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viernes, 30 de marzo de 2012

Viernes de Pasión: Nuestra Señora de los Dolores

 

 

La Virgen de los Dolores

 

Ella sabe de penas y de dolores

y pondrá en tus heridas jugo de flores;

que el dolor, prenda mía, sólo se cura

con los óleos que manan de la amargura


Imágenes integradas 1


I

Guardo yo como prenda de mis amores,

una imagen bendita de los Dolores.

Me la entregó mi madre cuando moría

y en el postrer momento de su agonía,

hechos fuentes sus ojos ya casi muertos,

aquesto me dijeron sus labios yertos.

“Hijo, toma esta Virgen, nunca la olvides,

es la mejor herencia que tú me pides.

Esta vieja reliquia que tanto adoro,

ha de ser en tu vida rico tesoro.

La madre a quien amabas, por fin se muere,

mas la que yo te dejo, también te quiere.

No pagues con el fango de liviandades

el raudal infinito de sus bondades.

Cuando el dolor, preñado de fieros males

destroce tus entrañas con sus puñales;

cuando la envidia ponga sobre tus sienes

la corona de espinas de sus desdenes;

cuando el orgullo torpe y altivo y necio

te oprima bajo el taco de su desprecio;

cuando lleves el alma perdida y rota

como nave desierta que el mar azota,

clava en ella, hijo mío, los turbios ojos

y verás tus caminos libres de abrojos.

Ella sabe de penas y de dolores

y pondrá en tus heridas jugo de flores;

que el dolor, prenda mía, sólo se cura

con los óleos que manan de la amargura”.

II

Pasaron desde entonces ya muchos años

con su enorme equipaje de desengaños

con hojas de laureles formé mi cama

y ha besado la frente también la fama;

mas ¡ay! que entre las palmas de mis jardines

anidaron los áspides de enconos ruines.

Voy cruzando este mundo cual peregrino,

hollando los zarzales de mi camino;

y hay una luz lejana que me ilumina,

y una voz cariñosa que a andar me anima,

y una mano de madre dulce y amada

que separa los brazos de mi jornada.

Es ella, mi reliquia santa y antigua,

que mis penas acerbas siempre amortigua.

Cuando el mar de aflicciones su furia acrece

y el alma de este náufrago ya desfallece,

ante la imagen rústica me rindo y postro,

mojando con mis lágrimas su níveo rostro

y ella para quien suyos son mis agravios,

me dice con sus ojos y con sus labios:

“Hijo, sigue adelante con tu suplicio,

llegando hasta el calvario del sacrificio.

Atiende que más duros fueron mis males

que hundieron en mi pecho siete puñales;

el mar de sufrimiento grande y sublime

al mortal, con sus ondas lava y redime”.

Y esta voz que yo escucho de día y noche,

es para mí un aliento y es un reproche.

Aunque la lucha arrecie, no quiero nunca

que mi palma del triunfo se quede trunca;

yo sé que en la contienda, reñida y cruda,

mi madre que fue mártir, será mi ayuda.

 

III

Guardo yo como prenda de mis amores,

una imagen bendita de los Dolores.

Es el recuerdo santo que yo más quiero

y la herencia sagrada que más venero.

P. Teodoro Palacios

(Español, 1885-1938)

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