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lunes, 6 de febrero de 2012

Septuagésima, tiempo de conversión

 

Dgo de Septuagésima - un denario 01 (02)

 

“Señor, me acerco a Ti con vivos deseos de aprender la fidelidad a tus llamadas”
El tiempo de Septuagésima es algo así como el vestíbulo de la cuaresma, el tiempo clásico de la reforma espiritual; por eso la liturgia de este domingo* nos presenta lo que ha de ser nuestro programa si queremos disponernos a una seria y renovada conversión, que nos dé la posibilidad de resucitar después con Cristo en la próxima Pascua.
La colecta de la misa, recordándonos que somos pecadores, nos sugiere pensamientos de profunda humildad: “Ya que justamente somos castigados por nuestros pecados, seamos libertados de ellos por tu misericordia”. Siempre el primer paso hacia la conversión será el reconocer humildemente que la necesitamos. El tibio debe convertirse en fervoroso, el fervoroso en perfecto y éste debe llegar al heroísmo de las virtudes. ¿Quién puede decir que ya no tiene que hacer ningún progreso en la virtud y en la santidad? Cada paso adelante equivale a una nueva conversión a Dios, conversio ad Deum.
San Pablo en su epístola nos estimula a este continuo trabajo espiritual (I Cor. 9,24-27; 10,1-5): para llegar a la santidad y a la gloria del cielo no hay que cansarse nunca de correr y de combatir, como los jugadores que luchan y se fatigan en la liza “para conquistar una corona perecedera, mientras la nuestra será inmarcesible. Yo, por mi parte –dice el Apóstol- corro no como al azar, y lucho no como el que azota el aire; sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre”. He aquí el primer punto del programa: lucha generosa para vencernos a nosotros mismos, para vencer el mal y conquistar el bien; abnegación del propio yo mediante la humildad, abnegación del propio cuerpo mediante la mortificación física. El premio será únicamente para quien se esfuerce y luche: corramos, pues, también nosotros para que podamos arrebatar el premio.
Bendice, oh Señor, este nuevo período litúrgico, y haz que, penetrando su espíritu, me prepare con tu ayuda a una seria reforma de mi vida espiritual. Concédeme humildad sincera para reconocer mis miserias y para mirarme tal cual soy delante de ti, sin dejarme engañar por la falsa luz que procede de mi amor propio y que pretende hacerme pasar por mejor de lo que soy. No me desanimaré cuando, puesto en tu presencia, considere mi miseria: “En medio de mis tribulaciones te invoco, oh Dios mío, Y Tú escuchas mi voz desde tu templo santo... Tú eres mi fortaleza, oh Señor, mi apoyo, mi refugio y mi libertador. Tú eres nuestro amparo en las necesidades y tribulaciones; esperen en Ti cuantos te conocen, porque no abandonas a los que te buscan. Desde lo profundo clamo a Ti, Señor; Señor, escucha mi voz. Si consideras, Señor las iniquidades todas, ¿qué quedará en pie? Mas en Ti se halla la clemencia; por tu ley he confiado en Ti, Señor” (Cfr. Misa del Domingo de Septuagésima*)
*Misa del Domingo de Septuagésima: según la Forma Extraordinaria del Rito Romano (Misa Tridentina). Coincide con el antepenúltimo domingo antes del Miércoles de Ceniza.

 

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena, O.C.D., Intimidad Divina

Visto en: http://arcadei.org/blog/

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