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viernes, 10 de febrero de 2012

El fundamento del edificio espiritual: la humildad

 

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La humildad es la raíz y el fundamento de todas las virtudes, como la soberbia es la raíz de todos los pecados. San Bernardo la define: “una virtud o hábito adquirido, por el cual el hombre se desprecia a sí mismo y desea ser despreciado por los otros”. En otros términos, es una disposición habitual del alma, por la cual el hombre, no viendo en sí como cosa propia sino el pecado y la inclinación al pecado, se desprecia a sí mismo, para no ver y no estimar más que a Dios, fuente de todos los bienes; contento y aún deseoso, de ser despreciado y olvidado de los hombres para que solo Dios sea alabado.
Para saber si tenemos humildad hemos de aplicar la regla de N. S. Jesucristo: “Se conoce el árbol por sus frutos” (Mt 12, 33). Por esto debemos examinar nuestros pensamientos, palabras y obras.
Pensamientos: si piensas menos en lo que Dios piensa de ti que en lo que piensan los hombres; si te preocupa más el deseo de agradar a los hombres que el temor de desagradar a Dios; si aspiras a puestos elevados sólo para adquirir renombre, no eres humilde.
Palabras: si crees que eres humilde porque algunas veces hablas mal de ti y dices ser inútil para diferentes cosas, pero al mismo tiempo murmuras y te quejas de los que hablan mal de ti, o de tus obras o proyectos o cuando eres humillado, no eres humilde.
Obras: si, aunque sean buenas y estén bien hechas según los hombres, buscas en ellas tu propia gloria, no eres humilde.
Muchas personas se imaginan que la humildad es una cosa violenta y que no tiene fundamento en la razón, pero, en realidad, procede de las más puras nociones de la verdad y justicia; sin el desorden introducido en nuestra inteligencia por el pecado original, todos nosotros seríamos naturalmente humildes.
Otros creen que por humildad no debemos ocultar nuestros defectos, ni mirar por mantener nuestra honra y derechos, ni preocuparnos la estima y respeto de nuestros subordinados, ni la reputación de saber y habilidad en el manejo de los negocios; todo esto es un error. Nada de ello es contrario a la humildad cuando los intereses de la gloria de Dios o el bien de las almas lo piden.
Otros, en fin, se persuaden de que la palabra humildad es sinónimo de pusilanimidad; que el hombre humilde no es apto para concebir y emprender grandes cosas ni acciones extraordinarias, pero esto no es verdad. Cuando el soberbio retrocede ante las dificultades o el temor de un mal resultado o de alguna crítica, el humilde, sin detenerse en todos esos cálculos y esas aprensiones, va resueltamente adelante desde que conoce que la empresa es según la voluntad de Dios.
No te ocupes, pues, en recordar las buenas acciones de tu vida pasada, no te detengas en los pensamientos de vana complacencia; oponles el recuerdo de tus pecados. Rechaza las tentaciones de soberbia con actos interiores de humildad. Sin motivos graves no hables de ti mismo, ni bien ni mal. No te excuses cuando se te reprenda. No trates de dominar en la conversación ni trates de imponer tu opinión. En tu porte exterior y en el andar, evita todo lo que parezca afectación, jactancia, singularidad, pretensiones.
Para finalizar recordemos que la humildad se adquiere por las humillaciones o por los actos de humildad.
Pidamos la ayuda de María Santísima que alabó a Dios por las cosas grandes que había obrado en ella, mirando la humildad de su sierva.

Fuente: Bruno Vercruysse, S.J., Manual de sólida piedad, tomo I, Ed. Difusión, Buenos Aires, 1945.

 

Fuente: http://arcadei.org/blog/

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