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martes, 7 de febrero de 2012

Conformar plenamente nuestro querer al de Dios

 

“Purifica, Señor, mi alma para que pueda ser invadida totalmente por tu luz y tu amor”

 

templo


San Juan de la Cruz compara el alma a una vidriera embestida por el sol; “si la vidriera tiene algunos velos de manchas o nieblas, no la podrá esclarecer y transformar en su luz totalmente...; antes tanto menos la esclarecerá, cuanto ella estuviere menos desnuda de aquellos velos y manchas... Mas si ella estuviera limpia y pura del todo, de tal manera la transformará y esclarecerá el rayo, que parecerá el rayo, y dará la misma luz que el rayo” (Subida* II, 5,6).
Dios es el sol divino que brilla sobre nuestras almas, deseoso de embestirlas y penetrarlas hasta transformarlas en su luz y en su amor; pero para realizarlo espera que el alma quiera purificarse de “toda mancha de criatura”, esto es, de las manchas del pecado y de los afectos desordenados. Tan pronto como Dios encuentra un alma limpia del pecado mortal, en seguida la embiste con su gracia; este don preciosísimo no es más que el principio de la gran transformación que el Señor quiere obrar en ella. Y he aquí que cuanto más se purifica el alma de todo pecado, de todo apego, aun del más ligero, y de toda imperfección, o sea, a medida que conforma su voluntad con la voluntad de Dios, no sólo en las cosas que obligan gravemente, sino también en las pequeñas y de mayor perfección, más preparada y dispuesta está para ser penetrada y transformada totalmente por la gracia divina.
La gracia, don de Dios que hace al alma participante de la naturaleza divina, se va difundiendo en el alma en proporción al grado de pureza interior, y éste corresponde siempre al grado de conformidad con la voluntad de Dios. Por lo tanto, el alma que desea ser invadida y transformada totalmente por la gracia divina, debe tender a la práctica, como enseña San Juan de la Cruz, a la conformidad plena de su querer con el de Dios, “de manera que no haya en ella cosa contraria a la voluntad de Dios, sino que en todo y por todo su movimiento sea voluntad solamente de Dios” (Subida* I,11,2).
¡Oh Señor! Hazme comprender bien que “el amar es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios” (Subida* II,5,7). De todo, y no solo de algunas cosas: de todo, porque el amor es totalitario por naturaleza; de todo, porque una perfecta unión exige un perfecto acuerdo de voluntad, de deseos, de afectos.
¡Dios mío, qué purificación más profunda me hace falta para que Tú me puedas unir contigo, perfección infinita!
*Subida: “Subida del Monte Carmelo” de San Juan de la Cruz.

 

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena, O.C.D., Intimidad Divina

Visto en: http://arcadei.org

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