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lunes, 24 de septiembre de 2012

La Política como forma de testimoniar la verdad

Por Hernán Bressi

 

Hernán Bressi[7]

Aportes y Novedades de la DSI para comprender la política desde Cristo.

 

1. La dignidad arquitectónica de la Política
En los tiempos que corren, se ha producido una desvalorización de la vida política, llegándose incluso al extremo de considerar la concepción del Estado y toda actividad política por parte de los católicos como un pecado, existiendo indefectiblemente, una actitud negativa frente al mundo político. Estas influencias han penetrado muy profundamente en las concepciones del pueblo y la juventud de hoy en día, hasta el punto de que muchas casas de estudios, se hallan, sin excepción, dominadas por la idea de que la comunidad política es una situación artificial, producto del libre convenio del hombre, y no algo que proviene de la misma esencia y naturaleza humana. Por esa razón intentamos acudir al pensamiento aristotélico-tomista y a la DSI para demostrar el reverso de estas concepciones. La coexistencia política es la forma natural de vida del hombre. El hombre es, por naturaleza, un ser social y político, y no puede dejar de ser esto sin dejar de ser hombre. Entonces, la comunidad política presenta un valor ético intrínseco y propio, es decir, tiene una dignidad indiscutible.
En el estudio a que estas líneas sirven como aproximación, la aspiración cardinal de mi pensamiento será intentar enriquecer e iluminar algunos aspectos de la problemática política actual desde la óptica de la DSI apoyándonos en ella para que nos ayude a comprender de un modo más perfecto y pleno, la dignidad trascendente de la persona, desdeñando interpretaciones facciosas, preñadas de adulteraciones ideológicas y de embustes de grueso calibre para pensar la Patria de un modo más integral. En la imposibilidad de interpelar todos los aspectos que perfeccionan al hombre desde la política, quisiera llamar la atención solamente sobre algunas variables que nos parecen de vital importancia para la DSI como la relación con la política como su fuente inspiradora y el papel de los fieles laicos en la vida pública. Mi esperanza es que estos párrafos despierten en quien lo lea, la inquietud por la búsqueda de la verdad, la caridad de la verdad como nos enseña San Pablo. La definición es una necesidad primordial para ubicarnos en tema, como cristianos debemos respetar las esencias de las palabras para no falsificar los hechos, ni caer en el terrible fenómeno de la confusión lingüística. Cristo mismo fue el Logos hecho carne. Las palabras afianzan por su solo oficio esquemas de pensamiento que el hombre hace propio naturalmente. Es un don regalado por Dios a los hombres. Existe un orden y conexión entre palabra – idea y verdad. Para que haya verdad en el discurso, el intelecto debe adecuarse racionalmente a la esencia de las cosas y la palabra debe armonizarse con la idea concebida.
Las palabras respetan las ideas y aquel que no respeta las ideas manipulando el mensaje no ama verdaderamente la verdad. Tomando las enseñanzas de Christifideles Laici definimos a la política como: “… la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común”. (CHL, 42). Entiéndase bien: no se trata de exigirle a la DSI que avale un determinado pensamiento político en contra de otro, ni de que tome partido por su contrapuesto u otorgue rango de definición ex catedra a los asuntos meramente terrenos. Se trata, en suma, de tener bien presente, que la DSI “…no es, pues una entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa reflexión del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología, y especialmente de la teología moral” (SRS, 41).
El hombre es un ser naturalmente imperfecto y potencial tanto moral como intelectualmente, insuficiente en bienes y recursos para el completo desarrollo de su personalidad natural de hombre y sobrenatural de hijo de Dios. Desde que el hombre nace hasta que muere, realiza un progresivo peregrinar de lo sensible a lo inteligible, de lo natural a lo sobrenatural de lo participado al principio frontal de toda perfección para alcanzar la Felicidad y bienaventuranza que es Dios. El Estado lo ayuda a perfeccionarse humanamente y la Iglesia espiritualmente por medio de los sacramentos y su Magisterio. La vida política es un bien en si mismo valioso para el perfeccionamiento del hombre. “…La comunidad política y la sociedad civil, aun cuando estén recíprocamente vinculadas y sean interdependientes, no son iguales en la jerarquía de sus fines. La comunidad política está esencialmente al servicio de la sociedad civil y, en última análisis, de las personas y de los grupos que la componen”. (CDSI, 418)
La consagración a la política es la vida más digna para el hombre-varón; políticos bios como nos enseña Aristóteles. La política ante todo, pero primero en el tiempo no en la natura, sino en las condiciones suponedoras en el orden de ejecución temporal. Es para Santo Tomás siguiendo a Aristóteles que la piensa como ciencia arquitectónica,"…la principal de todas las ciencias prácticas y la que dirige a todas, en cuanto considere el fin perfecto y último de las cosas humanas (pues) se ocupa del bien común, que es mejor y más divino que el bien de los particulares". De lo contrario estaríamos divinizando al Estado, subordinando la teología a la política y restringiendo la dignidad del hombre con elementos de coacción temporal. No intentaremos detenernos a señalar cuáles fueron y son las trascendentales respuestas a las grandes cuestiones metafísicas de la política; pero si indicaremos que los errores teológicos y amorales descienden siempre, por ley infalible del obrar humano en realizaciones políticas subvirtiendo a la operación restauradora del orden natural. En otras palabras, una acción política partiendo de principios teológicos erróneos condiciona sini qua non toda otra acción de orden superior desvirtuando el verdadero fin del hombre y de la sociedad.
El R.P. Santiago Ramírez O.P., es terminante y tajante en esta materia. “…La vida política de cada nación y la del mundo entero será próspera, estable y ordenada cuando los gobernantes y gobernados de todas y cada una estén dotados de sus virtudes respectivas, ajustando escrupulosamente a ellas su conducta; la verdadera vida política no debe ser un nido de intrigas, sino un semillero de virtudes”.


2. La participación de los fieles laicos en la vida política
El tema de la participación política de los católicos como forma de testimoniar la verdad reviste de gran actualidad a medida que la crisis de las ideologías y la descomposición social y política desgarran nuestra patria. La noción de participación principio de orden natural, siempre que se la conciba rectamente, incluyendo las ideas de competencia y de responsabilidad, pues ambas definen los criterios básicos que han de presidir los diferentes grados y modalidades de participación de cada persona en las distintas actividades sociales. Ya Juan XXIII resume claramente la doctrina constante: “…En lo que respecta a la comunidad política, resulta importante que, en todas las categorías sociales, los ciudadanos se sientan cada día más obligados a velar por el bien común”. (MM, 96). También este Sumo Pontífice, en un documento un poco olvidado, “Pacem in Terris”, nos exponía aquella famosa definición de la importancia de la participación diciéndonos: “…Es una exigencia cierta de la dignidad humana que los hombres puedan con pleno derecho dedicarse a la vida pública, si bien solamente pueden participar en ella ajustándose a las modalidades que concuerden con la situación real de la comunidad política a la que pertenecen”. (PT, 73) Existen distintos tipos de niveles que no vamos a profundizar en ello porque no es el objeto de este artículo pero si los nombraremos a la pasada para que el lector pueda conocer de su existencia. Los niveles de participación son: 1. Información, 2. Consulta y 3. Decisión. “…Por otra parte, de este derecho de acceso a la vida pública se siguen para los ciudadanos nuevas y amplísimas posibilidades de bien común. Porque, primeramente, en las actuales circunstancias, los gobernantes, al ponerse en contacto y dialogar con mayor frecuencia con los ciudadanos, pueden conocer mejor los medios que más interesan al bien común, y, por otra parte, la renovación periódica de las personas en los puestos públicos no sólo impide el envejecimiento de la autoridad, sino que además le da la posibilidad de rejuvenecerse en cierto modo para acometer el progreso de la sociedad humanai”. (PT, 74)
Pero existe una debilidad frecuente entre los católicos que realizan sus primeros pasos en las aguas de la actividad política. Es muy común entre los cristianos en su afán de acción caer en pura militancia olvidándose tanto de la vida espiritual como intelectual. El objetivo principal del católico debe ser el de testimoniar la verdad a largo plazo. No buscar frutos inmediatos sino perseverar en la Fe, ser guardián del depósito sagrado del Verbo Encarnado.”…El cristiano que quiere vivir su fe en una acción política concebida como servicio, no puede adherirse, sin contradecirse a si mismo, a sistemas ideológicos que se oponen, radicalmente o en puntos sustanciales, a su fe y a su concepción del hombre. No es licito, por tanto, favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia y a la manera co¬mo ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva. Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas individuales y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social” (OA, 26). Su corazón debe tenerlo en la vida eterna pero sus ojos y mentes en la búsqueda del Reinado Social de Cristo. Escribe el Santo Padre Pío XI: “…Si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia”. (QP, 17)
El prudente es quién nos debe gobernar, el sabio enseñar y el santo edificar nos señala Santo Tomás. Por esa misma razón, la virtud por excelencia del hombre de gobierno es la prudencia, la virtud de conducir a una sociedad humana perfectamente organizada hacia el Bien Común tanto temporal como sobrenatural.
Por lo tanto para concluir podemos afirmar sin temor a equivocarnos que para los cristianos, la política tiene que ser extensión de nuestra Fe porque tanto en nuestra vida privada como pública debemos regirnos por los principios evangélicos. Nuestro puesto de combate como fieles laicos no está en las sacristías parroquiales. Ni siquiera en los movimientos eclesiales. Nuestra misión evangelizadora se encuentra en los problemas cotidianos de la Patria porque el señorío de la Política se contempla en todos los intereses de la sociedad terrena y bajo este aspecto podemos decir que ninguna otra ciencia humana la supera, salvo la teología. La Política es el campo de misión y evangelización de los laicos para ser testigos de la verdad porque es un desbordamiento de la más perfecta expresión de caridad, que es la caridad Política como nos enseñaba Pío XI y de esta forma debemos considerarla los católicos.

 

Fuente: Catholic.Net

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