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lunes, 24 de septiembre de 2012

Soldados de Cristo Rey salvan la Catedral

 

 

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El Templo de La Plata quedó indemne por la decidida actitud de católicos autoconvocados.

 

Tal como habían anunciado, las organizaciones abortistas que se reunieron esta fin de semana en la Facultad de Agronomía de la Universidad de la Plata, es decir, que usan fondos públicos para atentar contra la leyes, terminado el "Campamento de Formación en Géneros" que los ocupaba, se dirigieron hacia la Catedral de la Inmaculada Concepción para agraviarla.

Pero al llegar adviertieron que uno de los templos neogóticos más grande de América (112 m), solo superado por la Catedral de Quito (115 m), se hallaba custodiado por alrededor de 30 jóvenes católicos.

Eso bastó para que estos bárbaros, con perdón de Atila, luego de escupir e insultar a gusto por algunos minutos, tuvieran que seguir su marcha, llevando en sus mochilas la carga completa de aerosoles que la valentía y firmeza de estos verdaderos soldados de Cristo Rey les impidiera utilizar. Se tuvieron que conformar con garabatear en la verdad, algunos pocos signos y consignas de la muerte.
Por supuesto, antes de irse, algunas mujeres cumplieron con el ritual que siguen en estos grupos desde hace varios años: mostraron ostensiblemente sus senos; mientras otros fumaban "porros" de marihuana.

La pequeña dotación policial que se encontraba en el lugar, no intervino; se conformó con observar.

Resultó alentador ver a un sacerdote en la primera fila del combate, que fue insultado y escupido. Pero cabe preguntarse: ¿Qué hizo el Arzobispo? ¿No pudo conseguir del Gobierno la colocación de una valla que protegiera su catedral? ¿Por qué el clero de la Plata no es capaz de movilizarse y movilizar a los fieles para defender la Casa de Dios?

¿No saben que tienen que estar a la cabeza del rebaño, y no en sus cómodas dependencias que pagamos los fieles? ¿Qué es lo que esperan?.

Al contrario, a esa misma hora hubo católicos que estaban cerca, manifestándose por la vida, y no fueron capaces de acercarse a la Catedral para ayudar a sus hermanos.

A ellos les queremos recordar estas palabras de León XIII escritas en su encíclica Sapientiæ Christianæ (sobre los deberes de los ciudadanos cristianos):

"Porque en tan grande y universal extravío de opiniones, deber es de la Iglesia tomar el patrocinio de la verdad y extirpar de los ánimos el error; deber que está obligada a cumplir siempre e inviolablemente, porque a su tutela ha sido confiado el honor de Dios y la salvación de las almas.


Pero cuando la necesidad apremia no sólo deben guardar incólume la fe los que mandan, sino que “cada uno esté obligado a propagar la fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles”.


Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Lo uno y lo otro es vergonzoso e injurioso a Dios; lo uno y lo otro, contrario a la salvación del individuo y de la sociedad: ello aprovecha únicamente a los enemigos del nombre cristiano, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos.


Finalmente, a todos es dado oponer y mostrar aquella fortalezaque es propia de los cristianos, y con la cual no raras veces se quebrantan los bríos de los adversarios y se desbaratan sus planes.


Fuera de que el cristiano ha nacido para la lucha, y cuanto ésta es más encarnizada, tanto con el auxilio de Dios es más segura la victoria. “Confiad: yo he vencido al mundo”.


Y no oponga nadie que Jesucristo, conservador y defensor de la Iglesia, de ningún modo necesita del auxilio humano porque, no por falta de fuerza, sino por la grandeza de su voluntad, quiere que pongamos alguna cooperación para obtener y alcanzar los frutos de la salvación que Él nos ha conquistado".

Gracias, soldados de Cristo Rey, que acaban de recibir sobre vuestros rostros el escupitajo de los enemigos de la Iglesia, por darnos el ejemplo generoso de vuestra lucha. ¡Qué Dios los bendiga y los guarde!

 

Fuente: Página Católica.

1 comentario:

  1. Carta Abierta a la carta abierta:
    Liminarmente, quiero que conste mi admiración por el coraje de la señorita (y de tantos como ella) que el otro día defendió la catedral de La Plata frente al aquelarre de esos energúmenos sin ley ni Dios.
    Hecha esa necesaria puntualización, quiero añadir que, de todos modos, la presencia física de un obispo en estas manifestaciones no es indispensable. Si su palabra, su magisterio como pastor de una diócesis, sus actitudes sagradas, su preocupación por el seminario, son todas correctas, no se lo puede juzgar por no estar en persona en medio del barullo. Si se hace presente, magnífico. Si no lo hace, no creo que sea motivo para denostarlo. No sé si avaló o no la defensa de la Catedral. Espero y supongo que sí. Si los laicos y los sacerdotes llevan adelante la defensa y el obispo los acompaña con su enseñanza habitual, deben considerarse heraldos, soldados, de ese pastor. No necesariamente la ausencia física implica cobardía o prudencia mundana. Como lo reconoce la autora de la misiva, me parece que justamente Mons. Aguer es el que con más vehemencia, brillantez y claridad intelectual defiende la tradición de la Iglesia, la cultura católica, la sacralidad de la liturgia, y denuncia los atropellos deconstructivos y marxistas de la clase política argentina actual, tanto de los gobernantes como de la oposición también. No siempre un general puede hacerse presente en la primera línea del frente, e Incluso puede que sea necesario que no lo haga. Dentro de ese marco, pues, a mi ver, la carta es dura en demasía precisamente con el obispo de ese preciso lugar (acaso se entendería si se escribió al calor de la santa indignación por el atrepello). Asimismo, aún si tuviera algo de razón, la remitente de la carta debería haber prescindido de redactarla y publicarla, para no desprestigiar al mejor y más completo de los obispos del país (la prudencia y la caridad, ambas bien entendidas, aconsejaban enviarla a él, en su despacho episcopal. Y solo hacerla pública si el prelado fuera remiso en responder, por ejemplo).

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