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sábado, 3 de noviembre de 2012

Intento abortista contra la Catedral Metropolitana: Una nueva derrota de Isengard

 

 

Por Mario Caponnetto


Esposa, hijos y nieta fueron unánimes en su juicio: "no vayas a la Plaza de Mayo a intentar defender la Catedral (del anunciado ataque de los abortistas). Sólo serás un estorbo. No es cosa de viejos. Eso es para los jóvenes o para los que, al menos, todavía conservan vivos algunos reflejos". Seguí el consejo familiar. Me arrepentí. Al ver las imágenes por televisión -y oír, después, el relato de mi nieta- sentí que había faltado a una cita de honor.

Ayer, Festividad de Todos los Santos, en Plaza de Mayo, un puñado de católicos se apostó, rosario en mano, sobre las escalinatas de la Catedral Metropolitana, dispuesto a impedir el paso de las hordas abortistas. Fueron muy pocos; apenas poco más de doscientos frente a varios cientos de los otros. La oportuna presencia de la Policía impidió que las cosas pasaran a mayores. Hubo, de parte de los "otros", insultos, blasfemias, palazos, huevazos, botellazos. De parte de los "nuestros", además de un incesante rosario, una condigna respuesta verbal y hasta algún santo pugilato que, sí Señor, está permitido siempre que sea posible y no se falte a la caridad debida. Que ésta no ha de faltar nunca aunque haya que andar a los sopapos.
Mi nieta, a sus catorce años, hizo ese día su bautismo de fuego (mejor dicho, de huevo). Relatándome sus experiencias me decía con inocultable alegría adolescente: "Fue algo así como la Batalla del Abismo de Helm, de El Señor de los Anillos. Nosotros, como el pequeño ejército de Rohan, nos enfrentamos a las poderosas fuerzas de Isengard. Peor, porque éramos aún menos que los de Rohan. Los orcos, semiorcos y huargos, llenos de furia, eran una multitud, venían desde Congreso, ocupaban la Plaza, se enfrentaban a la Policía, tiraban de todo... Pero, al final, se fueron sin lograr entrar en la Catedral, ni acercarse a ella. ¡Los vencimos!".
Imaginación adolescente, sin duda. Pero no tanto. A su escala, lejos ciertamente de los fantásticos escenarios tolkianos, ayer, Isengard sufrió, en la Ciudad de la Santísima Trinidad, una nueva derrota. Y ello fue posible porque un puñado de católicos (entre los que no me conté, y me pesa) tuvo la decisión de estar allí, en el puesto debido, en el momento debido. Como ocurrió, ya, en otras ciudades del interior de esta desdichada Argentina invadida por las hordas del demonio, el homicida. En cada lugar fue distinta la modalidad de acción, según la circunstancias, las posibilidades y, hay que admitirlo, según los diferentes criterios prudenciales de los protagonistas.
Pero todos somos uno en la profesión de la Fe. Y mientras mantengamos la unidad y hagamos realidad viva la comunión de los santos, las poderosas huestes de Isengard volverán a morder el polvo de la derrota a manos de la pequeña tropa de Rohan.


¡Viva Cristo Rey!
Buenos Aires, 2 de noviembre de 2012

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