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domingo, 18 de noviembre de 2012

Mons. Ladaria: «El respeto por las grandes tradiciones religiosas no puede oscurecer la única mediación salvífica de Cristo»

 

Mons. Luis F. Ladaria, arzobispo secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha pronunciado una ponencia titulada «Cristo, la Iglesia, las religiones», en la última jornada del Congreso de Teología «A los 50 años del Concilio Vaticano II» de la UPSA. El prelado ha explicado el desarrollo en el Magisterio de la Iglesia de la doctrina sobre el papel del cristianismo y las otras religiones en relación a la salvación de los hombres.

 

Mons. Ladaria fue presentado por Vicente Vide, decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto y presidente de la Junta de Facultades de Teología de España y Portugal, que saludó, entre los asistentes al inicio de la jornada, al cardenal Walter Kasper, presidente emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos –que ha acudido para pronunciar la conferencia de clausura– y al nuncio apostólico de Su Santidad en España, monseñor Renzo Fratini.

Cristo, único Salvador

El secretario de Doctrina de la Fe comenzó su intervención afirmando que, cincuenta años después, «la Iglesia, a pesar de todos los problemas, enraizada en la tradición, ha crecido en la comprensión de las cosas y las palabras transmitidas, tendiendo a la plenitud de la verdad divina». Y propuso el tema de estudio: la relación de Cristo y la Iglesia por Él fundada con las otras religiones. Acto seguido, repasó algunas verdades cristológicas fundamentales que recuerda el Concilio: «Jesucristo es el único Salvador de los hombres, en quien confluyen todos sus deseos y aspiraciones, aunque no lo conozcan». Por eso «todos los hombres son llamados al encuentro con Cristo, luz del mundo». Él es el mediador y la plenitud de toda la revelación.

«El Señor es el fin de toda la historia humana, todo ha sido creado en Él, y por eso sólo en Cristo todo alcanzará su plenitud», afirmó monseñor Ladaria. Y por eso «no hay salvación sin Cristo ni al margen de Él, porque la única vocación del hombre, según el Concilio, es la divina, y su fin último es Dios mismo, al que sólo se puede acceder por la mediación única de Cristo».

En este tiempo «no han faltado los intentos de reducir a Jesucristo a una figura religiosa más en la historia humana, a un mediador más», y señaló algunas características de estas propuestas teológicas, que llegan al denominado «teocentrismo pluralista», que no admite una revelación históricamente concreta de Dios. Estas tesis «no pueden armonizarse con lo que enseñó el Concilio Vaticano II, ni con la Tradición de la Iglesia. El cristocentrismo y el teocentrismo se necesitan y se iluminan mutuamente: sólo por Cristo podemos llegar al Padre». Aunque «el cristianismo no puede descartar otros modos de la presencia de Dios en la historia», por el carácter absoluto de Dios, «introducir una separación entre Jesucristo y el Verbo eterno no es compatible con la fe cristiana», señaló, debido al misterio de la encarnación, y citó la declaración Dominus Iesus.

En un segundo momento de su ponencia, monseñor Ladaria analizó la estrecha relación entre Cristo y el Espíritu Santo, y la necesaria conjunción de cristología y pneumatología. A veces «se ha pensado que la economía salvífica del Espíritu Santo sería más amplia que la acción históricamente limitada del Verbo encarnado, y así llegaría a todos los hombres». Pero ya Juan Pablo II advirtió en Redemptoris missio que no puede hacerse esta distinción, y Dominus Iesus dijo que «la humanidad de Cristo es el lugar del Espíritu Santo y de su efusión a la humanidad». Esto, según el ponente, «responde a la tradición de los primeros siglos», y citó algunos pasajes patrísticos fundamentales.

«El Espíritu no es alternativo a Cristo, ni viene a llenar ningún espacio vacío entre Cristo y el Logos», y es el Espíritu de Cristo, que sopla donde quiere, sin límite alguno para su acción. «Ni hay un Logos que no sea Jesús, ni hay un Espíritu que no sea Espíritu de Cristo».

La Iglesia y las religiones

«No se puede separar a Cristo de su Iglesia, ni a la Iglesia de Cristo», recordó monseñor Ladaria. Ella entra en el designio divino de salvación: «Cristo y la Iglesia no se pueden confundir, pero tampoco separar, pues constituyen un solo ‘Cristo total’, y así la Iglesia es un sacramento universal de salvación, su relevancia y su función se extienden más allá de sus fronteras visibles, según la doctrina del Concilio». No se trata de ninguna disminución de la mediación única de Cristo, sino que aquí se inserta el ser de la Iglesia: «su mediación es siempre subordinada a la de Cristo». Por eso los no cristianos pueden tener una cierta vinculación al misterio de Cristo y de la Iglesia aún sin pertenecer a su cuerpo visible.

En cuanto a las religiones, el ponente afrontó en primer lugar la dificultad del concepto de «religión», e hizo un repaso de la consideración magisterial de las religiones no cristianas y sus miembros, y cómo «lo bueno de las otras religiones tiene que ser sanado, elevado y perfeccionado», según los textos del Concilio. Cristo es el autor de todo lo bueno, de todo lo que hay de verdad y de gracia en todos los pueblos y culturas, pero que no llega a su plenitud como en la Iglesia.

«El respeto y el aprecio por las grandes tradiciones religiosas de la humanidad es un deber, pero no puede oscurecer la única mediación salvífica de Cristo… las semillas del Verbo no son el Verbo en su integridad, ni los rayos de la luz son la Luz del mundo», añadió. Estas semillas están presentes en las religiones, y están siempre referidas a Cristo, tal como desarrolló en el período postconciliar, de forma más explícita, la encíclica de Juan Pablo II Redemptoris missio. El hito posterior fundamental es la declaración Dominus Iesus, que monseñor Ladaria explicó en sus puntos principales relativos a esta cuestión.

Dejando claro que «aunque ayuden positivamente a sus miembros, las religiones no son, como tales, camino de salvación», lo que no puede llevar a un pluralismo religioso de iure. «Esto puede parecer una pretensión excluyente y arrogante, pero los cristianos lo viven como un puro don: la fe en Cristo Señor. Y con la humildad confiada de quienes nos han precedido en la fe, seguimos predicando al Crucificado como aquél a quien Dios ha constituido Señor y Salvador de todos, juez de vivos y muertos. Poca arrogancia cabe ante el escándalo de la cruz, y si se da entre los cristianos, sólo puede deberse a la perversión».

El ponente terminó su intervención citando a los Padres de la Iglesia para concluir que «todos los caminos tienen que confluir en Cristo para llegar al Padre».

 

Fuente: Infocatólica

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