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miércoles, 4 de abril de 2012

LA JORNADA LITÚRGICA DEL MIÉRCOLES SANTO

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El Miércoles Santo es el preludio de la tragedia: la traición, así como el Viernes Santo es el de la consumación de ésta: el sacrificio de la Cruz, por eso que después de éste ningún día haya más particularmente consagrado a la Pasión de Cristo. La reparación de tan injusta sentencia -conviene que un sólo hombre muera por la salvación del pueblo- y de tan negra traición, la de uno de los de dentro, el apóstol Judas, movió a la Iglesia, según nos transmite San Agustín entre otros Padres, a establecer los miércoles del año, junto con los viernes, ayunos y penitencias. Como día importante, se le asigna en Roma como iglesia estacional la de Santa María la Mayor, una de las cuatro basílicas patriarcales de la Urbe.

 

La antífona de entrada de la misa está tomada de Filipenses II,10.8.11, parte del bellísimo himno cristológico que el Apóstol Pablo recoge en esta epístola, en el que establece ese maravilloso binomio de humillación-exaltación, que colma de una dimensión sobrenatural al misterio del sacrificio, del dolor y de la muerte: “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, porque el Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz; por eso Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”. Solemne comienzo para una conmemoración aparentemente de duelo, que en la óptica de la fe se convierte en triunfo: la liturgia aclama que Jesús ha reinado desde el leño, y en otro pasaje que el que en un leño fue vencido, en un leño había de vencer. El nombre de Jesús, con le que comienza esta antífona, que significa “Salvador”, realza en estos días su pleno significado.

 

La oración colecta, que, con el introito, recoge y presenta en embrión el leit-motiv de la celebración, es la siguiente: “Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz: concédenos alcanzar la gracia de la resurrección”. En ella se nos manifiesta como el Calvario es la consumación de la obra redentora de Dios. Jesús, el Verbo del Padre, derrama hasta la última gota de su sangre en prenda de misericordia: “En esto está el amor: no que nosotros amáramos a Dios, sino que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (I Juan IV,10); como dice el viejo adagio latino: per crucem ad lucem.

La primera lectura pertenece al III Canto del Siervo de Yahvé, incluido en la Profecía de IsaíasL,4-9a, que pone de relieve la misión consoladora del Mesías, que se ofrece hasta la propia inmolación, y que preludia su victoria por el poder de Dios: “En aquellos días dijo Isaías: Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado. Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque. Mirad, mi Señor me ayuda; ¿quién probará que soy culpable?”. De la tiniebla de la Pasión, emerge la luz radiante de la Resurrección. 

Como interleccional tenemos, como respuesta a la Palabra de Dios, el Salmo LXVIII,8-10. 21bcd-22. 31. 33-4. Canto elegíaco, uno de los siete VII Salmos Penitenciales, en él el justo llora la soledad de los que escogen la causa del Señor, pero en medio de la esperanza y la confianza en Dios. Puede ser perfectamente interpretado en clave mesiánica: “Por Ti he aguantado afrentas, / la vergüenza cubrió mi rostro. / Soy un extranjero para mis hermanos, / un extranjero para los hijos de mi madre; / porque me devora el celo de Tu Templo, (Cf.Jn.II,17; Rom.XV,3) / y las afrentas con que Te afrentan caen sobre mí. (Cf.I Pe.II,24; Rom.XV,1) // La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. / Espero compasión, y no la hay, / consoladores, y no los encuentro. / En mi comida me echaron hiel, / para mi sed me dieron vinagre. (Cf.Mt.XXVII,48; Mc.XV,23; Jn.XIX,28) // Alabaré el nombre de Dios con cantos, / proclamaré su grandeza con acción de gracias. (Cf.Jn.XIX,28) / Miradlo, los humildes, y alegraos, / buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. / Que el Señor escucha a sus pobres, / no desprecia a sus cautivos”. Como podemos ver, más que una profecía parece una narración de algo ya sucedido.

El Evangelio es San Mateo XXVI,14-25, y relata la traición alevosa de Judas: “En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso[1]: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme si os Lo entrego?’. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas[2]. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ‘¿Dónde quieres que Te preparemos la cena de Pascua?’. Él contestó: ‘Id a casa de Fulano y decidle: El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con Mis discípulos’. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer, Se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, dijo: ‘Os aseguro que uno de vosotros Me va a entregar’[3]. Ellos, consternados, se pusieron a preguntar Le uno tras otro: ‘¿Soy yo acaso, Señor?’. Él respondió: ‘El que ha mojado en la misma fuente que Yo, ése Me va a entregar. El Hijo del Hombre se va como está escrito de Él; pero ¡Ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!, más le valdría no haber nacido’. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: ‘¿Soy yo acaso, Maestro?’. Él respondió: ‘Así es’”.

El Evangelio debe hacernos reflexionar: ¿es posible abandonar, es más: entregar a Cristo, después de haber vivido y comido con Él? Cristo prolonga hoy Su Pasión en su Iglesia, y lo podemos traicionar en el plano ideológico, moral, sociológico... Estemos siempre vigilantes en la conservación y pureza de nuestra fe. La traición desgraciada de Judas debe ser una llamada a nuestra fidelidad.

 

Las otras dos oraciones de la misa nos rememoran los sufrimientos de Cristo. En la Oración sobre las ofrendas nos invita a interiorizar los misterios de la Pasión para beneficiarnos de sus frutos:“Recibe, Señor, las ofrendas que Te presentamos, y muestra la eficacia de Tu poder, para que, al conmemorar en estos sacramentos la Pasión de Tu Hijo, consigamos todos sus frutos”. La Oración Poscomunión nos desvela, después de haber participado de la Prenda de la Gloria Futura, los frutos de este sacrificio: “Dios Todopoderoso, concédenos creer y sentir profundamente que por la muerte temporal de Tu Hijo, representada en estos misterios santos, Tú nos has dado la vida eterna”.

Terminamos este breve comentario de los textos eucológicos del Miércoles Santo, que bien pueden servir de telón de fondo a nuestra estación penitencial, con la Antífona de Comunión, tomada deSan Mateo XX,28, que redondea el mensaje del día, revelándonos la misión del Verbo Encarnado: “El Hijo del Hombre no ha venido para que Le sirvan sino para dar Su vida en rescate por muchos”.Ojalá que todos nos sintamos bajo el manto misericordioso de Dios, que colgado de un madero nos predica la suprema lección de Su amor infinito.

 


[1] Cf. Mc. XIV, 10; Lc. XXII, 3.

[2] Cf. Ex. XXI, 32; es el precio establecido por la indemnización de un esclavo.

[3] Cf. Sal. XL/XLI, 10.


Ramón de la Campa Carmona

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