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martes, 31 de enero de 2012

Confesión y devoción a María Santísima

 

San juan Bosco 01 (01)

 

 

San Juan Bosco fue un gran taumaturgo: Dios se ha dignado realizar por su intermedio una enorme cantidad de milagros. Tanto que se dijo de él: “Lo extraordinario es lo ordinario en la vida de este hombre”. Pero él exigía dos condiciones a quienes iban a beneficiarse con alguno de estos prodigios: la vida de gracia, mediante una buena confesión, y la devoción a María Santísima. Veamos un ejemplo entre tantos.
En julio de 1854 se presentaron en Turín los primeros casos de cólera. Don Bosco les dijo a sus jóvenes: “Vosotros estad tranquilos. Si cumplís lo que yo os digo, os libraréis del peligro. Ante todo, debéis vivir en gracia de Dios, llevar al cuello una medalla de la Santísima Virgen, que yo os bendeciré y regalaré a cada uno, y rezar cada día un padrenuestro, un avemaría y un gloria. Mañana haréis una buena confesión y comunión para que yo os pueda ofrecer a todos juntos a la Santísima Virgen, rogándole que os proteja y defienda como a hijos suyos queridísimos. La causa de todo es, sin duda, el pecado. Si todos vosotros os ponéis en gracia de Dios y no cometéis ningún pecado mortal, yo os aseguro que ninguno será atacado por el cólera; pero, si alguno se obstina en seguir siendo enemigo de Dios o, lo que es peor, lo ofendiera gravemente, a partir de este momento yo no podría garantizar lo mismo para él ni para ningún otro de la casa”.
A pesar de que el cólera hizo estragos entre los vecinos, ninguno de los alumnos del Oratorio fue atacado, ni siquiera los 44 jóvenes que durante aquellos meses atendieron por las casas a los enfermos.
Cuando terminó la peste, hizo una misa de agradecimiento y les dijo a todos: “Demos gracias a Dios, porque nos ha conservado la vida en medio de mil peligros de muerte. Sin embargo, para que nuestra acción de gracias sea agradable, unamos la promesa de consagrar a su servicio el resto de nuestros días, amándolo con todo nuestro corazón, practicando la religión como buenos cristianos, guardando los mandamientos de Dios y de la Iglesia y huyendo del pecado mortal, que es una enfermedad mucho peor que el cólera o la peste”. Dicho esto, entonó el Tedeum que los muchachos cantaron transportados de vivo reconocimiento y amor.
En una carta, escrita el 27 de julio de 1886, recordaba Don Bosco los medios para seguir protegiéndose del cólera: Invocar frecuentemente a la Virgen María, llevar siempre al cuello o consigo la medalla bendecida de María y recibir frecuentemente los sacramentos de la confesión y comunión.
Por eso podía decir convencido, al terminar la biografía de Domingo Savio: El medio más seguro para vivir felices cada día en medio de las aflicciones de la vida, es confesarse frecuentemente haciendo buenas confesiones.
En otro lugar, afirma: El católico, alejado de la confesión y abandonado a sí mismo, camina de abismo en abismo y cual débil planta sin protección, expuesta a la fuerza de los vientos, llega a los más deplorables excesos. Y repetía: Es siempre regla general que los mejores cristianos y más honestos hombres de la sociedad son aquellos que frecuentan la confesión.

 

Fuente: P. Ángel Peña, O.A.R, San Juan Bosco, confesor

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