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lunes, 12 de marzo de 2012

Los enemigos de Jesucristo

 

 

Fariseos 01 (01)

 

 

 

Durante los tres años de su vida pública, Jesucristo tuvo que combatir la incredulidad de los judíos y la hostilidad celosa de los jefes de la nación. Israel esperaba un Mesías poderoso, para restaurar el trono de David y dar a los judíos el imperio sobre todos los otros pueblos. Esperaba una revolución política y no una transformación religiosa, interpretando en este sentido material las profecías que anunciaban el reino glorioso del Mesías. Este pueblo carnal y terreno no reconoció al conquistador de sus ensueños en este profeta de Nazaret, pobre y oscuro, que predicaba la guerra a las pasiones, el desprecio de las riquezas y el reinado de Dios en las almas.
El pueblo, empero, arrastrado por la dulzura y los milagros de Jesús, se dejaba convencer; pero los jefes de la nación se declararon enemigos de Jesucristo y atribuían sus milagros al poder del demonio.
Dominaban en aquella época en Judea dos sectas funestas: los saduceos y los fariseos. Los primeros, filósofos materialistas, no pensaban más que en la vida presente, buscando de una manera exclusiva los placeres sensuales. Los fariseos, hipócritas y perversos, bajo la práctica exterior de la ley de Moisés, ocultaban un orgullo desmedido y vicios infames. Entre estos dos partidos estaba dividida la alta sociedad y ejercían gran influencia sobre el pueblo. La inmensa mayoría de los miembros del famoso tribunal llamado sanedrín formaba en las filas de una y otra secta.
El sanedrín, presidido por el sumo sacerdote, era el gran tribunal de la nación encargado de regir y juzgar los asuntos religiosos. Componíase de setenta y dos miembros, divididos en tres cámaras: los príncipes de los sacerdotes o jefes de las veinticuatro familias sacerdotales; los escribas o doctores de la ley; los ancianos del pueblo o jefes de las tribus y de las principales familias. El sanedrín tenía el derecho de castigar a los transgresores de la ley, pero, desde que los romanos impusieron su dominación a los judíos, le estaba vedado pronunciar sentencia de muerte.
Los fariseos fueron los enemigos más encarnizados de Jesucristo. Celosos de su popularidad, heridos en su orgullo por la superioridad de su doctrina, exasperados por la libertad con que condenaba sus errores y descubría su hipocresía, concibieron contra Él tal aversión, que bien pronto se convirtió en odio mortal. La sabiduría de Dios, que gobierna el mundo, se sirvió de este odio para llevar a cabo la redención del linaje humano.
Jesucristo había venido a este mundo, no sólo para instruirlo y traerle una religión más perfecta, sino también para rescatar la humanidad culpable. Ahora bien, esta redención debía cumplirse mediante el sacrificio de su vida y la efusión de su sangre.

 

Fuente: P. A. Hillaire, La Religión demostrada

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