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sábado, 19 de enero de 2013

Epifanía en el Athos

 

Homilía, Epifanía del Señor

La Iglesia está en crisis. A Dios gracias —no sin largas circunlocuciones— hoy la sentencia es doctrina común. Confirmado, es oficial: no es primavera, es invierno, hay crisis.

Bien. Es la mitad del partido ganado: dejar los eufemismos, las idílicas borracheras de entusiasmo infundado sosteniendo “el Relato”, defendiendo “el modelo” que ya demostró sobradamente su fracaso. Rotundo fracaso.

Madre está enferma. Y ya hace varias lunas. Entramos así en una nueva etapa procesal mucho menos confusa que la del dictamen patológico, pero de todos modos, oscura y confusa. La pregunta del millón ya no es ¿estamos bien o estamos mal?, pues el mal está a la vista; la pregunta ha virado a un perplejo ¿y cuál es la enfermedad?

La sintomatología es tan brutalmente variada que es lógico que se tejan incontables hipótesis clínicas. La cosa no es sencilla: no es tan simple como diferenciar fiebre de foco infeccioso. Pues muchas de las manifestaciones del mal que aqueja tiene una entidad causal y no meramente manifestativa: además de la fiebre, de las más variopintas equimosis, los sarpullidos, inflamaciones y demás expresiones externas, lo cierto es que son muchos los órganos en disfunción. ¿Qué padece Doctor? ¿Muchos males, un solo mal, qué es?

La realidad eclesial está a la vista. Sólo algún trasnochado setentista se empecina en negarlo y creerle al fantaseoso Indec. Pero por lo general, la media del creyente sensato ya no reniega de la realidad: iglesias vacías, conventos vacíos, congregaciones enteras en extinción, seminarios cerrados… ¿Será una crisis moral? Pues es evidente que parte de la disfunción orgánica tiene que ver con una lightización de las exigencias evangélicas: todo ha pasado a ser menos drástico y definido y toda duda de conducta naufraga en el nauseabundo caldo del masomenismo relativista. Como un Estado que procurara la reactivación de su economía con planes y subsidios, se bajó el dintel de exigencia moral… pero con eso no se compra a nadie, o mejor dicho: los que engañados compraron, al rato se aburrieron y huyeron.

¿Será que la crisis es moral pero no ya en razón de lo que se enseña que esté bien o esté mal, sino más rasamente por lo que se hace impunemente? Pues está a la vista lo mal que nos portamos los supuestos “referentes” de la Fe católica…

¿O será más bien una crisis doctrinal? Porque está claro que no es un cura o dos, sino cleros enteros —y no pocos obispos incluso— los que han puesto en entredicho verdades sempiternas de nuestra Fe. Y que lo del infierno vayasabersiestanasí, y que los evangelios vayasaberquiénlosescribió, y que el fin del mundo es un disparate maya… Cada cual toma y deja a su arbitrio, como un comprador de supermercado va cargando en su changuito algunas ofertas de góndola y dejando otras… Como una Multinacional nos ha quedado una suerte de Multireligión donde no se trata de un sano “pluralismo”, un sinfónico y armónico coro de diversas voces matizando una única verdad. In dubium libertas, gritan, no sin avisar que lo que está en duda, ante todo, es saber qué es susceptible de ser dudado…

No: ya no es siquiera como en un partido político normal que admite sectores, inflexiones diferentes, líneas alternativas, como las tiene toda doctrina. Más bien nos parecemos al peronismo, donde cabe un poco de todo y a gusto de cada cual. No hay protocolo de franquicia: cualquier cura abre su puesto de ventas, cuelga el cartel de “católico” y cocina las minutas a su modo.

—¿Por qué no voy a poder —vociferaba un vehemente comerciante de Tupungato— poner el cartel de McDonalds en la puerta y hacer las hamburguesas como me parece a mí, sin ridículas semillas de sésamo?

—Podés hacerlas y venderlas como te parezca —intenté persuadirlo—, lo inviable es el cartel, nada más. ¿Por qué querés el cartel?

Pero el comerciante, ni lerdo ni perezoso, apuró su retruco: —¿Y quién define qué es hamburguesa McDonlads y qué no? ¿Quién define si la semilla de sésamo es esencial o accidental?

—McDonlads mismo —simplifiqué yo.

—McDonalds somos todos —sentenció dando por terminado el diálogo, y yo este prosaico ejemplo.

Cualquiera se siente en el derecho de ser católico sin creer del todo en lo que sostiene el Credo católico y con derecho hasta de ser líder, jefe, referente de un catolicismo hecho a su medida y antojo.

¿Será que la crisis es litúrgica? Aquí hay una pista importante, recientemente descubierta. Pues se solía insistir en que, más allá de los evidentes y elocuentes desmanes y disparates litúrgicos, todo esto sí debería admitir el nombre de “síntoma externo”, pues el culto público es como la epidermis del cuerpo eclesial… La Iglesia empezó a patinar en su forma de celebrar, PORQUE estaba enferma, se decía. Pero este análisis admite un giro copernicano: si la lex credendi brota de la lex orandi, hay que atreverse a sospechar al menos que pueda estar enferma PORQUE celebra mal.

Pues bien, en medio de todas estas voces, mientras la Madre moribunda sigue entubada en terapia intensiva, el Jefe del Hospital corta en seco el interminable debate de la junta médica, se pone de pie y sentencia con voz firme: la crisis es de Fe.

La homilía del Papa Benedicto en la apertura del Año de la Fe ha sido apodíctica: basta de vueltas, basta de rodeos: la crisis es de Fe.

Bien. Pero la Fe sigue siendo un terreno amplio. ¿Fe en qué? ¿Qué artículo del Credo se nos cayó de la estantería? Parte de la respuesta habría de pasar por el hecho de que se trata más de la Fe como virtud teologal, como acto y hábito del sujeto creyente, que como objeto creído. No obstante, en sana teología, todos sabemos que ambos asuntos están más ligados de lo que podría parecer. Pues es el objeto creído el que performa la posibilidad del sujeto para adherir. Por tanto, la pelota vuelve al Credo… y uno puede observar que todos los artículos están —cual más, cual menos— dañados, entumecidos unos, macilentos otros, raquíticos todos…

En esta Navidad, que alcanza su cumbre en la Fiesta de Epifanía, yo hago público mi humilde diagnóstico: la falla, la fisura, se da aquí, al pie del pesebre. Los Magos llegan al pesebre y “postrándose lo adoraron”. Y nosotros, que también llegamos al pesebre, y realmente creemos que allí yace nuestro Señor Jesús… no logramos ni postrarnos ni adorarlo.

Afilando un poco más la diagnosis, habría que sentenciarlo así: la crisis es de Fe en la divinidad de Cristo.

Más de uno, sobre todo si está metido hasta los tuétanos tratando de drenar líquidos, de desinflamar, de bajar fiebres, de hiperventilar, podrá fruncir el seño con cara de “dejáte de macanas, de teorizar tanto y vení a dar una mano con los paleativos. ¡Qué diantres tendrá que ver un asunto tan académico con esta septicemia generalizada! ¡Mirá si el cura ese va a haber colgado todo y huido con la monja por la divinidad de Cristo!”

Pero no. Quien lo piensa un poco más podrá al menos aceptar que la hipótesis no es tan descabellada. Que la causa última, la raíz más honda, se distancie del efecto inmediato, es ley en cualquier orden de cosas.

Pensemos este un-poco-más, juntos.

Parecería que no, que no está el vórtice de la crisis en la divinidad de Cristo, pues si uno hace un sondeo en toda la vasta grey cristiana —transversando todos los estados de vida incluso—, preguntando si Jesús es o no es el Hijo del Dios Vivo, el índice de respuestas negativas difícilmente supere el 1 %.

El problema, como anota Casona, es que los árboles mueren de pie. Y las certezas, las convicciones y sus formulaciones, también. Que uno haga una afirmación puede no necesariamente estar significando lo que en verdad ha de significar. Y con este último renglón nos metemos, ahora sí, en el vórtice de la tormenta: ¿qué significa que Cristo es el Hijo del Dios vivo?

Un primer corrimiento puede darse con esto de que es Hijo de Dios. Pues también nosotros lo somos; perdiendo de vista que lo somos por una locura divina de otorgarnos la filiación adoptiva, sin terminar de entender ni por qué esto sea locura ni la distancia infinita que separa la filiación natural de la adoptiva. El mismo encuestador podría sondear cuántos católicos no creen, por ejemplo, que todos los hombres por derecho natural son hijos de Dios… lo que es un disparate supino.

Pero dejemos este corrimiento. Y asumamos que Hijo de Dios dice Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, consustancial al Padre. Bien. Lo que hará falta entonces es detenerse un instante —o varios más— para pensar qué significa ser Dios. Sabemos quién es Dios: Cristo; pero de poco sirve si no sabemos qué es ser Dios.

Un poco con la inteligencia, otro poco con la imaginación y otro tanto con el sentido común, debemos gastar unas monedas interiores en este asunto: ¿qué es ser Dios? Es no ser nada, absolutamente nada de lo creado, pues es justamente su contrario. Es la única realidad que escapa a absolutamente todo lo pensable e imaginable, a todo lo existente. Porque está por afuera de esa totalidad, abarcándola, envolviéndola, sosteniéndola, haciéndola ser. No sólo mi persona, el bombear de mi corazón, la sinapsis de mi neurona, sino la de todos los hombres, y el funcionar biológico de todos los animales, y el rotar del planeta sobre su eje y en torno al sol, y éste flotando en medio de la Vía Láctea… y esforzando nuestra tullida imaginación (tan urgida de ejercicios de elongación) debo imaginarme más y más y más: nidos de galaxias, ramilletes de galaxias, cada una de las cuales suele tener 1012 estrellas, el inmenso espacio intergaláctico, con sus gases y nebulosas y cúmulos… y todo eso, posando sobre la Mano de este Hacedor que lo hizo todo y lo sostiene todo pensándolo todo... sin “piloto automático”: ni un solo protón o neutrón interactúan entre sí, sin que Dios lo decida.

A ese mundo visible hay que sumar el otro, exponencialmente más vasto que el primero: y es el creado mundo invisible, de tronos dominaciones y potestades…

Bien. Cuando nuestra diminuta cabecita logra otear un poco las anchuras reales de Dios, no sin avisarse con realismo que “eso” que logró dimensionar está todavía a años luz de la dimensión real del asunto… pues entonces sí: esa idea de Dios, empuñada cual un cable pelado de alta tensión, es la que hay que acercar al Pesebre, y atreverse a que toque el otro cable: el inerme y diminuto Niño envuelto en pañales. Si hay fogonazo, vamos bien. Si no pasa nada: algo falló.

Y esa es la crisis: que falla; que no hay ni fogonazo, ni chispazo ni cosquilleo siquiera. Y entonces hay que revisar la carga voltaica y ver por dónde se dio la fuga de corriente. Posiblemente lo que haya ocurrido sea que la divinidad que le atribuimos al Niño Jesús sea: o bien una divinidad devaluada (más en la línea de un semidios) o más factible aún, que consideremos que Aquel que “era” de condición divina se anonadó a sí mismo, despojándose de su condición divina, para asumir la condición de esclavo a semejanza nuestra. Un modo astringido y descontextuado de entender el himno paulino (Flp 2). Y que por tanto, el niño que llora en Belén procede de Dios, fue Dios y hasta tiene algo de Dios… pero en todo caso lo tiene “desactivado”. Una encarnación donde Dios-Hijo dejara colgado en el perchero del palier de la Trinidad su condición divina para lanzarse kenóticamente, sin su divinidad, al seno de María.

Y no: no dice eso nuestra Fe. Sin disminuir en nada su condición de Dios es que asume la naturaleza humana. Lo que significa redondamente que el que llora en el establo palestino es el mismo que sostiene las galaxias. Y no sólo es “el mismo” sino que ambas realidades las ejerce al unísono, desde un mismo y único sujeto de identidad. Ese “yo” es amamantado por la Virgen María mientras crea al mundo en un acto continuo, personal, libre, inteligente. Ese inofensivo “mientras” es el que —si todo está a punto— ha de provocar el fogonazo.

Ese Niño es Dios. Es “el Niño Dios” como se decía… hasta que se dejó de decir.

Esta verdad es tan inadecuada, tan escandalosa, tan descabellada, tan impensable… que se entiende que la sensibilidad humana tienda a buscarle una “solución” que devuelva la calma y la cordura. No cabe todo el agua del Océano en un dedal. No cabe la Vía Láctea en una cajita de fósforos… pero cabe el Dios Creador de océanos y galaxias bajo la piel de un bebé recién nacido. 

Cuando esta Paradoja vuelve a tensarse, la Fe recobra —lentamente— su tono muscular. Ni puede un cristiano reposar en la idea de un Dios etéreo, Más-allá-de-todo, ni menos aún en un “pobre Jesucito” que sólo me interpele en su indigencia a hacer un poco de acción social. Hay que acercar ambos cables y aguantar el estrépito de una Verdad que hace saltar todas las térmicas y disyuntores de la cordura y sensatez. Y cuando eso ocurre, ocurre lo de los Magos: miran al Niño y ven a Dios. Y por eso, postrándose lo adoran.

Pero volvamos ahora a la crisis, con diagnóstico y tratamiento indicados. Hay algo curioso y promisorio: dado que este punto es genuino vórtice, auténtico epicentro de toda la infección, en la exacta medida en que se va curando, por círculos concéntricos va amainando la edematización y poco a poco el organismo entero recobra sus parámetros normales. No precisa cada zona afectada un tratamiento local; en absoluto. La salud —como el bien— es difusiva y es el estado normal del creyente. Removido el obstáculo, todo tenderá solo a recobrar su brío.

Si es Dios, puede exigir lo que quiera. Si es Dios, no necesita de alambicados intérpretes. Si es Dios, por más amor y ternura que despierte, a la vez sobrecoge, conmociona, da vértigo. Si es Dios, es de temer. Si es Dios lo merece todo. Si es Dios, mi rodilla sola me pide a gritos ser clavada en tierra: no por cumplir una rúbrica, sino por efecto mismo del impacto derribante.

Por eso, cuando alguien pide —por poner algún ejemplo— que se explique más y mejor cómo comulgar, o cómo estar vestido en Misa o qué actitud física adoptar para confesarse, uno bien podría retrucar: no hace falta abundar en todo eso; alcanza con explicar que es Dios, que es Dios, que es Dios. Todo lo demás, se acomoda solo, por puro sentido común. No hace falta agregar más nada. Como si, por insólita causa, el Papa Benedicto nos citara a su despacho, no haría falta que alguien nos avisara que evitemos ir de bermudas. O al comparecer ante un juez —con potestad para condenarnos a muerte—, al pedirle clemencia, difícilmente lo haríamos muy cruzados de brazos. Por eso: no hace falta ajustar la rúbrica; hace falta ajustar la identidad de Aquel ante Quien estamos. Lo demás, es añadidura.

Por eso los Reyes Magos, al postrarse en adoración ante el divino Niño, nos recuerdan la enfermedad, nos señalan la salud y nos regalan el remedio.

Mientras el “relato” insista en que los Magos, si es que existieron, en el mejor de los casos “le rindieron homenaje”, seguiremos mal. En la medida que el Jefe de la junta médica insista: “homenaje un cuerno: postrándose lo adoraron”, seguirá habiendo esperanza. 

Visto en The Wanderer.

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