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sábado, 2 de marzo de 2013

El Papado

 

 

Extraña, vive Dios, la dinastía

que fundó un pescador en Galilea.

Sin armas, a las armas desafía

y es débil e inmortal como una idea.

 

A sus pies las catervas, a porfía,

la asaltan con el hacha y con la tea

y ella de noche reza; y luego el día

a enterrar sus émulos emplea.

 

No hay otra tal en todas las edades

que a tanto golpe y tal furor se avece (1)

con tanta fuerza pertinaz e interna

 

que contraste tan duras tempestades

y tan gallardamente se enderece

tranquila, intacta, inconmovible, eterna.

 

Como aquellas pirámides triunfantes

clavadas como líbicos peñones

ven pasar a sus plantas, incesantes,

las oleadas de mil generaciones.

 

Ramsés, Cleopatra, Antonio, coruscantes (2)

Cruzados, Saladino, los Borbones,

Napoleón con sus tropas fulgurantes

y míster Roosevelt, cazador de leones,

 

todo fue y ellas son… así el Papado,

pirámide de luz de bases dobles

cuyo ápice se yergue hasta la gloria,

 

sobre Pedro, que es Piedra, sustentado

ve desfilar ante sus pies inmobles (3)

la larga caravana de la Historia…

 

Y cuando de este siglo diamantino

queden ruinas no más, y medios arcos

y se hable de Venecia y de San Marcos

como hoy de Menfis y del Sesostrino.

 

Cuando el turista zelandés o chino

venga a mirar curioso los arcaicos

restos de Londres, o a buscar mosaicos

del Louvre, en el desierto parisino,

 

un Vicario de Cristo, todavía

en medio de otros pueblos y otros nombres

y sin sombra de ruina ni desmedro

levantará la mano dulce y pía

bendiciendo a los hijos de los hombres:

el sucesor milésimo de Pedro.

 

 

Jerónimo del Rey

(Leonardo Castellani)

Colegio del Salvador: Buenos Aires, 20 / 5 / 1924.

(1) Avezar: acostumbrar

(2) Coruscante: que brilla

(3) Inmoble: que no puede ser movido

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