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viernes, 30 de noviembre de 2012

San Pablo no fue “neo-con”

 

 

 

 

Hay en los primeros años de la vida de la Iglesia católica un suceso que ha pasado a la historia con el nombre de Incidente de Antioquia porque fue en aquella ciudad de Siria donde los dos Apóstoles, Pedro y Pablo, protagonizaron un enfrentamiento público del que, además, el segundo dejó constancia escrita en su carta a los Gálatas II, 11-21.

 

El problema venía de atrás y sus raíces son perfectamente comprensibles si tenemos en cuenta la composición étnico-religiosa de la primera cristiandad. En su mayoría se trataba de judíos convertidos, en no pocos casos del fariseísmo, y apegados, por tanto, a las prácticas de la Ley mosaica, cuyo cumplimiento estricto pretendían se impusiera a los conversos procedentes del paganismo, también llamados gentiles, como condición sine qua non para formar parte del nuevo pueblo de los redimidos.

La exigencia en cuestión era tan comprensible, por las razones étnicas citadas, como disparatada. No sólo por la repugnancia que a los gentiles inspiraba la circuncisión sino –sobre todo– porque se ponía en cuestión la suficiencia de la Obra de Cristo para la salvación de la humanidad toda vez que ésta era inalcanzable para quien no uniera la observancia de los preceptos de Moisés a los del Redentor.

Por eso, desde un principio las mentes más lúcidas y autorizadas se opusieron a ella rotundamente. San Pedro –el mismo que había bautizado al incircunciso centurión Cornelio [Act. X]– en su discurso del primer Concilio de Jerusalén dirigiéndose a los partidarios de imponer a todo convertido la ley mosaica concluirá así:

“…¿por qué tentáis a Dios queriendo imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar? Pero por la gracia del Señor Jesucristo creemos ser salvos nosotros, lo mismo que ellos” [Act. XV, 10-11] .

 

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Sin embargo en un momento posterior al Concilio, según el sentir general de los historiadores, y en un lugar distinto, precisamente Antioquia, iba a mostrar Pedro una conducta en desacuerdo con lo que él mismo había enseñado y practicado.

Aquella era la ciudad en que por vez primera se había denominado “cristianos” a los seguidores del Crucificado [Act. XI, 26], en lo que algunos autores ven un indicio del espíritu universal de dicha comunidad. Pero, al llegar grupo de los llamados “partidarios de la circuncisión” comenzó el Jefe del Colegio Apostólico a apartarse del trato, y especialmente de la mesa, de los cristianos antioquenos procedentes del paganismo y, por tanto, no circuncisos.

Esta conducta de Pedro no implica necesariamente por su parte un desfallecimiento en su fe en la suficiencia de la Obra de Cristo pero sí una debilidad ante la presión de un grupo influyente al que quiso complacer de esta manera. Esto, ciertamente escandalizó a los conversos de la comunidad antioquena, y provocó la violenta reacción –y alguno de los párrafos más elocuentes- de su compañero de Colegio Apostólico Pablo de Tarso.

El relato de Gálatas II, 11-21 es bien explícito:

“…en su misma cara le resistí (a Pedro), porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, él comía con los gentiles; pero, en cuanto aquellos llegaron,  se retraía y apartaba, por miedo a los de la circuncisión…”Y más adelante le increpa: “¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?… si por la Ley (de Moisés) se obtiene la justicia, en vano murió Cristo”

Y por toda la conducta posterior de los dos protagonistas del incidente público podemos no afirmar pero sí suponer con fundamento que la reacción, al menos la definitiva, del interpelado Pedro ante la voz airada de Pablo no fue muy distinta de la que algunos años antes provocó en él otro sonido que, aun siendo de origen animal, se hundió en lo más íntimo de su alma pues le hizo ver de nuevo que había fallado a su Señor.

En ambas ocasiones la reacción de San Pedro nos le hace tan cercano y amable como para inspirarnos la necesaria devoción a su persona y a su función en la Iglesia sin las que un católico no puede ser tal:

“Los tiempos posteriores han sido más sensibles y angustiosos en la cuestión de la autoridad. Pero en un principio no fue así. ¿No había dicho el divino Maestro: “El que de vosotros es el mayor, hágase servidor de todos…No os dejéis llamar doctores y maestros: uno es vuestro Maestro: Cristo”…Nadie en Antioquia lo tuvo por una indigna humillación de San Pedro” [J. Holzner, San Pablo, Barcelona, Herder 1986,  156].

Y el resultado providencial del incidente fue la drástica superación de la amenaza que pesaba sobre la primera comunidad cristiana: quedar reducida a la condición de una secta judaica.

 

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Trasponer tal cual lo sucedido entonces a nuestro tiempo sería caer en un anacronismo “del sentimiento y del juicio”[Ibid.]. Pero tampoco es justo caer en el extremo contrario y olvidar que esto no sólo sucedió de hecho sino que además se escribió para enseñanza y consuelo de las generaciones cristianas.

Digan lo que digan los componentes de la vasta gama de los llamados católicos neo-conservadores, el ser hijo sincero de la Iglesia de Cristo no exige aprobar el beso papal al Corán, el nombramiento de Müller para la Congregación de la Doctrina de la Fe o la inclusión de un “hijo de la Viuda” entre los miembros de la Pontificia Academia de la Ciencia.

Al menos, visto lo visto, no creemos que San Pablo lo hubiera aprobado.

 

Fuente: Tradición Digital.

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