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jueves, 25 de octubre de 2012

Ponencia del R.P. Sáenz como motivo de la entrega del Doctorado honoris causa de la UCALP

 

 

Doctor Honoris Causa al Padre Alfredo Saénz

 

 

 

LA MISIÓN DEL INTELECTUAL CATÓLICO HOY

 

Confrontados a una situación inédita, el católico de hoy, sobre todo el
intelectual católico, tiene una misión inédita y debe, por consiguiente, dar una
respuesta inédita. Antes de abocarnos al contenido de tal respuesta, no dejará de
ser útil un sucinto análisis histórico de las distintas etapas de la cultura, para
considerar la diversidad de reacciones que caracterizaron a los católicos.
Es indudable que la Edad Media conoció una admirable Weltanschauung,
una cosmovisión muy esplendorosa del mundo. Durante esa época, el orden
natural y el orden sobrenatural eran, sí, órdenes distintos, pero en modo alguno
divorciados. Así como en Cristo la naturaleza humana y la divina se unen en la
Persona divina sin dejar de distinguirse, así lo temporal se unió con lo eterno, lo
carnal con lo espiritual, lo visible con lo invisible, sin perder cada ámbito su límite
de autonomía.
El mundo ofreció entonces un espectáculo cultural verdaderamente
arquitectónico, catedralicio. La filosofía, por ejemplo, asumiendo todo lo que era
valedero en el pensamiento tradicional de Platón, Aristóteles, Plotino, etc., lo
injertó en el cosmos de la revelación. Al fin y al cabo aquella tradición no había
sido sino una suerte de “preparación evangélica”, como la calificaron lo Padres de
la Iglesia. ¿Acaso no decía Clemente de Alejandría: Quién es Platón sino Moisés
que habla en griego, como queriendo afirmar que la verdad natural era coherente
con la sobrenatural, ya que ambas tenían, en última instancia, a Dios por autor? La
arquitectura medieval, concretada tan maravillosamente en las catedrales,
románicas y góticas, al tiempo que enseñaba al pueblo a orar en la belleza,
insuflaba una nostalgia de la Belleza sustancial. La música, sea la del órgano, sea
la de las voces humanas, esa música que rebotaba de arco en arco, llenando los
recintos sagrados, no era sino la parte humana de un concierto que reunía los
ángeles y los hombres, eco de la armonía trinitaria. La política conoció asimismo
en aquélla época uno de sus picos históricos, pudiendo verse en la imagen de San
Luis, rey de Francia, la encarnación del gobernante católico, aquel en quien la fe
era algo penetrante, algo que imbuía todo el orden temporal cuyo encargo había
recibido, en última instancia, del Emperador celeste, de quien era vicario en el
orden temporal. La literatura, en sus diversas expresiones, desde los cantares de
gesta hasta la Divina Comedia, constituía, en cierto modo, una especie de
prolongación de la Sagrada Escritura, en el sentido de que seguía exponiendo el
plan de Dios a través de las letras.
En fin, un orden temporal empapado de sacralidad. El papel del intelectual
católico de entonces no era sino concretar esa visión temporal y trascendente en el
marco de las instituciones, que tanto lo ayudaban para dicho cometido.
Con la aparición del Evo moderno poco a poco, las cosas van a ir
cambiando, pero en una dirección muy determinada, progresiva y disolvente. La
filosofía comienza a abrir caminos desconocidos, adentrando al hombre en una
interioridad cada vez más enclaustrada, en un distanciamiento creciente entre la
realidad conocida y el sujeto cognoscente, hasta quedar este último encerrado en
una total inmanencia; ruptura total del ser y del conocer. El artista, inspirando sus
principios en la nueva filosofía, pretendió emular en cierta manera la actividad
creadora de Dios, pero no con el espíritu de humildad intelectual que había
caracterizado al período medieval, sino con un ímpetu de soberbia y autonomía
evidentes; en un largo proceso que comienza, sintomáticamente, con la
representación de un hombre desmesurado en su musculatura, como nos legó el
por otro lado admirable Renacimiento, llegamos a la destrucción plástica del
hombre en Picasso y su ulterior arbitraria reconstrucción, con total independencia
del Arquetipo supremo, a cuya imagen y semejanza había sido hecho. La música
se lanzó también a un proceso de exaltación del hombre; buscando más
“expresarse” que expresar la armonía divina, acabó por destruirse a sí misma,
reduciéndose a no ser sino puro ritmo, estruendoso ruido, sin contenido, sin
armonía, sin serenidad.
La política olvidó sus instancias superiores, la autoridad se desvinculó del
poder divino como de su fuente, y se lanzó por las vías de un maquiavelismo
creciente hasta llegar a la masificación contemporánea o al esclavismo comunista.
La literatura cortó amarras de las Sagradas Letras, desembocando en sus últimas
etapas de una poesía sin sentido y una novelística pornográfica.
Por supuesto que sería injusto decir que, desde el Renacimiento hasta acá,
no ha habido aciertos filosóficos, ni arte ni belleza. Baste para probar lo contrario
el admirable Mozart, el sin par Shakespeare, el inmortal Rodin. Lo que queremos
decir es que, como lo ha explicado admirablemente Berdiaeff, paso a paso el
hombre ha ido transitando del estado orgánico al estado mecánico, es decir se ha
ido des-ligando, des-vinculando, abandonando sus ligazones, para hacer, como el
hijo pródigo, la experiencia de la libertad. El resultado: apacentar puercos. Porque
la buscada “libertad” no era sino un espejismo. Cuando el hombre decidió romper
sus lazos naturales y sobrenaturales, no conquistó la libertad sino que se volvió
servil, esclavo. Cuando el hombre cae de Dios, decía S.Agustín, cae también de sí
mismo. El conjunto de estos hombres “emancipados” constituyen el mundo
moderno. Lo que el Magisterio Eclesiástico ha dado en llamar “mundo moderno”,
más que una designación cronológica, es una cualificación axiológica para
designar a un mundo independiente de Dios y de la verdad. Aquella unión de lo
divino y de lo humano, que tan bien caracterizó a la Edad Media, ha desaparecido.
Subsiste lo divino, sí, pero acosado, restringido a lugares y tiempos determinados,
en una palabra, marginado; subsiste lo humano, sí, pero exaltado, emancipado,
hecho absoluto. La unión hipostática se ha roto. Lo que Dios había unido, el
hombre lo ha desunido.
Si pasamos ahora a la consideración de lo acaecido en nuestra Patria durante
la última centuria, en relación con la materia que nos ocupa, debemos señalar que,
si bien hemos sufrido las consecuencias de ese pasado decadente, sin embargo se
han producido reacciones verdaderamente inteligentes. Entre ellas, no podríamos
dejar de nombrar los Cursos de Cultura Católica, donde se intentó dar una
respuesta integral a los problemas de nuestro tiempo. El pensamiento de
Chesterton, Belloc, el primer Maritain, de Koninck, Garrigou-Lagrange, inspiró
ese grupo, integrado por lo mejor de la inteligencia argentina de aquel tiempo, no
por pequeño menos influyente. Citemos a Casares, Pico, Bernárdez, Ballester
Peña, así como las revistas de gran nivel en las que colaboraron, como Criterio,
Ortodoxia, Sol y Luna. Pensamos que esa generación supo dar una respuesta más
adecuada al mundo moderno que la que ofreciera la generación anterior, la de
Estrada, Goyena y Felix Frías, valiente en sus batallas, pero algo teñida de
liberalismo de la época. La reacción de los Cursos fue de veras integral, sin
concesión alguna al adversario, sin temor alguno a la impopularidad.
Además de los Cursos, y luego de su desaparición, se podría señalar otros
intentos de nuclear el pensamiento católico argentino. Por ejemplo, los congresos
del Instituto de Promoción Social Argentina, el brillante Primer Congreso Mundial
de Filosofía Cristiana (iniciativa del Dr. Alberto Caturelli) que sin duda marcó un
punto de referencia inolvidable para el que algún día escriba la historia del
catolicismo en nuestra Patria; también organizaciones como la UCA, que inició
Mons. Derisi, el Ateneo de Cuyo, OIKOS, el Instituto de Filosofía Práctica y
revistas varias.
A pesar de estos y otros intentos, sin embargo pareciera haber prevalecido
en no pocos ambientes católicos, una falsa apertura al mundo, mediante la cual
algunos buscaron hacer “simpática” la fe. El católico, en vez de iluminar las
tinieblas de nuestra Patria, renunciaba a ser luz y se ponía en el furgón de cola de
un tren que parece correr hacia su ruina. El católico, en vez de convertir al mundo,
se abría indebidamente al mundo, no para salvarlo sino, si se me permite un dura
expresión, para ser salvado por el mundo, ya socialista, ya demoliberal.
Quisiéramos señalar también otra falsa actitud de algunos católicos. Por el
deseo de dar vitalidad a la fe católica, anhelo loable como el que más,
pretendieron propagar un catolicismo divorciado de la doctrina. Lo que importaba
no era tanto la doctrina cuanto a la vida, o, como se decía con frecuencia, “la
vivencia”. Y así se fueron formando diversos grupos de católicos que agotaban su
actividad en encuentros, intercambios de experiencias, ruidosas manifestaciones
masivas, sin profundizar su fe. Un sacerdote brasileño, experto en grupos
juveniles, autor de libros y discos para jóvenes, el P.Zezinho, tras una larga
experiencia en esta actitud pastoral, constató dolorido que sus jóvenes: “le habían
dado a Cristo el corazón pero no le dieron la cabeza”.
Ninguna de estas soluciones es aceptable. Todas estas corrientes -las
tercermundistas, las vivencialistas- en última instancia, aceptan el mundo
contentándose con agregarse “un suplemento de espíritu”. No es esa la tarea. Tras
discernir lo que en el mundo es salvable, y lo q en el mundo es irrescatable, como
sería lo informado por “el espíritu del mundo”, el mundo mundano, si se me
permite la reiteración, es menester llevar a cabo aquello que el Concilio Vaticano
II llama “la consagración del mundo”. Pero antes de bautizar el mundo
contemporáneo es menester exorcizarlo de todos sus demonios, porque como dice
el mismo Concilio, es deber de los laicos coordinar “sus fuerzas para sanear las
estructuras y los ambientes del mundo, cuando incitan al pecado” (Lumen gentium
36). Pero, como dijimos, tras exorcizar hay que consagrar, ya que, según dice el
mismo Concilio: “Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se
capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia
Dios por Jesucristo…para instaurar en Cristo el orden de las realidades
temporales” (Apostolicam Actuositatem 7).
Luego de estas ideas introductorias, tratemos de exponer ahora la labor, que
a nuestro juicio debe desarrollar en las actuales circunstancias el que quiere
“iluminar” al mundo, la misión del intelectual católico. Porque se trata de una
función “iluminatoria”. Parece propio de la inteligencia iluminar donde imperan
las tinieblas. Y si esta función ha sido siempre necesaria, hoy lo es más que nunca
ya que las tinieblas se han espesado. En el fondo no es otra cosa que una
participación en la tarea iluminante de Aquel que dijo: “Yo soy la luz”, “he venido
a traer la luz del mundo”. La luz sobrenatural, pero también, en cierto modo, la
natural. Donde hay luz, allí en última instancia está Cristo, la luz del mundo.
¿Y cuáles son los ámbitos que el intelectual católico deberá iluminar con su
presencia y, sobre todo, con su sabiduría?
Ante todo el ámbito de la filosofía. En el campo de la filosofía, el proceso
de decadencia al que antes hemos aludido, se ha hecho más evidente que en
ningún otro terreno. El intelectual católico deberá conocer lo mejor posible las
distintas corrientes filosóficas que, partiendo de Descartes, han culminado en el
marxismo y el Nuevo Orden Mundial globalista. Pero deberá conocer mucho
mejor aún la filosofía perenne, que encuentra una magnífica concreción en el
pensamiento de S.Tomás. Tal será su punto de referencia, que le permitirá
pronunciar un “juicio” sobre toda filosofía que se aparte del recto camino hacia el
ser. Nada más lejos del eclecticismo que esta posición. Sabemos bien que en la
universidad el joven se forma en el conocimiento de las diversas filosofías, no
asignándoles más valor que el de su aparición cronológica. El filósofo cristiano no
puede ser un mero espectador del devenir filosófico, ni un coqueteador de las
filosofías en boga; debe ser un enamorado del ser, del ser natural y del Ser
sobrenatural. Su oficio no consistirá sólo en “conocer” diversas filosofías sino
“juzgarlas” desde el punto de vista inconmovible de la verdad no solo conocida
sino saboreada. Su oficio no consistirá tampoco en una repetición mecánica de la
ortodoxia escolástica, sino que valiéndose de la vigencia perenne de sus
principios, sabrá iluminar la realidad del hombre de hoy y responder a sus
acuciantes problemas. Es más importante saber responder las objeciones de
Marcuse o de Gramsci que las de Durando o de Abelardo.
Otra rama de la cultura la constituye el mundo del derecho. Las épocas de
plenitud cultural supieron distinguir el derecho divino, el derecho natural y el
derecho positivo. Tras negarse el derecho divino, los hombres pretendieron
establecer justicia en base al derecho natural y positivo. En un paso ulterior sólo
quedó el derecho positivo, ya que se afirmó lisa y llanamente la inexistencia de
todo derecho anclado en la naturaleza humana. Hoy asistimos a la negación del
mismo derecho positivo. Sólo queda el derecho del más fuerte. El papel del jurista
católico es pues ingente en medio de la sociedad, debiendo remontar de manera
inversa los jalones de la destrucción. Será menester recrear todo el derecho
positivo, anclándolo en el derecho natural, y éste entendiéndolo como
participación en el hombre del derecho divino. Sólo así la sociedad volverá a
encontrar la jurisprudencia que merece.
El intelectual católico deberá asimismo iluminar el campo de las ciencias.
Campo especialmente privilegiado por los enemigos de Cristo y de la Iglesia. No
en vano numerosos exponentes del proceso destructivo proclaman un
“materialismo científico”. Será preciso volver a ubicar este campo del
conocimiento en su verdadero lugar, en dependencia de Aquel que es el comienzo
y el fin de toda ley física, de toda propiedad química. Einstein, nada menos, llegó
a sostener que “la ciencia sin la religión está renga, y la religión sin la ciencia es
ciega…Yo no estoy interesado en este o en otro fenómeno, ni en el espectro de un
elemento químico. Quiero conocer el pensamiento de Dios; lo demás es un
detalle”. Si el universo canta la gloria de su Creador, si este mundo, con sus leyes
admirables es, al decir de S, Agustín, “el gran poema del inefable modulador”,
tocará al científico católico hacer cantar a la ciencia un cántico siempre nuevo.
Los descubrimientos científicos ya no constituirán pretendidos argumentos contra
la fe, sino un trampolín hacia Dios, en continuidad con la visión que nos ofrece la
Sagrada Escritura despertando en nosotros la admiración por el orden, la
hermosura y la sabiduría que resplandecen en la creación.
Otro campo que el intelectual católico tendrá que iluminar es de la política.
Este ámbito de la actividad humana –y cuán humana- está evidentemente herido.
La expresión misma ha acabado por convertirse en sinónimo de acomodo, de
latrocinio, de inmoralidad. Pero en sí la política tiene toda la nobleza que
corresponde a una de las más elevadas actividades del hombre, e incluso puede dar
ocasión de practicar lo que Pío XI llamaba “la caridad política”; nos atreveríamos
a decir que, bien entendida es una de las forma más altas de caridad que el
cristiano puede ejercitar en el orden temporal. Caridad política porque el
gobernante católico, al procurar a sus súbditos el bienestar temporal, pone en
cierta manera las bases naturales de su destino trascendente, y así el ciudadano, sin
enzarzarse en los bienes de la tierra, no pierde de vista su fin esjatológico. Es
evidente que el hombre puede salvarse aun cuando viva bajo un régimen de terror,
bajo el régimen del Anticristo. Pero en ese caso su salvación se hará
extremadamente difícil, altamente heroica. En cambio, cuando un gobierno se
aboca a la consecución del bien común, no sólo cuida directamente de la felicidad
terrena de sus súbditos, sino que de algún modo facilita, aun cuando
indirectamente, su salvación eterna. Iluminar, pues este campo tan entenebrecido,
explicar lo que se ha llamado “la concepción católica de la política” es otro de los
objetos de especulación del intelectual católico.
Un ámbito privilegiado para la actuación del católico militante es sin duda
el de la educación. El hecho de que los enemigos de Cristo, de la Iglesia y de la
Patria dediquen tener tantos esfuerzos a este menester nos muestra, por la astucia
que tan bien caracteriza a los perversos, la importancia del mismo. Urge una
investigación teórica y concreta acerca de lo que es la educación, sus fines, sus
medios, lo que debe ser un colegio, una universidad. Gracias a Dios en los últimos
decenios se han escrito notables libros sobre el tema, obras que honran el nivel
alcanzado por la cultura católica argentina. Sin embargo se trata de un trabajo
nunca terminado. El Santo Padre, y en América Hispana el documento de Puebla,
exhortan una y otra vez a lo que denominan “la evangelización de la cultura”. Más
importante quizá que la toma del poder –anhelo que los que se dedican a la
política deben tener como sustancial- es la toma de la cultura. Entendemos esta
palabra en un sentido amplio, incluyendo los medios de comunicación, que quieras
que no van haciendo el modo de pensar de los argentinos. Creemos que en este
ramo se necesita, como quizás en ningún otro, espíritu e imaginación creadores.
Hay que hacer buenos colegios, buenas Universidades, buenas revistas de cultura,
grupos de sólida formación.
Interesa asimismo atender al campo del arte. Bajo este nombre encerramos
todo lo que comúnmente se entiende por “bellas artes”, la música, la literatura, la
pintura, la arquitectura, la escultura, es decir aquellas manifestaciones humanas
que dicen tener relación con lo que a veces se denomina “estética”. He aquí otro
campo ambicionado por el enemigo. Las artes, que de por sí no deberían ser sino
el esplendor de la verdad, se han visto trágicamente heridas y bastardeadas.
Asistimos al espectáculo de una pintura que encierra al hombre en su subjetividad,
lo oniriza, lo destruye. Conocemos una literatura que no sólo atenta contra la
belleza del idioma sino también contra la verdad ética y a fortiori la metafísica.
Llegan asimismo cotidianamente a nuestros oídos los sonidos de una música
desfalleciente. Porque no hay que olvidar que la música hace al hombre. Los
diversos tipos de música hacen los distintos tipos de hombre: el hombre sensual, el
hombre materialista, el hombre superficial, el hombre erótico, el hombre virtuoso.
Hoy, más que nunca, hoy cuando la música parece rendir culto a la fealdad, al
ruido ensordecedor que hace prácticamente imposible todo intento de vida interior,
se impone la aparición de músicos católicos, capaces de transmitir no sólo el
sentido de las armonías sensibles, sino también el sentido de las verdades
profundas, sobre todo las que dicen relación con el misterio, y esto no sólo en el
ámbito de la música profana sino también en el herido mundo de la música sacra.
Necesitamos la aparición de músicos, de pintores, de escultores marcados por la
impronta católica, que está hecha de fidelidad al ser y a la gracia. A través de ellos
el arte logrará irradiar, a través de lo sensible, el esplendor de la verdad.
Finalmente, y sin pretender agotar todos los ramos donde debe desplegar sus
talentos el intelectual católico, no podemos dejar de referirnos a la investigación
de la historia. Y en ello nos detendremos algo más que en los otros campos,
porque lo consideramos de especial relevancia. Solamente la memoria fiel del
pasado hace posible el análisis atendible del presente y la prospectiva seria del
futuro. De ahí que, si en algo debe ejercitarse la tarea iluminante del intelectual
católico, lo es en el ámbito de la interpretación de la historia. Cuántas veces nos
hemos encontrado con personas que al considerar los problemas de nuestro
tiempo, lo hacen como si se tratase de problemas de fresca data, de problemas que
acaban de aparecer, y cuyas soluciones les parece estar consiguientemente al
alcance de las manos. Y así erran en los remedios. Si queremos que nuestra época
se nos haga inteligible, es absolutamente necesario que la ubiquemos sobre el
talón de fondo de la historia universal, en ese amplio abanico que corre del
Génesis al Apocalipsis. Los problemas de nuestro tiempo no acaban de nacer,
tienen a sus espaldas un largo período de gestación, a veces de siglos. En este
sentido, cuán provechoso será al militante católico la lectura de los análisis
históricos de Berdiaeff, de Gonzaga de Reynold, de Belloc, de Solzhenitsyn, y
entre nosotros, de Diaz Araujo y Caturelli. Allí vamos a encontrar la explicación
de ese gran proceso de apostasía, abierto a fines de la Edad Media, proceso que
comenzó por la negación de la Iglesia con el protestantismo, siguió con la
negación de Cristo en el deísmo racionalista, y culminó con el rechazo de Dios
mismo en el marxismo ateo. Los problemas de hoy no han nacido, pues, aquí y
ahora, sino que son los colofones, los coletazos de un largo proceso histórico. De
ahí la necesidad de que el intelectual católico tenga bien estructurada en su mente
lo que se ha dado en llamar la “la filosofía de la historia”, aunque más habría que
denominarla “teología de la historia”. Para esta visión global nada mejor que la
meditación de la inmortal obra de S.Agustín “De Civitate Dei” donde el Santo
Doctor desarrolla el devenir histórico a la luz del conflicto teológico entre dos
ciudades, la Ciudad de Dios y la Ciudad de Satán, la radicada en el amor de Dios
hasta el desprecio de sí, y la fundada en el amor de sí hasta el desprecio de Dios.
En esa obra, el Doctor de Hipona nos ofrece las claves de la historia. Pero se trata
de una obra inconclusa, por las limitaciones insuperables del gran maestro, ya que,
naturalmente, sólo podía analizar el curso de la historia hasta el siglo que vivió.
Toca a nosotros proseguir su tarea, siempre de acuerdo a las claves que él nos ha
ofrecido, pero aplicándolas a los nuevos acontecimientos que se vayan
sucediendo.
Hemos recorrido así, diversos ámbitos donde debe refractarse el trabajo
esclarecedor de quien quiere ser dirigente católico en el campo de la inteligencia.
La amplitud de la tarea puede suscitar cierto temor. Advertimos que el
mundo de la cultura va por otro lado, que la verdad no es aceptada por la multitud.
Y el complejo mayoritario –de la mitad más uno-, saliendo del cauce en donde ha
cristalizado, que es el de la política electoral, amenaza con invadir también el
campo de los defensores de la verdad. Hoy se va propagando, peligrosamente, una
suerte de escepticismo doctrinal. Se habla de “mi verdad”, de “tu verdad”, cada
uno tiene “su verdad”. El querer afirmar no “mi” verdad ni “tu” verdad sino “la”
verdad es condenarse al ostracismo. Pero no tememos la soledad: la verdad nunca
está sola. La verdad está con el ser, y por tanto con la verdadera universalidad.
Cristo tuvo razón, aun cuando la mitad más uno prefiriese a Barrabás. Nada es
más pernicioso para un intelectual católico que el deseo de quedar bien con el
mundo, diluyendo inconsideradamente la verdad, retaceando la verdad, aunque lo
haga con la intención de que ésta sea aceptada. “No os hagáis semejantes al
mundo, enseña Juan Pablo II, no tratéis de haceros semejantes al mundo. Lo que
debéis hacer es tratar de hacer al mundo semejante a la Palabra Eterna” (disc. al
IV Cap. General de la Pía Sociedad de San Pablo, 31/3/1980). En última instancia,
a la larga, nada atrae tanto como la integralidad de la verdad, la verdad sin
ambages.
Más aún, el intelectual católico deberá estar dispuesto a arrostrar la
animadversión. S. Agustín, ese acuñador de frases inmortales, lo dijo de manera
incisiva: “la verdad engendra el odio”. Es cierto que Cristo, por su gesta redentora,
ha sido amado como nadie lo ha sido en la historia. Pero, al mismo tiempo, al
concentrar en sí, encarnándola, la plenitud de la verdad –“Yo soy la verdad”-
concentró también sobre sí el odio del mundo, del espíritu del mundo, que no sólo
lo llevó a la cruz sino que lo sigue persiguiendo hasta el fin de los siglos. Y no
sólo a Él sino a todos los que quieren afirmar en alto la verdad; lo persigue a Él en
ellos. Persigue el mundo a los que defienden la verdad porque los ve distintos, y su
misma presencia ya constituye una especie de reproche implícito al mundo.
Citemos también aquí unas esclarecedoras consignas de Juan Pablo II: “Aprended
a pensar, a hablar y a actuar según los principios de la claridad evangélica: Sí, si;
no, no. Aprended a llamar blanco a lo blanco, y negro a lo negro; mal al mal, y
bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado, y no lo llaméis liberación o
progreso, aun cuando toda la moda y la propaganda fuesen contrarias a ello” (disc.
a universitarios de Roma, 26/3/1981).
Quizás la gran misión del intelectual católico de nuestro tiempo sea
mantener íntegro, en medio de un ambiente caótico y subversivo, el patrimonio de
la tradición, la acción de entregar algo en este caso, la antorcha de la cultura a la
próxima generación. No de otra manera obraron los católicos más clarividentes
cuando en los siglos oscuros acaeció la invasión de los bárbaros. Hoy nuevas
oleadas de barbarie se lanzan sobre los restos de la civilización cristiana. Como
otrora en los monasterios, mantengamos viva la llama de la cultura, aun cuando
sea en pequeños cenáculos o grupos de formación, para que puedan conocerla
nuestros hijos y a su vez transmitirla.
En una palabra, se trata de rehacer la Cristiandad, no volviendo, como es
obvio, a los aspectos anecdóticos de la Edad Media, pero sí a los principios que la
gestaron. Se trata de que Cristo reine en la universalidad del orden temporal.
Todos los filones de la cultura deben expresar o reflejar a Cristo, la Realeza de
Cristo. Que la filosofía refleje a Cristo en cuanto sabiduría encarnada; que las
ciencias reflejen a Cristo, perfección de la exactitud; que la historia refleje a
Cristo, Señor de los espacios y de los tiempos; que la política refleje a Cristo,
Soberano de las sociedades y Rey de las naciones; que la educación refleje a
Cristo, supremo Pedagogo; que las artes reflejen a Cristo, la belleza encarnada.
Filosofía, ciencias, historia, política, educación, arte, tantas maneras de reflejar a
Cristo verdad, a Cristo exactitud, a Cristo Señor de la historia, a Cristo soberano, a
Cristo maestro, a Cristo el más hermoso de los hijos de lo hombres.
Aperite portas Redemptori! exclamaba Juan Pablo II. Contribuyamos a que
no quede una sola puerta cerrada, al menos en este mundo de la cultura en que nos
toca actuar. Para que un día sea realmente verdadero aquello de que Cristo ha
llegado a ser todo en todos.


P. ALFREDO SÁENZ

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