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miércoles, 22 de febrero de 2012

Todas las cenizas, la ceniza

Por Diego de Jesús (2004)

Una reflexión, al inicio de la Cuaresma, sobre las fortalezas de la Iglesia, sobre la fe y sobre el significado profundo del catolicismo en esta fecha.

La mano izquierda aferra la derecha, cuyo temblor es ingobernable. Cada tanto se seca la boca con un pañuelo. En vano intenta pararse. Su rostro muestra cansancio, fatiga, y el rigor propio del Parkinson. Las casi nueve décadas de vida intensa le surcan el rostro. El anciano indefenso con sus ojos brillosos mira fijo al hombre erguido que avanza a paso firme hasta él y que, con voz más firme aún, de pie, le expresa con potencia, sin remilgues ni atenuantes: “¡Conviértete y cree en el Evangelio!” El anciano baja levemente la cabeza y el hombre de la voz potente unta su pulgar en un cuenco lleno de ceniza y le traza la señal de la cruz sobre la frente, recordándole que del polvo vino y que al polvo volverá. El viejito, con voz temblorosa, murmura un convencido “amén”.
Podría tratarse de un malhechor llevado a la plaza pública para ser ajusticiado. Podría ser una prostituta de la antigüedad, un hereje medieval o un dictador posmoderno. Pero no. Es el jefe de una religión que ha hecho de la conciencia del propio pecado y de la necesidad del perdón de Dios, un culto. Es Juan Pablo II, presidiendo el Miércoles de Ceniza, abriendo la Cuaresma, ese tiempo de cambios, tiempo de revisiones y balances, tiempo intenso que se toman los cristianos cada año para reconocer la propia culpa y mendigar el perdón.
Toda la Gloria de Bernini se torna hojarasca ante esta escena. Sólo luce en este día el esplendor de la ceniza. El oro gris de la traición confesada. Las plateadas cenizas de la verdad; las doradas cenizas de la humildad. Las ramas de olivo con que se vitoreó ¡Hosanna! al Rey de la Gloria, ahora no son más que polvo. Y el líder de este culto agacha su anciana cabeza y en su delgado “amén” reverberan todas las traiciones con que la Iglesia de todos los tiempos faltó al Evangelio.
En medio de un mundo que ha hecho de la seguridad y la autoafirmación el vano intento por arañar felicidad, he aquí una religión literalmente parada sobre el cimiento de un Pedro inseguro y cobarde, un Pedro que niega a su Señor y llora su traición. Y Jesús, que sabe cómo permanece o se corroe la cosa humana, sabe que la religión que ha fundado tiene garantida su perdurabilidad: Pedro, tu no eres más que polvo, pero polvo pasado por las lágrimas; por eso eres roca. Sobre tus lágrimas, sobre tu llorada traición edificaré mi Iglesia, y ningún poder de este mundo podrá contra la fuerza de esta invencible debilidad.
“Al príncipe le asombró cómo aquel sacristán, que recogiendo limosnas entre los fieles había rozado sin darse cuenta a Katiusha, no comprendiera que todo cuanto había en esa iglesia y en el mundo entero existía sólo para ella y que se podía despreciar cualquier cosa menos a ella, porque ella era el centro de todo. Era para ella que brillaba el oro del iconostasio y ardían los cirios de los candelabros, para ella eran las jubilosas melodías: “¡Es la Pascua del Señor, alégrense todos los hombres!” Ya no es Roma, sino una aldea rusa del siglo XIX. Es la mañana de Pascua. Afuera nieva a rabiar. Adentro, todo es júbilo y fiesta por la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Katiusha es prostituta y sus ojos negros parecen recoger como en un cuenco toda la luz de esa liturgia.
Katiusha es la protagonista de Resurrección, la magnífica novela del gran Tolstoi. Katiusha es, como pocas imágenes de este mundo podrían igualar, figura exquisita de la Iglesia, figura exquisita del cristiano.
Ni Lutero hablando de la Roma babilónica ni los medios actuales hablando de los errores históricos o actuales de la Iglesia han descubierto la pólvora. Mucho antes que unos y otros, fue ella misma, a poco de ser fundada, la que se aseguró su título nobiliario más caro: yo soy la “Casta Meretrix”, “la Prostituta arrepentida”, “la Ramera purificada”. Y vestida de ceniza, lleva dos mil años surcando con lágrimas de arrepentimiento un río que atraviesa la historia del Hombre, cuyas aguas cantan la canción más bella: felices los miserables que saben pedir perdón, pues de ellos es la Misericordia y la Compasión. El “título” en latín es muy preciso: no es la que antes fuera prostituta y ahora, la toda pura. No. Ella es, en superpuesto misterio, la purísima ramera, la santa pecadora, la castísima mujer que a todos se regala.
No hay cristianismo fuera de esta ramera. No hay cristianismo fuera de estas doradas cenizas. Rajab, prostituta del Antiguo Testamento, es su mejor sombra y figura: sólo los que permanecieran en su casa serían salvados. Rajab significa “Amplitud” (el adjetivo “católico” significa parecido). Y es de esta meretriz que desciende Cristo. Vaya religión cuyo Dios hecho carne desciende de prostitutas (además de Rajab: Tamar y Betsabé), como se encargan de anotar los evangelistas y cuya vida misma se teje entre ellas: Magdalena con sus siete demonios, la Pecadora que le seca los pies con sus impuros cabellos, la Samaritana con sus seis maridos, la Adúltera a punto de ser apedreada, y entre medio, un Jesús cuya delicia es comer con borrachos, corruptos y pecadores, y que, desde esa mesa, anuncia o denuncia al mundo de los “puros” que las prostitutas entrarán antes que ellos a un Reino celestial previsto no para exitosos y triunfadores sino para las cenizas del pecado doradas por las lágrimas.
¿Sabe por qué no voy a Misa, padre? Porque me revienta la falsedad: conozco a muchos de ellos y no son lo que se dice ‘trigo limpio’. ¿Por qué tomas a mal que un hospital esté lleno de enfermos? ¿Y si la Iglesia no fuera para los buenos sino para los malos? ¿Y si se tratara de un Refugio para pecadores y marginales? ¿Y si la Comunión no fuera premio al buen comportamiento sino remedio al mal comportamiento? ¿Y si se aceptara en el concierto de las religiones que hubiera una en que su Fundador no hubiera venido para los justos sino para los que no acertamos en hacer bien las cosas?
“...apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que me sonreía sin sorpresa, convencida como yo que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas...” Así empieza -si en verdad empieza en algún lado- el legendario Rayuela de Cortázar. También ella es prostituta, bien prostituta. También ella es portadora de una magia que salva, de una sabia brutalidad, de un armónico desorden, de límpida impureza, mezcla única de madre, amante, confidente y esposa.
Vaya curiosidad para historiadores de la religión: este credo ha sobrevivido a sus detractores más agudos y a sus enemigos más astutos, pues ninguno de ellos se percató de que las armas que empleaban para atacar, lejos de ser palos en la rueda eran brazos de palanca para una fe que se alimenta y vive de su debilidad, de su conciencia de errar, de tropezar, de equivocar.
Vaya torpeza la de aquellos que incluso hoy intentan apagar el fuego de la Iglesia vociferando sus desaciertos, sus errores y pecados, sin darse cuenta de que esa palada de ceniza no apaga, sino que enardece la dos veces milenaria convicción de que nuestra debilidad es nuestra fortaleza y que donde abunda nuestro pecado sobreabunda la gracia de un Dios, cuya “debilidad” es inclinarse con ternura sobre el corazón del miserable. Si el mundo cree que donde hubo fuego quedan cenizas, nosotros sabemos que donde hay cenizas, brota el fuego, pues estas cenizas son inflamables, como llameante es el agua de las arrepentidas lágrimas...
El mismo Cortázar tiene un bello cuento llamado “Todos los fuegos, el fuego”. Narra en superpuesto relato dos historias de la bajeza humana que terminan en llamas. Lo mismo da un anfiteatro del imperio romano, que un departamento actual de París. La ira, el rencor, la traición, son siempre iguales, y terminan siempre en la autodestrucción. Y ciertamente, en el fragmento está el todo. En cada llama, arde todo el infierno. Pero no menos, en cada ceniza, en cada frente ungida de polvo y lágrimas, luce la nostalgia de todos los hombres, el hombre, por empezar de nuevo, por salir del pozo, por volver a la luz. Ecce Homo: he ahí, hombre, tu mayor dignidad: saber golpearte el pecho; saber decir “perdón”; saber volver a empezar.
Y tú, pobrísima Iglesia, no temas a los que hablan mal de ti (o mejor: a los que hablan de tu maldad): te hacen un gran bien. Pues la verdad te hace libre, y la ceniza, hermosa. Y si hay calumnia, vaya a cuenta del pecado oculto que nadie te enrostra. Vístete con la belleza del arrepentimiento y el mundo te creerá. Sólo tus lágrimas te hacen creíble. Como sólo quien se refugia en casa de la Prostituta, se hace salvable (Josué 2,19). Qué bello es, Madre mía, a la hora de la aurora, cruzar una vez más la calle, y a la tenue luz de ceniza de olivo, encontrarte inclinada sobre el río y nunca, nunca Madre, notar sorpresa en tu sonriente rostro, de que yo, viniendo de tan lejos te tome de la cintura y me esconda en tu regazo, casi como si nos hubiéramos dado cita en aquel puente.
Y el anciano revestido de ceniza, levanta como puede sus débiles brazos y grita en nombre de todos los hombres aquella antiquísima súplica de la Iglesia primitiva: ¡Concédeme las lágrimas y el gozo de volver! Y cada lágrima es todo el río, como cada fragmento de pecado agota su misterio; como cada hostia es todo Cristo y todas las cenizas, la ceniza.

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