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lunes, 19 de marzo de 2012

La inflación de la obediencia

Por G. Cottier.

Cuando la mentalidad apologética tiene la primacía sobre la tensión contemplativa, termina por sufrir la misma apologética. Otra fuente de la crisis del pensamiento es, sin duda, la inflación de la obediencia. También aquí no se trata de redimensionar la excelencia de esta virtud, sino de respetar el puesto en el organismo de las virtudes cristianas. Y este no es el primero. De primera importancia son las virtudes teologales, en particular  la caridad, que nos hace participar del conocimiento y el amor de Dios mismo. Mediante la fe teologal nos adherimos a la Verdad primera, la cual da fe de la veracidad del contenido divino que nos es propuesto de creer. Porque Dios es la Verdad misma y la fuente de toda verdad, y la luz de la inteligencia es una participación creada de la luz increada, nuestra inteligencia realiza aquello que constituye su primera operación cuando se somete a Dios. La inteligencia que se pone dócilmente a la escucha del magisterio, asistido del Espíritu Santo para transmitirnos la verdad revelada y ayudarnos a vivirla, permanece en la prolongación de esta radical sumisión a la fuente de aquello que constituye su vida.

La verdad que viene de lo alto nos es trasmitida autoritativamente, a través de la cual la Verdad primera se impone a la inteligencia creada que, acogiéndola se realiza según su natural deseo. Los guardianes de la  autoridad magisterial participan de la autoridad de la Verdad primera: la Verdad primera se comunica a nosotros, y en cuanto Verdad primera lo hace autoritativamente. El primer aspecto explica el segundo, y es dañoso invertir el orden de las cosas.

Esto ocurre, lamentablemente, cuando se confunde la sumisión de la inteligencia a la Verdad primera, y la docilidad que ella exige, con la virtud de la obediencia. Objeto de la obediencia es el precepto del superior legítimo, que el súbdito sigue para orientar la propia acción: con la obediencia si es en el orden de la verdad práctica y de la acción. Tratar la doctrina como materia de obediencia significa desconocer la naturaleza, esto es vaciarla de su esencia que es solicitud de la inteligencia para que se nutra. La ortodoxia - o sea la recta orientación de la inteligencia hacia su objeto, que es la verdad de acoger en la fe - se volvería una imposición disciplinaria desde lo externo, sentida como un atentado a la libertad de pensamiento, a su espontaneidad. La noción de "fe estatutaria", imaginada por Kant, no se concibe sino en una desastrosa prospectiva.

 

 

 

¿Cómo se llega a tales posiciones? Me parece que aquí confluyen dos factores.

El primero tiene que ver con la espiritualidad. Hablando en términos espirituales y existenciales, es verdad que existe una afinidad entre la obediencia religiosa, por la cual, haciendo mía la voluntad del superior, yo renuncio a mi voluntad, y la caridad teologal gracias a la cual la voluntad creada se une a la voluntad de Dios amado por si mismo y más que cualquier otra cosa. El error consiste en el hacer de un principio de vida espiritual una teoría en el plano del saber teológico, ya que dicho saber debe considerar la esencia de las cosas. Por otra parte, tal teoría se desarrolló en una dirección demasiado humana. Hubo una cierta pereza por parte de los que deben detentar la autoridad doctrinal. Ya que es más fácil dar directivas que iluminar los espíritus.

El segundo factor es de orden filosófico. La creciente influencia de las escuelas voluntaristas y nominalistas no es  extraña a la sobrevalorización de la obediencia. Descartes pensaba que la esencia de la verdad y el bien dependia de la omnipotencia de Dios y que Él habría podido hacer que "hubieran montañas sin valles o que uno más dos no fuese igual a tres" (Lettre a Arnaud, 29-07-1648). Así, la verdad que nosotros conocemos no nos hace conocer a la Verdad y a la Sabiduría primera, sino a la Libertad divina. Al querer empujar al extremo las consecuencias de estas ideas, no se ve que cosa de nuestro espíritu podría corresponder a la Libertad divina, fundamento de toda verdad, sino la obediencia, una obediencia necesariamente ciega.

Y los conflictos de la mente creada se reducirían así a un único conflicto: aquel de la afirmación de la propia libertad, que puede llegar hasta el ateismo o la sumisión fideistica a la Libertad divina. En este punto no se sabe donde situar ni las exigencias propias de la verdad,  ni la vocación propiamente cognitiva de la inteligencia.

Queda el hecho de que, rigurosamente hablando, la grandeza de la obediencia se comprende en la línea del "gobierno", no en aquella del magisterio de la verdad. Confundir los dos registros significaría abrir la puerta al reino de la arbitrariedad intelectual. (George Cottier, Le vie della ragione. Temi di epistemologia teologica e filosofica, 2002, 192.)

 

 

Fuente: http://el-claustro-medieval.blogspot.com.ar/

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