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domingo, 3 de junio de 2012

Domingo Primero después de Pentecostés

La Santísima Trinidad (1967)

SantisimaTrinidad

«Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»

(Mt.28, 18-20)

 

El domingo pasado vimos la solemne inauguración de la Iglesia en Jerusalén. San Pedro enseñó conforme Cristo le había encargado: que Cristo era Dios, que Cristo había resucitado y que les era nece­sario el bautismo. Hoy vemos la misión de los Apóstoles enviados con pleno poder a fundar la Iglesia: “Como mi Padre me envió, así Yo os envío a vosotros”. Esto pasó primero, diez días antes de Pentecos­tés.

Éste es el Evangelio de la Ascensión; las últimas palabras que pronunció Cristo sobre la tierra: vale la pena considerarlas una por una.

“Id y enseñad a todas las gentes”. La misión de la Iglesia es ense­ñar, no es hacer política, fundar o derribar Gobiernos, ni siquiera “civilizar” como dicen ahora; aunque eso lo haya hecho alguna vez por añadidura. Un misionero se va a Alaska, se sienta en un trozo de hielo, y a los esquimales que vienen no les dice: “Ahora os voy a enseñar el inglés, os voy a hacer una escuela y un hospital”. Les dice simplemente: “Jesucristo es Dios”, y si acaso no les dice eso es porque no puede por el momento, porque no sabe la lengua esqui­mal.

“Enseñad todo lo que Yo os he mandado”. ¿Qué es lo que hay que enseñar? No las Matemáticas o la Astronomía, sino la Religión; y estrictamente la Revelación; y eso, no solamente para saber, sino para hacer: es una enseñanza práctica o pragmática. “Ahora que sabéis todas estas cosas, dichosos seréis si las ponéis por obra”.

En sus “Cartas de Celestino Sexto” Giovanni Papini se queja de que todas las órdenes religiosas se dediquen a fundar escuelas y a ense­ñar programas escolares de los Gobiernos. Tiene razón; pero eso se debe al actual laicismo de los Estados, incluso los llamados católicos, que ha obligado a la Iglesia a correr a la brecha del intento de descristianizar a los pueblos y a los hombres desde su infancia. Mejor sería desde luego que los sacerdotes enseñaran el Evangelio en vez de Literatura o Filosofía; aunque si saben Filosofía, eso no estorba, antes bien sirve para enseñar el Evangelio, con tal que se quede en segundo puesto. Quiero decir, en la predicación, de la cual Lutero echaba a la Filosofía. La Teología no es más que el Evangelio con Filosofía; pero la Filosofía no saca la cabeza, queda detrás o adentro.

Sería mejor, desde luego, que los jesuitas, por ejemplo, en vez de tener una Universidad donde enseñan incluso arte cinematográfico y métodos publicitarios de propaganda junto con un poco de Teología, enseñasen mucha Teología en una Facultad Teológica plantada en el centro de la Universidad de Buenos Aires, y dándole la unidad que ahora no tiene[2]; como era en las antiguas Universidades: la única Facultad de Teología del país (no hay teólogos para más) con todas las fuerzas y recursos coaligados de la Iglesia Argentina. ¿Una Uni­versidad del Gobierno o de los particulares? ¡De la Nación entera![3]

Éstos son sueños. Esto es lo que se debería haber procurado en vez de cuarenta pequeños simulacros de Universidad: pero no se procuró. ¿Qué vamos a hacer? No se consultó, creo yo, al sentido común. Yo no tengo la culpa, aunque quizás sí un poco, Dios sabe. El camino que se siguió no fue el mejor, ni siquiera el deseable. Va contra el sentido común: una Universidad debe componerse de sa­bios o tener por lo menos tres o cuatro sabios, uno dellos Rector. No hay tantos sabios en la Argentina para tantas Universidades; quizás ni siquiera para cuatro. Salen Universidades falsificadas, escuelas técnicas a lo más, fábricas de profesionales iguales o inferiores a las del Gobierno[4]. —Sí, pero al menos allí se enseña Catecismo. —¿No se podría enseñar Catecismo sin enseñar arte cinematográfico? —Pa­rece que ahora no, ¡oh Papini! —Bueno, paciencia, dice Papini.

¿Vendrá lo otro algún día? Lo que yo sé es que ahora está lejos. Tendrá que venir, si esto ha de ser una Nación católica y aun Nación a secas. No puede haber Nación sin buena Universidad[5]. A mí me da tristeza oír las discusiones sobre la Ley Universitaria, que dicen es “fascista”. Es una ley tímida, que quita por ahora algunos síntomas y algunos abusos intolerables, pero está lejos de fundar una Univer­sidad de la Nación; pues la Universidad actual debe ser refundada; con remiendos no hacemos nada, lo que ahora existe no soporta ni remiendos, la trama misma está vencida.

La Universidad debe dar los hombres dirigentes; y llevada por sabios, debe dar también sabios. Los hombres dirigentes de la Ar­gentina son de una mediocridad cruda, de educación inacabada o torcida. Hay un economista destos que ahora cortan el bacalao, el cual cuando habla comete errores de sintaxis y pronuncia mal el castellano. Espero ha aprendido mucha Economía en Estados Uni­dos; pero muchas otras cosas no sabe, algunas quizás más importan­tes que la Economía[6].

“Id y enseñad a todas las gentes la Religión, la Revelación, la ciencia salvífica, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Es la revelación explícita del misterio de la Trinidad que hoy celebramos; es también una enseñanza, la más importante de todas y la institución de la sacramentalidad de la Iglesia. Los Sacramentos son también enseñanza, pues son signos visibles de la gracia, y fuentes de la gracia invisible. Con ellos, la Iglesia continúa su enseñanza a los mortales, la cual continúa hasta la muerte y más allá: pues existe la Iglesia Purgante.

Hemos de aprender Religión toda la vida: con la práctica más que con los libros; aunque los libros no están de más: los buenos libros; pues hay muchos hoy día, incluso de Religión, que no son buenos. Los que hemos de enseñar Religión, tenemos obligación grave de oficio; y todos en realidad tienen obligación, pues han de enseñarla a sus hijos, o bien aprovecharse a sí mismos. Es la cosa más impor­tante que puede aprenderse.

Antaño los Reyes y Gobernantes sentían como una obligación el enseñar la Religión al pueblo, o almenos dejar que la Iglesia la en­señara; hoy día más bien lo impiden o almenos dejan que el pue­blo se confunda en este revoloteo de enseñanzas malas o vanas que nos envuelve. Así les va a ellos.

Éste es uno de los grandes crímenes nacionales. ¿Cómo nos va a ir bien? Tratemos de repararlo en todo lo posible —si nos es posi­ble[7].

 

R.P. Leonardo Castellani, tomado de “Domingueras Prédicas II”.

 

Visto en Stat Veritas

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