunque no tengamos que sujetarnos a “reglas” escritas, deberemos tener algún tipo de ordenamiento que nos permita, por ejemplo, distribuir el tiempo de la jornada de modo tal que podamos dedicar tiempo a la oración y a la lectura, además, claro está, de las ocupaciones propias del estado y obligaciones de cada uno.

Pero todo esto no son propiamente “leyes de la vida espiritual”. Es que la expresión misma es contradictoria. Pretender “reglar” o “legislar” la vida espiritual es equivalente a pretender encerrar al viento. Y por una razón muy sencilla: la vida espiritual es la vida del Espíritu en el alma de cada uno.  La vida espiritual del cristiano no está dominada simplemente por la idea de que Dios es una persona, como podría ser para un judío, por ejemplo. La vida espiritual del cristiano fluyedesde el hecho histórico de que Dios se reveló a sí mismo y que su Logos o Palabra, el Cristo, se hizo carne entre nosotros. Y es esta Palabra Encarnada la que nos envíe a su Espíritu que habita en nosotros y nos santifica.

Lo que nos santifica, es decir, lo que nos empuja en la vida espiritual es, justamente, el Espíritu, que es pneuma o ruah. Es soplo o viento. Y el viento no tiene reglas: sopla donde quiere, le dice Jesús a Nicodemo. Castellani escribe: “Cristo enseña que la salvación sólo empieza y acaba por el Espíritu de Dios y una transformación profunda, aunque invisible; que no se le ve el origen ni el final, aunque se puede oír su voz como al viento. La dificultad para nosotros de esta parábola es que en griego (y también en arameo) la palabra viento y la palabra espíritu son una misma: “Pneuma” en griego, de donde vienen los “hombres pneumáticos” (o espirituales) de que hablan los psicólogos... y los neumáticos de bicicleta, que adrede escribo sin “p”. Cristo usó de una misma palabra para establecer parabolismo entre el viento y el Espíritu Santo: naturalísimo”.

Pues bien, ese Espíritu que nos salva no puede tener “leyes”, porque el Viento no puede ser “encerrado”. Una vez más Castellani grafica: “Ahora mismo el viento está bramando fuera, estremeciendo mis ventanas, silbando como mil demonios, soliviantando el Río de la Plata e inundando a Concordia y a Tigre; y yo no sé de dónde viene ni adónde va. Anteayer no se movía una hoja en Parque Lezama y mañana mismo quizá amanecerá un día sereno sin un soplo. Vino, y se fue.” ¿Quién le dice al viento cuándo y cómo soplar? Nadie. ¿Quién puede ponerle coto y circunscribirlo a una zona o a un lugar determinado? Nadie tampoco. Y así sucede con el Espíritu. Nos santifica del modo en que Él quiere, y nuestro único deber es disponernos de manera tal que podamos dejarnos llevar por ese Soplo divino sin oponer resistencia, y sin oponer tampoco “leyes”, que no harían más que entorpecer la acción del Consolador en el alma.

Me parece a mí que parte del problema surge cuando se “cosifica” al autor de nuestra santificación. Y pongo como ejemplo otro comentario al post anterior. Es el caso de un lector que imagino joven, y que afirmaba que la pureza de San Luis Gonzaga era “gracia santificante” y no moralina como erróneamente había interpretado de la lectura de mi texto. Pero ¿qué es la “gracia santificante”? (No me vengan aquí con las definiciones y distinciones de Royo Marín, porque para esto no sirven de nada y terminan confundiendo). Pareciera, tal como lo dice el joven lector, que se trata de una “cosa” que Dios pone en el alma de quienes hicieron una buena confesión y están en “gracia”. Y sería esa “cosa” la encargada de hacer santo al hombre. Una “cosa” puede ciertamente tener “leyes” porque tiene propiedades que surgen de su naturaleza. La “cosa” naranja, por ejemplo, tiene como propiedades, o “leyes”, un color, un sabor, una textura determinadas, y a partir de su conocimiento puedo obtener constantes o “leyes” de su comportamiento. Y así, si trasladamos la estructura de la “cosa naranja” a la “cosa gracias santificante”, en buena lógica, esta última deberá también comportarse con arreglo a ciertas “leyes” y constantes.

Pero ocurre que la “gracias santificante” no es una “cosa”. Es el Espíritu Santo, o es el “Viento Santo”, y el viento no tiene reglas ni constantes como tiene la naranja: va y viene y sopla como quiere. Y es por eso que cada uno se santifica de un modo distinto, porque Dios lo ama de un modo distinto, y porque el Viento Santo sopla en él de un modo distinto al que sopla en el amigo del al lado.

Y vayamos ahora al axioma que el comentarista enuncia como una de las leyes de la vida espiritual: “Nolli proficere deficere est (el que no avanza retrocede)”, escribe. Es un dictum constantes en la manualística ascética y no sé quién es su autor y en qué sentido lo dijo quien lo dijo. De una cosa estoy seguro: dicho tal como lo dice el comentarista, es un disparate.

Esta ley reduciría la vida espiritual al Juego de la Oca. Deberíamos vivir en la ansiedad y temor constante de no caer en un casillero aciago que nos haga retroceder, perder algunos turnos en el tiro de dados o, peor aún, volver al punto de partida. Otro comentador del post -el Anónimo del 20 de julio de las 19:09 hs.-, decía:

“Su comentario sobre el fumar es sumamente ridículo y ya varios se encargaron de enrostrárselo. Pero lo de que en la vida espiritual si no se avanza se retrocede es peligrosísimo. ¿Sabe cuántos casos defrustraciones y depresiones ha causado, causa y causará tal disparate? Le pido que reflexione sobre lo que le digo”.

Las negritas son mías porque quiero destacar justamente el gran daño espiritual que se puede seguir cuando comentadores, directorcillos espirituales o Garrigou-Lagrange se dedican a repartir alegremente estas inapelables “leyes” de la vida espiritual. Pensemos, por ejemplo, en el jovencito que se esfuerza día a días y mes tras mes en llevar una vida cristiana coherente con el Evangelio tal como nosotros, los del palo, entendemos que debe llevarse, y que, un día, o de vez en cuando, comente algún pecadillo que la tablita de los manuales de casuística sindica como mortal. ¿Qué significaría según las leyes de la vida espiritual? Pues que cayó en el casillero de la Calavera: perdió todo lo que había hecho hasta ahora, y debe volver a empezar. Y si por una razón o por otra, pasó unos días sin rezar y, peor aún, sin hacer la meditación, es como si hubiese caído en la casilla del Laberinto: retrocede diez puestos. Así no hay quien aguante, y esto es desfigurar completamente lo que significa la vida espiritual y, en última instancia, la alegría y el desafío apasionante de ser cristianos.

Pero el disparate es mayor aún y tiene raíces antropológicas. La persona que tuvo un mal día y no “avanzó” en la vida espiritual sería, en términos psicológicos, la persona que un día no ejerció un acto correspondiente a una determinada virtud, o bien, que ejerció el acto contrario a ella. Según la “ley”, esta persona habría perdido en todo -si tiene que volver a la primera casilla-, o en parte -si retrocede algunos puestos-, la virtud que habría adquirido. Y esto no es posible, ya que la virtud es un hábito que se adquiere por la repetición constante de actos y que se pierde, consecuentemente, con la ejecución constante de actos contrarios. Es decir, un solo acto opuesto a la virtud, o dos o tres, no acaban con la virtud, porque si tal fuera el caso, esa virtud no existía previamente. “Una golondrina no hace verano”, decía Aristóteles. Podrán, quizás, debilitarla un poco, pero nunca acabar con ella. Para que esto último sucediera, sería necesaria la repetición constante y continua de actos contrarios ya que sería necesario desarraigar un hábito y arraigar el otro opuesto.

Escuché una vez a un curita decir que Dios podría tener preparada para algunos una santidad consistente en un continuo levantarse después de las caídas. Sería, en términos oquísticos, un caer continuo en la casilla de la Calavera. Al principio me pareció un poco exagerado, pero pensándolo bien, si el viento sopla donde quiere, ¿por qué no podría ser así? Dice Frank-Duquesne que Dios puede hacer desaparecer de un día para otro, como por milagro, ese vicio, ese pecado o esa imperfección que nos ha asolado, o nos ha hecho volver al punto de partida, durante décadas. En este caso -y esto lo digo yo-, la santidad de esa tal persona habría consistido en reconocer día a día su pecado como pecado, mantener la conciencia de pecado y levantarse, sin ceder a la tentación de conformarse o de enmascarar el pecado en excusas psicológicas o culturales.

En todo caso, si el afán positivista y cartesiano de mucho requiere leyes para la vida espiritual, yo afirmo que hay una sola: la ley del telos, es decir, la ley del fin perfeccionante y plenificante que nos atrae irresistiblemente y que es, al decir de los Padres del Desierto, como la piedra de Magnesia, que atrae a los metales sin que éstos se puedan resistir a su encanto. En otras palabras, la única ley de la vida espiritual, es la ley del continuo y permanente retorno a Cristo, nuestro origen y nuestro destino, el Alfa y la Omega. ¿El modo, el tiempo, las luchas de ese retorno? Cada uno tiene las suyas, tal como el Viento Santo  sople en su espíritu.

Fuente: The Wanderer.

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