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martes, 19 de junio de 2012

Matrimonio y Sacrificio

Un pequeño texto de Gustave Thibon...

 

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“Si para el moralista moderno hay una tarea trágicamente urgente, es la de recordar a los hombres la noción de sacrificio. Todos los fracasos, todas las miserias del matrimonio proceden del olvido de esa necesidad. No concibo un matrimonio feliz sin un sacrificio mutuo. Ninguna paradoja hay en ello. La primera condición de la felicidad es no buscarla. En este orden está permitido decir, invirtiendo la palabra evangélica: no busquéis y encontraréis.

El hombre noble busca vivir como hombre, el hombre vil trata de ser feliz. El último busca aquí abajo cosas y seres en quienes pueda satisfacerse, el primero busca seres y cosas a quienes inmolarse. No se toma una esposa, uno se da a ella. Casarse es quizás la manera más directa, la más exclusiva de no pertenecerse ya. Chesterton, leyendo un diario americano donde estaba escrito: “Todo hombre que se casa debe persuadirse de que renuncia al cincuenta por ciento de su independencia”, observaba: “Solamente en el Nuevo Mundo está permitido semejante optimismo”.

El secreto de la felicidad conyugal es amar esa dependencia. Al ser que vive a nuestro lado, debemos amarlo menos en la medida de lo que nos da cuanto en la medida de lo que nos cuesta.

La vocación del matrimonio nos consagra a nuestro cónyuge. La afirmación va lejos. Da un sentido a todos los deberes y a todos los colores de la vida en común. En particular, hace de la felicidad conyugal, no ya una especie de estéril sacrificio, sino un acto religioso del más alto valor humano.”

 

Gustave Thibon

(En Grupo Lionés de Estudios Médicos, Matrimonio y Medicina, Ediciones Criterio, Buenos Aires,1954, p.268)

2 comentarios:

  1. ¡Muy bueno! Hay una carta de Tolkien que habla de lo mismo, a ver si un día de estos me pongo y la traduzco.

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  2. Acá va un párrafo de la carta que les conté. Hice una traducción parcial (la carta es bastante extensa) que ahora está en mi blog:

    "La fidelidad en el matrimonio cristiano significa eso: una gran mortificación. Para un cristiano no hay escapatoria. El matrimonio puede ayudarlo a santificar y dirigir el deseo sexual a su verdadero objeto; su gracia puede ayudar en el conflicto; pero el conflicto permanece. No lo satisfará, como el hambre se mantiene a raya comiendo con regularidad. Le ofrecerá tantas dificultades a la pureza correspondiente a ese estado, así como ayudas. Ningún hombre, por mucho que haya amado a su novia y prometida en su juventud, puede permanecer fiel a ella como esposa en su cuerpo y su mente sin un ejercicio deliberado y conciente de su voluntad, sin auto-negación. Muy pocos saben esto, incluso entre los que crecieron en la Iglesia. A los que están fuera de ella nadie se los dice. Cuando se acaba el glamour, o cuando va menguando, creen que se equivocaron, y que en realidad todavía no encontraron a su "verdadero amor". El verdadero amor resulta ser, en general, la próxima persona sexualmente atractiva que aparece. Alguien con quien podrían haberse casado con mucho provecho, si no fuera por que --. Y de acá el divorcio, para solucionar el temita. Sólo un hombre muy sabio al final de su vida puede elaborar un juicio certero sobre quien, entre todas las oportunidades posbiles, hubiera sido la mejor de todas. Casi la totalidad de los matrimonios, también los matrimonios felices, son equivocaciones; en el sentido de que con toda seguridad ambos podrían haber hallado una pareja mejor. Pero el "verdadero amor" es aquél con el que estás efectivamente casado. Elegís muy poco: la mayor parte del trabajo la hacen la vida y las circunstancias. (Aunque, si existe un Dios, ellas han de ser sus instrumentos). Algo que hay que notar, es que los matrimonios felices son más comunes donde la 'elección' de los jóvenes está más limitada por la autirdad paternal o familiar, siempre que haya una ética social basada en la responsabilidad (responsabilidad en todo sentido, no sólo en el amor) y en la fidelidad conyugal."

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