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sábado, 10 de marzo de 2012

La Cuaresma en el Año Litúrgico

 

 

 

 

 

Nunca ponderaremos lo suficiente la relevancia que el Año Litúrgico tiene en la vida de la Iglesia.Como la sucesión de las estaciones estimula y regula la renovación vital del mundo físico, la contemplación y vivencia de los sucesivos tiempos litúrgicos inciden en la actualización, interiorización y proyección del mensaje de Cristo, tanto desde una perspectiva individual como comunitaria. Su pone una espiral ascendente hacia la cima de la perfección: el Adviento es la siembra en la esperanza; la Navidad, los primeros brotes en la fe; la Cuaresma, el crecimiento en la caridad con el riego y la poda necesarios; la Pascua, la floración gozosa derivada del injerto en la victoria de Cristo; el Tiempo Ordinario postpentecostal es la siega y el barbecho estival en el que se degustan todos los episodios de la historia de la salvación en su globalidad, actualizándolos en la vida del mundo presente.

La liturgia y los ejercicios de piedad cuaresmales tienen como fin primordial ayudar a los fieles individual y comunitariamente a preparar, vivir y actualizar el misterio de Cristo Salvador que se inmola por nosotros en la Cruz y nos invita a participar en su labor redentora. La Cuaresma es un periodo de cuarenta días que la Iglesia propone a los fieles para bien disponerse a la participación en la Pascua, piedra angular de la historia salvífica de Dios, que va desde el Miércoles de Ceniza hasta la Misa de la Cena del Señor exclusive, por lo que sus notas dominantes son la conversión y la penitencia. San Benito de Nursia, en el siglo V, recomienda en el capítulo XLIX de su Regla a sus monjes que se entreguen a la oración "acompañada de lágrimas" de arrepentimiento o de fervor.

El cuarenta se usa en la Biblia como número redondo de totalidad, a menudo con un sentido de periodo modelo de purificación en la aflicción: el diluvio duró cuarenta días (Gn. VII, 4); la peregrinación de Israel por el desierto duró cuarenta años (Ex. XVI, 35); cuarenta días le da Jonás de plazo a Nínive para su conversión (Jon. III, 4); cuarenta días manda el Señor a Ezequiel que permanezca recostado sobre el lado derecho, como símbolo de lo que había de durar el sitio tras el que Jerusalén sería arrasada; durante cuarenta días ayunan Moisés (Ex. XXIV, 18) en el Sinaí y Elías en el Horeb (I Re. XIX, 8) para ser purificados antes de presentarse a Dios; Jesús se prepara para su misión pública cuarenta días en el desierto (Mc. I, 13; Mt. IV, 2; Lc. IV, 2). Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 540): "La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto".

El primer testimonio de observancia cuaresmal se remonta al siglo II. El ayuno cuadragesimal se documenta a comienzos del siglo IV y aparece en el canon 5 del Concilio de Nicea del 325. El Obispo Serapión de Thmuis en el 331 afirma que la cuaresma es una práctica general en Oriente y Occidente, y en el 384 aparece atestiguada en Roma. En un principio comenzaba el I Domingo, incluyendo los domingos, hasta el Jueves Santo. En el siglo VII se data el inicio el Miércoles de Ceniza, pues al no incluirse los domingos como días de ayuno, completar así, sumando cuatro, los cuarenta, aceptado oficialmente por el Papa Gregorio II (+750); queda así éste como caput jejunii -cabeza del ayuno- éste y como caput quadragesimae -cabeza de la cuaresma- el I Domingo.

Carácter de la Cuaresma

La Cuaresma es antesala de la Pascua. Esta preparación pascual lleva en primer lugar, en los que ya han recibido el bautismo, aparejada la renovación de éste y sus promesas. En la primitiva Iglesia, cuando existía catecumenado de adultos, éstos recibían el sacramento en la Vigilia Pascual, por lo que sus escrutinios o examen general, tres, se celebraban en las liturgias occidentales los Domingos III, IV y V de Cuaresma, certificado para Roma en el siglo VI. Así se sigue señalando en el actual Misal Romano en rúbrica especial para estos días. Tienen el fin de "descubrir en los corazones de los elegidos lo que es débil, morboso o perverso para sanarlo, y lo que es bueno, positivo y santo para asegurarlo. Porque los escrutinios se ordenan a la liberación del pecado y del diablo y al fortalecimiento en Cristo".

A esto se une la práctica de la penitencia como instrumento de conversión y purificación, por lo que el tiempo de Cuaresma tiene un marcado carácter penitencial. La pedagogía litúrgica cuaresmal nos orienta decididamente sobre el mismo: imposición de ceniza -símbolo de nuestra nada ante Dios- a su comienzo, elección del morado -color penitencial por excelencia-, supresión delaleluya -exclamación gozosa por antonomasia- y del Gloria los domingos -canto jubiloso de alabanza-, austeridad en el ornato -prohibición de flores sobre el altar- y música -eliminación de instrumentos a no ser como acompañamiento del canto-.

Una costumbre desaparecida en Occidente y que simbolizaba esta necesidad de purificación por medio de la penitencia para contemplar con corazón puro los sagrados misterios era la de correr durante la cuaresma un velo inmenso, generalmente morado, que ocultaba el altar. El mismo origen tiene la tradición de cubrir las cruces y las imágenes a partir del Domingo V de Cuaresma, aquéllas hasta después de la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo y éstas hasta el comienzo de la Vigilia Pascual, adquiriendo con el tiempo idéntico significado de expresar la humillación del Redentor.

La penitencia se nos presenta con una triple dimensión señalada por la Tradición: la oración, el ayuno y la limosna. La oración, que encierra todos los ejercicios de piedad individuales y colectivos con que el fiel se dirige a Dios supone una interiorización del perdón divino y un fortalecimiento de la gracia, sirviendo por tanto de alimento de la llama de la esperanza y de escudo contra las debilidades e imperfecciones. Se invita a profundizar en los textos bíblicos litúrgicos, sobre todo los evangélicos y a una participación más frecuente e intensa en la liturgia, sobre todo se recomienda el acercamiento al Sacramento de la Reconciliación para participar purificados en la Pascua: ya el Miércoles de Ceniza se hace al Pueblo de Dios un pregón solemne: "Convertíos y creed en el Evangelio". Todo esto se practica en los cultos de nuestras cofradías penitenciales.

El ayuno, en cuanto privación voluntaria, es signo de valoración de lo verdaderamente importante y fortalecimiento de la voluntad.  Son días obligatorios durante la Cuaresma: de ayuno el Miércoles de Ceniza y de abstinencia todos los viernes. El ayuno, solidaridad con el que no tiene y signo de desprendimiento, "obliga a hacer una sola comida durante el día, pero no prohíbe tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche, ateniéndose, en lo que respecta a la calidad y cantidad, a las costumbres locales aprobadas". La abstinencia, práctica simbólica y solidaria, "prohibe el uso de carnes, pero no de huevos, lacticinios y cualquier condimento a base de grasa de animales". Hay que apuntar que "a la ley de la abstinencia están obligados cuantos han cumplido los catorce años; a la ley del ayuno, en cambio, están obligados todos los fieles desde los veintiún años cumplidos hasta que cumplan los cincuenta y nueve".

La limosna, hermana de la oración y del ayuno, que engloba todas las obras de misericordia, testimonia que el mundo es una gran familia que tiene como único Padre a Dios, al tiempo que ayuda a restablecer el orden de justicia divina lesionada por el pecado. Es la puesta en práctica de la caridad, reina de las virtudes. Según las especiales condiciones sociales de la comunidad deberá primarse la más necesaria sobre las demás.

La Iglesia invita a vivir la penitencia cuadragesimal no sólo de un modo interno e individual, sino también externo y social, por el carácter comunitario de ésta y por la dimensión colectiva del pecado, como signo de la conversión del corazón. En esta misión tienen parte importante nuestras cofradías: "precisamente en este tiempo, en el que muchísimos hombres experimentan un vacío interno y una crisis espiritual, la Iglesia debe conservar y promover con fuerza el sentido de la penitencia, de la oración, de la adoración, del sacrificio, de la oblación de sí mismo, de la caridad y de la justicia. La piedad popular, que posee muchos de estos valores, puede contribuir decisivamente a llenar este vacío y a promover la vida en el Espíritu".

Se recomienda el fomento de ejercicios piadosos de carácter cuaresmal, entre los que podemos incluir nuestros numerosos novenas, quinarios, septenarios, triduos, así como los múltiples viacrucis, práctica expresamente citada. Pero de los ritos peculiares de la Cuaresma nos interesa hacer mención del culto estacional de la corte pontificia. Los miércoles y viernes primero, y los martes y jueves a partir del Papa San Gregorio II (715-31), hacia las tres de la tarde, hora de Nona, se reunía la asamblea cristiana en una iglesia designada como lugar de cita: en ella se recitaba una oración colecta, y, entre cantos penitenciales y letanías, precedidos de la cruz procesional se dirigían procesionalmente fieles, clero y sumo pontífice a la iglesia estacional, donde se celebraba la Eucaristía.

Estas ceremonias recibieron el nombre, desde el siglo II, de estación, vocablo latino que significa etimológicamente "punto de guardia", porque en estas jornadas, de semiayuno, el cristiano montaba espiritualmente guardia. Simbolizan el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. Debemos situar aquí el antecedente de nuestros desfiles procesionales de Semana Santa, que se configuran también como estaciones penitenciales. La Iglesia posconciliar reconoce la importancia de este tipo de ceremonias y dispone: "se recomienda que se mantengan y renueven las asambleas de la Iglesia local según el modelo de las antiguas "estaciones" romanas"; entre nosotros, los víacrucis públicos y la peregrinación a los besamanos y besapiés constan de unos caracteres similares.

Desde el origen de nuestras cofradías de penitencia, se establecía en sus Reglas la estación en uno o varios templos; ya la Cofradía del Dulcísimo Nazareno y la Virgen con San Juan fundada en la Parroquial Omnium Sanctorum en 1340 y aprobada por el Arzobispo Nuño de Fuentes en 1356, fijaba su estación penitencial al Real Hospital de San Lázaro desde su sede en la Ermita de San Antón Campo de las Cruces (extramuros de la Macarena). En 1604 se opera una unificación decisiva: en nuestra ciudad se establece a la Santa Iglesia Catedral, como cabeza de todas las iglesias de la urbe, y la Real Parroquia de Santa Ana como su vicaria a la otra orilla del río, como la iglesia estacional común.

 

 

 

Los Domingos de Cuaresma

Incluye seis domingos: I, II, III, IV y V de Cuaresma, y el Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, del que por eso no vamos a hablar. Por su importancia litúrgica "tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y sobre todas las solemnidades". Igualmente, "el miércoles de Ceniza y las ferias de Semana Santa, desde el lunes hasta el jueves, inclusive, tienen preferencia sobre cualquier otra celebración", así como "todas las ferias de Cuaresma tienen preferencia sobre las memorias obligatorias". Todas las ferias de Cuaresma tienen misa propia, lo que indica el esmero con que la Iglesia ha tratado este tiempo litúrgico.

El Domingo I de Cuaresma, llamado también en los antiguos calendarios Invocabit por su introito y Domingo de las Tentaciones por su evangelio, en la Edad Media recibía el título de Domingo de los Hachones, por los que los fieles portaban este día en la liturgia como símbolo público de arrepentimiento de los excesos carnavalescos. Los griegos lo denominan Domingo de los Santos Ayunos, para indicar la nota fundamental de este tiempo litúrgico, y también Fiesta de la Ortodoxia, en conmemoración del restablecimiento de las santas imágenes tras las luchas iconoclastas del siglo IX. Es considerado caput quadragesimae -cabeza de la cuaresma- por ser "el comienzo del venerable sacramento de la observacia cuaresmal", pues aunque antes viene prologado por el Miércoles de Ceniza y las tres ferias siguientes éstos son añadido posterior para completar, como dijimos antes, la cuarentena de ayuno, y, además, el cutado miércoles, considerado caput jejunii -cabeza del ayuno-, no es de precepto.

A esta jornada le corresponde en Roma estación en la Basílica Patriarcal de San Juan de Letrán,Madre y Cabeza de todas las iglesias del mundo, desde la época del Papa San Sixto III (432-40), índice de la importancia que se le concede en la liturgia. A esto se añade que este templo es el santuario del Santísimo Salvador -que se inmola en la Pascua- y de los santos juanes: el Bautista -profeta de la soledad y el ascetismo- y el Evangelista -el evangelista de la Pasión de Cristo-. En él eran también reconciliados los pecadores públicos el Jueves Santo, y bautizados, en su Baptisterio, los catecúmenos la noche de Pascua.

El II Domingo de Cuaresma es denominado Reminiscere por su introito y Domingo de la Transfiguración por su evangelio. Originariamente fue domingo vacante, libre de estación, pues seguía a las IV témporas, que habían dejado extenuado a los fieles. Después del siglo IX se le asigna estación en Roma: Santa Maria in Domnica, antigua diaconía habitada por San Ciriaco donde San Lorenzo distribuía las limosnas de la Iglesia, en el Monte Celio, en cuya subida imitamos a Cristo ascendiendo a Jerusalén.

Al Domingo III de Cuaresma se le llama Oculi por su introito. En la primitiva Iglesia se denominaba Domnigo de los Escrutinios, por ser ésta la primera de las siete sesiones en la que en Roma se procedía al examen de los catecúmenos a bautizar la noche pascual. La estación era en la jubilar Basílica de San Lorenzo Extramuros, en la que se venera el recuerdo del más célebre mártir de Roma, con lo que se recordaba a los neocristianos los sacrificios que exige la fe cristiana. En la Iglesia griega se procede a la adoración de la Cruz al empezar la semana mesomestime, es decir,centro de los ayunos.

El Domingo IV de Cuaresma, denominado acertadamente Laetare -"alegraos"- por el introito,supone, por coincidir en mitad de la Cuaresma, un alto gozoso en el camino ante el horizonte glorioso que espera, por lo que se puede usar de la música instrumental, del exorno floral del altar y de ornamentos de color rosado, que es como un morado aliviado por la alegría.

El título de Domingo de la Rosa de Oro le viene del rito característico papal de origen medieval -hacia el siglo X- de este día de bendecir una rosa áurea como símbolo de realización absoluta y anuncio poético de la Pascua florida, que el Romano Pontífice obsequia a algún destacado personaje o institución del orbe católico. Cuando éste residía en el Patriarchio de Letrán, se desarrollaba allí la ceremonia, tras la cual la llevaba procesionalmente a la iglesia estacional, la Basílica de Santa Cruz en Jerusalén. El rito consiste en bendecirla, ungirla con el santo crisma y espolvorearla con sustancias aromáticas. Algunos creen que procede esta ceremonia singular de una costumbre de los fieles romanos de ofrecer rosas a la cruz como signo de veneración en primavera. 

El Domingo V de Cuaresma,  denominado Júdica por su introito, también se conoce como Domingo de Pasión, porque desde este día la Iglesia empieza a ocuparse especialmente del sacrificio del Redentor como último tramo de la preparación pascual; inauguraba lo que en la liturgia romana preconciliar se denominaba Tiempo de Pasión. El título de Domingo de la Neomenía le viene de caer siempre después de la luna nueva que sirve para fijar la fiesta de la Pascua. Para los griegos es el Domingo V de los Santos Ayunos. La iglesia estacional es San Pedro del Vaticano, el más significativo santuario romano para celebración de tanta importancia.

 

Fuente: http://liturgia.mforos.com

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