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miércoles, 5 de septiembre de 2012

+ La enseñanza del catecismo +




El siguiente texto correponde a uno de los tantos folletos que imprimía "El Propagador Cristiano" en los primeros años del siglo XX. Muchos de nuestros abuelos y bisabuelos, aprendieron por este medio la sana doctrina de la Santa Iglesia.

Es sorprendente constatar que después de 80 años, estos breves párrafos, no han dejado de tener vigencia. A pesar de la crudeza de sus palabras, no dejan de estar inflamadas de la más pura Verdad. He aquí el texto:

"Id y enseñad a todas las gentes, lo que de mi habéis aprendido", dijo Jesús en el momento de despedirse de este mundo a sus discípulos, consagrándolos catequistas o maestros de religión.

Conforme a este mandato vemos a los sacerdotes, con el catecismo en la mano y en el corazón enseñando las verdades de Jesucristo y llevando a los hombres por los senderos del bien, el amor y la santidad. Y como auxiliares de los sacerdotes vemos también a millares de abnegadas catequistas que en las parroquias y en las escuelas se dedican apostólicamente a la formación religiosa de los niños, modelando aquellas conciencias según las orientaciones que emanan de la ley de Dios.

¡Que grande es esta misión, la de enseñar la doctrina cristiana a los niños! Todo el porvenir de la Nación depende de la formación de las futuras generaciones. Si estas están educadas en el temor saludable de Dios, la Nación será fuerte, sana y vigorosa en cuerpo y alma; pero si los hombres se han acostumbrado a despreciar los dictámenes de la conciencia, serán atropelladores de todo orden y respeto. Sembrar la doctrina de Jesucristo y hacerla amar, este es el gran remedio de tantos males que vemos y lamentamos en la sociedad.

¡Oh padres y madres de familia! Si queréis cumplir con uno de los más sagrados deberes que Dios os ha impuesto. Si queréis ahorraros muchos y muy hondos pesares para el porvenir. Si queréis prepararos en los hijos de vuestras entrañas báculos para vuestra vejez y no verdugos que amarguen vuestra existencia y acorten vuestros días sobre la tierra, enseñadles o mandadlos al Catecismo. Allí junto con el amor de Dios se les enseñará a amar a sus padres y a todos sus superiores. Así formaréis de vuestros hijos buenos cristianos y ciudadanos rectos, que serán una esperanza para la Patria y para la Religión.

La juventud sin Dios

Las quejas son generales: la juventud de hoy da mucho que pensar. El hecho es desgraciadamente cierto. Pero lo es también la causa indicada; esto es, que ha preocupado mucho a los padres el ilustrar su inteligencia, pero no de formar su corazón.
Las escuelas sin Dios no pueden ni deben existir en las sociedades modernas, salvo que queramos volver al tiempo del oscurantismo y la barbarie.

Madres católicas, escuchad: El niño sin Dios llegará a ser un mal padre, un mal ciudadano, y un mal esposo, el primero de los impíos. El niño sin Dios, será un joven sin costumbres, un hombre sin conciencia, un anciano sin remordimiento, un moribundo sin esperanzas.

El niño sin Dios tendrá el orgullo por ídolo, a la concupiscencia por estímulo, a la envidia por tormento y a la lujuria por hábito.La gula aniquilará su cuerpo, la ira llenará su alma, la pereza lo hará retroceder ante el menor peligro o el más insignificante deber.

Obrero, el más pequeño trabajo lo desanimará. Criado, traicionará vuestros interesen en vez de velar por ellos. Soldado, abandonará a su gloriosa bandera. Magistrado, será incapaz de sostener con mano firme la balanza de la justicia. No permita el Cielo que llegue a tener dominio sobre nadie: ¡en el seno de su familia será un tirano y en el de la sociedad un verdugo!
Buenos Aires, Enero 19 de 1929, Puede imprimirse: Antonio Rocca, Vic.Gen.

Al finalizar esta lectura, surge en nosotros un sentido acto de contrición. ¡Nada hemos aprendido! Generaciones, y generaciones de cristianos, poco a poco, nos hemos apartado de la Santa Ley de Dios.

Nuestros sacerdotes han enmudecido en los púlpitos. Teólogos, religiosos, y maestros, cambiaron el trazo de sus plumas, olvidando la doctrina tradicional y el lenguaje sencillo para expresar la verdad. Los padres de familia han omitido dar ejemplo de piedad a sus hijos. Los niños y jóvenes han perdido la conciencia del pecado. Todos hemos relegado nuestra formación religiosa. Del mismo modo, redujimos la lectura espiritual y la oración a su más mínima expresión.¡El mundo nos ha hecho olvidar a Dios!

Los hijos de la Iglesia, debemos recuperar ese celo de los primeros cristianos, que los llevó a confesar su Fe hasta el martirio, para que otros también crean. El mismo celo, que inspiró a muchos otros a predicar, escribir y enseñar la Santa Doctrina de Jesucristo, para encaminar las Almas al Cielo.

Iesu Magister; Via, Veritas et Vita: miserere nobis.

Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

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