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viernes, 24 de febrero de 2012

+ En la Santa Misa, renueva Jesucristo su Oración +



San Juan, el discípulo tan amado, dice: "Tenemos por abogado cerca del Padre a Jesucristo, el Justo por excelencia, y Él es la víctima de propiciación por nuestros pecados. ¿No es una promesa consoladora para nuestra salud que el mismo Hijo de Dios, el Juez de vivos y muertos, sea nuestro abogado?
Mas, ¿dónde y cuándo desempeña Nuestro Señor este oficio? La Iglesia nos enseña que, no sólo en el cielo, sino también en la tierra. "Cada vez que el santo Sacrificio es ofrecido, dice el sabio Suárez, Nuestro Señor ora por aquél que lo ofrece, y por cuya intención es ofrecido." Ora por el sacerdote, por los que asisten, y por aquellos por quienes el sacerdote y los asistentes ruegan. He aquí como describe San Lorenzo Justiniano esta oración: "Cuando Cristo es inmolado en el altar, implora la misericordia a su Padre, y le muestra sus llagas sagradas, para preservar a los hombres de la condenación eterna."
Este celo del Sagrado Corazón por nuestra salud, es revelado por San lucas: "Habiéndose ido Jesús a la montaña para orar, pasó allí toda la noche."
En otra parte dice: " De día ensañaba en el templo, y de noche se retiraba a la montaña llamada de los Olivos." También dice: "Se fue, según acostumbrada, a la montaña de los Olivos, para orar allí."
Con estos testimonios tenéis una prueba evidente de que el Salvador tenía la costumbre de ir a esa montaña para pasar la noche en oración. Ahora bien; ¿por quién oraba? San Ambrosio nos contesta: "Nuestro Señor no oraba por Él, sino por nosostros." Así. pues, fue por vosotros, por mí y por todos los hombres, por quienes pasó esas vigilias. Preveía la pérdida de muchas almas, a pesar de la muerte cruel que estaba resuelto a sufrir, y ese espectáculo arrancaba lágrimas a sus ojos y suspiros as su corazón misericordioso. Estas ardientes súplicas repite el Salvador en cada Misa, como en resumen. Al mismo tiempo, muestra a su Padre las lágrimas que ha derramado, enumera los suspiros que han salido de su corazón y las noches que así ha pasado. Todo esto lo ofrece por la salud del mundo entero, pero más particularmente por aquellos que asisten a la Santa Misa. ¡Cuánta no será la eficacia de semejante intercesión en los labios del Santo de los Santos! ¡Cuánto no deben esperar las almas, en favor de las cuales sube hasta Dios!
Lo que aumenta el poder de la oración de Jesús, es que su virtud está unida a la del sacrificio.
En las Revelaciones de Santa Gertrudis se lee que, a la elevación de la Hostia, la santa vio a Nuestro Señor elevar con sus propias manos su corazón sagrado bajo la forma de un cáliz de oro que ofrecía a Dios. Ella lo vió también inmolarse a sí mismo por la Iglesia, de una manera que excede a todo entendimiento. Queriendo confirmar esta revelación, Nuestro Señor dijo a Santa Mechtilde, la hermana de Santa Gertrudis: " Sólo yo sé y comprendo perfectamente, cómoi me sacrifico en el altar por la salud de los fieles, lo cual ni los querubines, ni los serafines, ni ninguna potencia celestial puede concebir por completo."
Fijáos, además, en que Nuestro Señor no se ofrece en el altar con la majestad que tiene en el cielo, sino con una humildad incomparable. Está presente, no sólo en la Hostia entera, sino en la más pequeña partícula; y así encubierto, aparece tan poco digno de atención y respeto, que es el caso de aplicarle las palabras de David: "No soy un hombre, sno un gusano de tierra, un objeto de burla para los hombres." Para eterna vergüenza de los cristianos, esta profecía se cumple a la letra con demasiada frecuencia: Jesús es despreciado, le negamos los honores debidos a su Divinidad, y es una rareza cuando se le reconoce y se le adora en el Sacramento de su amor.
Del abismo de su humildad, su voz se eleva tan poderosa al cielo, que atraviesa las nubes y el espacio, y llega al trono de la misericordia.
Cuando Jonás anunció al rey de Nínive que su ciudad sería destruída después de cuarenta días, el monarca se quitó las vestiduras reales, puso ceniza en su cabeza, se cubrió con un saco, y ordenó a todo el pueblo que implorara la misericordia divina. Con su humildad y penitencia consiguió la revocación de la terrible sentencia, y la ciudad fue perdonada. Si ese rey pagano obtuvo así el perdón de una ciudad entera, ¿ cuánto más no conseguiría Jesucristo, que tanto se humilla en la Santa Misa, donde abandonando su trono de gloria se reviste con las pobres aparaiencias del pan y del vino, e implora la misericordia de Dios? "Padre mío, considerad cuánto me he humillado para obtener vuestra compasión. Los pecadores se han levantado contra vos llenos de orgullo, yo me humillo en presencia vuestra; ellos os han irritado con sus ofensas, yo quiero desarmaros a fuerza de humildad.
Ellos han merecido vuestro justo castigo, que mis ruegos os aplaquen. Por amor hacia mí, apiadáos de ellos y no los castiguéis según merecen sus iniquidades. No los entreguéis en manos de Satanás, pues me pertenecen, y habiéndolos rescatado al precio de mi sangre, no permitáis que perezcan. ¡ Oh Padre santísimo! imploro sobre todo vuestra misericordia en favor de los pecadores aquí presentes. Por ellos ofrezco en este momento mis sufrimientos y mi vida. En virtud de esta sangre y de esta muerte, preservadlos de la muerte eterna."
¡Oh Salvador Jesús! ¿De qué mejor manera podemos corresponder al amor que tenéis a nuestras almas, que asistiendo a la Santa Misa con verdadera devoción? Cuando Nuestro Señor fue suspendido en la cruz, recomendó a su Padre los fieles que estaban al pie del sagrado madero, y les aplicó muy especialmente los frutos de su Pasión. En la Misa, ora también por los que a ella asisten, sobre todo, por aquellos que imploran su mediación. Ruega por ellos con tanto ardor, como rogó por sus enemigos en el momento de su muerte. ¡Cuán poderosa oración! y ¡cuánto alienta nuestra esperanza para la vida bienaventurada, puesto que vemos al mismo Hijo de Dios tomar en sus manos los intereses de nuestra salvación!
Si la Santísima Virgen se os apareciera y os dijese: "Hijo mío, no temas nada: no cesaré de rogar por ti a mi Hijo, hasta que me haya asegurado tu felicidad eterna;" enajenado de alegría, exclamaríais desde lo más profundo de vuestro corazón: Ahora estoy consolado, mi salvación es segura. Ciertamente que tendríais razón de fiaros en la promesa, con María; pero ¿ por qué no tendríais aún mayor confianza en la poderosa intercesión del Hijo de Dios, quien, no sólo os promete su socorro, sino que ora por vosotros en cada Misa que oís, y por decirlo así, apacigua la justicia de Dios, apartando de vosotros el castigo que merecéis por vuestros pecados? A la voz de su oración van unidas sus lágrimas, sus llagas, su sangre y sus suspiros, que son otras tantas fuentes inagotables de donde brotan ríos de gracias y bendiciones.
Os quejáis a menudo de vuestra falta de fervor en vuestras oraciones. Escuchad cuán afectuosamente os invita: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré." Es decir; venid a mí todos los que no podéis orar devotamente, y yo oraré por vosotros. ¿Por qué no satisfacéis los deseos del Salvador? ¿ Por qué no asistís con más empeño a la Santa Misa?
En vuestras penas os dirigís a vuestros amigos, les comunicáis vuestros sufrimientos, les pedís una oración, y tenéis confianza en su intercesión, a pesar de no poderse comparar con la mediación omnipotente de Jesucristo. Os encontráis en una extrema desolación, y en un peligro inminente de condenaros eternamente. "Señor, preguntáis al Maestro, ¿ quién podrá salvarme?" Jesús os responde: "Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios."
Puesto que sabéis por la misma boca del Salvador que tiene los medios de aseguraros la felicidad eterna, rogadle diariamente que os la conceda. Pero, me diréis, una pobre criatura como yo, es indigana de las oraciones de Jesús. Alejad de vosotros esta triste idea; estad ciertos, al contrario, que os dirigís a Él, Él intercederá por vosotros. Diré aún más: es su deber, como lo afirma San Pablo con estas palabras "Todo pontífice está establecido para las alamas, en las cosas que se relacionan con Dios, con el objeto de ofrecer dones y sacrificios por los pecados del pueblo." Jesucristo es Pontífice, ejerce su sacerdocio en la Santa Misa; es, pues, su misión orar por el pueblo y ofrecer el sacrificio por él. No sólo lo ofrece por todos en general, sino también por cada uno en particular; y de la misma manera que sufrió por todos y cada uno, se interesa por todos los miembros de la Iglesia, así como por toda la Iglesia universal.
Ahora comprenderéis el poder y la eficacia de la oración de Jesús en el santo altar. Unid vuestras súplicas a las suyas, y así adquirirán una fuerza inmensa. "Las oraciones que van unidas al santo Sacrificio, dice un piadoso autor, dejan muy atrás a todas las otras, aun aquellas que duran muchas horas, aun las extáticas, a causa de los méritos de la Pasión de Jesucristo, que en la celebración de este augusto Sacrificio se comunican por una admirable efusión de gracias." Fonerus, que es el que así habla, confirma su opinión con la siguiente comparación: Así como la cabeza excede en dignidad a las demás partes del cuerpo, así la oración del Salvador, que es nuestra cabeza, tiene un valor que la pone infinitamente por encima de las oraciones de todos los cristianos, que no son más que los miembros de su cuerpo místico.
Así como una moneda de cobre adquiere valor al caer en el oro que está en fusión, así la oración de un hombre, unida a la de Jesucristo, adquiere carácter de alta nobleza. O por mejor decir, una oración mediana hecha en la Misa, vale más que una oración fervorosa hecha en otro lugar. aquellos que pudiendo asistir a la Misa, prefieren hacer otros ejercicios de piedad, se perjudican mucho, porque alejándose del sacrificio y de la oración del Salvador, se privan de una infinidad de gracias y méritos.
Tomado del libro: "Explicación de la Santa Misa", por el R.P. Martín de Cochem, capuchino. Traducido por María de Jesús Haghenbeck de Rincón Gallardo

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