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miércoles, 6 de junio de 2012

Añoranzas

Por Jack Tollers

The sweetest thing in all my life has been the longing...

Do you think it all meant nothing, all the longing?

C.S. Lewis, Till We Have Faces.

 

 

Añoranza

 

No estoy en condiciones de discutir con Jesucristo. Si Él dijo que son más bienaventurados los que creen sin haberlo visto que los que efectivamente lo vieron, así será. Pero nadie (¡ni Jesucristo!) puede dejar de advertir que si uno cree en Él, querrá verlo también, qué se creen ustedes.

Afortunadamente tenemos lo de San Juan, que lo veremos y seremos como Él.

Es que las cosas espirituales primero se gustan y luego se ven, dijo Santo Tomás, comentando el salmo ese que invita a gustar y ver cuán bueno es el Señor.

Ahora bien, hay que saber que habitualmente la cosa sigue este orden: primero se gustan… cosas que no se ven. Y luego le nace a uno el deseo de ver. Y después le duele no ver.

Se llama añoranza. Nostalgia de Dios. Esperanza. Pónganle el nombre que quieran, qué más da, que el que sabe lo que digo, lo sabe por experiencia y esa experiencia es un compuesto dulce-amargo, diría Castellani, como el whisky. Dulce por lo que promete, amargo por el "aún no" que nos contaba Pieper.

Y entra al ruedo Kierkegaard y nos dice que esa añoranza es un don de Dios, que no hay por qué echarla a los perros, que bien puede cultivarse y agradecerse a Dios, como que es un don celeste que procede del Padre de las luces (en quien no hay sombra de mudanza ni variación).

Claro, es muy útil el don este (y no sólo para componer versos, o zambas, o sinfonías, obras de teatro, novelas, cuadros y para todo el arte que quieran). El don de la añoranza nos protege contra la solicitación terrena, el inmanentismo, de todo aquello que nos aferra al terreno, de todo los que distrae de nuestra vera vocación, de todo lo que nos tiene encarcelados aquí abajo.

(También protege de toda forma de voluntarismo, pelagianismo, exitismo o resultadismo, lo mismo da).

La añoranza nos hace mirar para arriba, nos hace buscar trazas de la Trascendencia de Dios, nos obliga a recordar a Jesucristo, como lo pedía el bueno de San Pablo: "Acuérdate de Jesucristo". Nos lleva a rezar, lo querramos o no.

Y nos fortalece a la hora de la muerte.

Pero Dios, en su Sabiduría Eterna, ha resuelto dosificar esta añoranza de los hombres buenos (o que, por lo menos, querrían serlo). Porque el efecto "tan alta vida espero, que muero porque no muero" podría inducir, créase o no, a la desesperación: un caso de excesiva nostalgia de Dios que incrementaría desmesuradamente el "tedium vitae", que nos haría demasiado pesado esto de seguir chapoteando en el barro de la vida, que nos induciría a un quietismo estéril, que nos haría despreciar las cosas que tenemos y que tenemos que guardar aunque algún día tengan que desaparecer. Que nos haría olvidar lo de Chesterton, aquello de que una cosa es necesaria, todo, y que el resto es vanidad de vanidades.

De manera que Dios dosifica este don de la añoranza y no le permite a nadie volver del otro lado del río a contarnos algo más sobre lo que tiene preparado el Señor para aquellos que le aman, cosas que ni ojo vio, ni oído oyó (aunque Pablo algo oyó, no vayan a creer: audivit arcana verba).

Cosas que no entran en cabeza de hombre.

Como que es más bienaventurado el que cree sin haber visto que el que vio.

 

Jack Tollers

 

Fuente: The Wanderer

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