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martes, 21 de agosto de 2012

Primavera en Paraná

 

Es un tema remanido ya hasta el hartazgo. La primavera prometida por el Concilio Vaticano II nunca llegó y, en su lugar, nos encontramos con un crudelísimo invierno. La evidencia no suele ser aceptada por nuestros prelados que siguen imaginando brotes y florecillas donde sólo hay ramas secas.

Según ellos, una de las muestras más evidentes de los aires primaverales fue la reforma litúrgica que, en los hechos, significó la destrucción de la tradición litúrgica latina reemplazada por inventos de eruditos cuando no por la creatividad de cualquier curita inculto y vulgar, que son los que abundan. Y, por eso mismo, todo intento de retornar a la liturgia tradicional latina no es más que los deseos completamente absurdos y peligrosos de los reaccionarios que nunca faltan. Les resulta incomprensible que, aún hoy, haya gente que añora lo que no conoció, porque son justamente los jóvenes que nunca vieron una misa tradicional los que más bregan por su retorno.

Y los obispos argentinos, adoptando políticas propias del Indec K, pretenden negar la realidad tapándola. Es sabido que, luego del Motu Proprio, la directiva emanada desde la sede cardenalicia de Buenos Aires fue “no hacer olas” e impedir la celebración de la misa, desalentando e, incluso, amenazando a los pocos sacerdotes que se atrevieran. Y nosotros, alicaídos laicos, bien poco que hicimos también para promover su celebración.

Sin embargo, de vez en cuando afloran las buenas noticias que tapan la boca a los prelados. Este pasado fin de semana se celebró en Paraná, por primera vez en forma pública luego de décadas, la misa latina tradicional. Sus promotores fueron laicos, simples laicos, que nunca fueron tradicionalistas y, mucho menos, afiliados al lefebvrismo. Laicos hartos ya de la vacuidad de las liturgias de hoy, con amor a la Iglesia y buscando el bien de las almas.

 

Por supuesto, no se celebró en ninguna iglesia de la arquidiócesis. El lugar fue la capilla/salón de usos múltiples de un colegio católico no perteneciente al arzobispado, ubicado en la zona periférica de la ciudad de Paraná. Se consiguieron un frailecito de la Inmaculada al que llevaron desde Buenos Aires y algunas monjas para cantar; prepararon un bello altar y se largaron.

Lo asombroso es que asistieron más de 500 personas. Es un número altísimo, que dejará con la boca abierta a los prelados. Por cierto, la inmensa mayoría eran jóvenes. ¿Cómo explicaran los promotores de las jornadas de jóvenes católicos tinellizadas este hecho? ¿Serán tantas las mentes enfermizas que aún desean asistir a tal espectáculo medieval, rezado en una lengua incomprensible, aburrido, sin ritmo y sin onda?

Ya sabemos la respuesta: el silencio.

 

Fuente: The Wanderer

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