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jueves, 12 de abril de 2012

+ Al encuentro de la Misericordia +



Durante la octava de Pascua se celebra la Novena de la Divina Misericordia, en vistas al misterio que se conmemora el Domingo II de Pascua: el momento en que Cristo da a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados. Proponemos a continuación unas breves reflexiones acerca del Sacramento de la Penitencia.

La confesión sacramental, para que se haga como se debe, requiere varias cosas.
La primera, un buen examen de conciencia, regulándolo por los preceptos de Dios y por las obligaciones del propio estado.

En el examen de tus pecados y faltas, aunque sean muy pequeñas, llóralas amargamente considerando la ingratitud del hombre contra la bondad y caridad infinitas de Dios; y así, vituperándote, dirás contra ti estas palabras: ¿Así correspondes, ignorante y necio, a los innumerables beneficios que has recibido de Dios? ¿Por ventura no es tu Padre que te poseyó, que te hizo y te creó? (Dt 32, 6).

Con esta consideración, excitando en ti repetidas veces un ferviente y eficaz deseo de no haberlo ofendido, di: ¡Oh quién no hubiera ofendido a mi Creador, a mi Padre celestial y Redentor, aunque hubiera sido padeciendo muchos males!
Después volviéndote a Dios con vergüenza de tus culpas, y con fe de que te las ha de perdonar, dile de todo corazón: Padre, pequé contra el cielo y delante de Vos. No soy digno de ser llamado hijo vuestro; y así ponedme en el número de vuestros jornaleros (Lc 15, 18-19).

Y renovando el dolor de la ofensa divina, con propósito de querer antes sufrir y padecer cualquiera pena o tribulación que ofender voluntariamente a Dios, descubre claramente al confesor tus pecados con dolor y vergüenza, sin excusarte a ti ni acusar a otros, y diciéndolos tal como los cometiste.

Acabada la confesión, rinde muchas gracias a Dios porque siendo así que tantas y tan repetidas veces lo has ofendido, no te niega el perdón, antes está más pronto a dártelo que tú a recibirlo.

De esta consideración tomarás ocasión para dolerte de nuevo de haber ofendido a un Padre tan benigno, y con una plena voluntad propondrás no volver a ofenderlo con su ayuda y la de la Virgen María, del Ángel custodio, del Santo de tu nombre y de los demás Santos a quienes tuvieres particular devoción.


Fuente: Lorenzo Scúpol

Combate espiritual, 2ª parte



Envíado por el Padre Gwerder

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