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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Mons. Gherardini responde a los laudatores

 

 

Es un artículo de suma importancia, no tanto por el contenido, que es simple y sencillo y de cosas no menos sabidas que aquellas que decía Ocáriz en su artículo, sino por la grandeza de líneas teológicas (el señalar la importancia de delimitar los límites del magisterio frente a la repetición de lo que nadie niega) y el recordatorio de lo que no suele decirse (por ejemplo que no todo lo que dice el Papa es magisterio). El tono no está exento de cierta ironía, pero la profundidad teológica que encierra es muy elevada, por ejemplo cuando desde esas líneas se muestra cuan necesario es un debate sobre las eclesiologías tan dispares que se asumen hoy día dentro de la misma Iglesia (no duda Gherardini en llamar inversión estructural de la Iglesia a cierta interpretación maximalista del magisterio muy en boga en ciertos sitios). Gherardini es en este texto un maestro que está enseñando con leche la profundidad de la Iglesia a niños de pecho malcriados muchas veces herederos del protestantismo en sus distintos aspectos que permean el mundo contemporáneo. Más adelante publicaré un comentario a este necesario y bienvenido artículo.

 

 

Iglesia-Tradición-Magisterio

 

Por Monseñor Brunero Gherardini.

 

La gran celebración cincuentenaria ha comenzado. Todavía no se ha dado el tam-tam mediático, pero se puede notar en el aire. El cincuentenario del Vaticano II abrirá las compuertas a los más altos superlativos que se puedan componer en juicios elogiosos. Ni una sombra de la sobria actitud que se requería, como momento de reflexión y análisis para una mayor evaluación crítica en profundidad del evento conciliar. Ya se ha empezado a lo loco con las repeticiones de lo que ha sido dicho y repetido durante cincuenta años: El Vaticano II es el punto culminante de la Tradición y su misma síntesis. Ya están preparados y programados congresos internacionales sobre el más grande y más significativo de todos los concilios ecuménicos; otros, de más o menos importancia, serán organizados sobre la marcha. Y sobre el argumento, el ensayo se enriquece día a día. L’Osservatore Romano, obviamente, pone de su parte y tira sobre la adhesión debida al Magisterio (Edición Italiana de 2 de Diciembre de 2011, p.6). El Vaticano II es un acto de magisterio, por lo tanto… El argumento nos adelanta que cada acto de magisterio debe ser aceptado como viniendo de los Pastores, quienes, por razón de la sucesión apostólica, hablan con el carisma de la verdad (DV 8), con la autoridad de Cristo (LG 25), a la luz del Espíritu Santo (ibid.).

 

Aparte del hecho que esto lo que hace es probar la autoridad magisterial del Vaticano II con el mismo Vaticano II, lo que en otro tiempo se llamaba “petitio principii”, parece evidente que este modo de proceder arranca de la premisa que el magisterio es absoluto, un sujeto independiente de todo y de todos, excepto de la sucesión apostólica y de la ayuda del Espíritu Santo. Ahora bien, si  la sucesión apostólica está garantizada por la legitimidad de las Sagradas Ordenes, parece difícil establecer  un criterio que garantice la intervención del Espíritu Santo dentro de los parámetros que se discuten aquí.

 

Sin embargo, una cosa es incuestionable: nada en el mundo, receptáculo que contiene a las cosas creadas,  tiene el don de ser absoluto. Todo fluye en un circuito de recíprocas interdependencias, y de ahí, que todo dependa, todo tiene un principio y tendrá un final: “Mutantur enim –decía  el gran Agustín- ergo creata sunt”. La Iglesia no es una excepción, tampoco su Tradición, tampoco su Magisterio. Es un asunto de realidades sublimes en lo alto de la escala de todos los valores creaturales, dotadas de una cualidad que permite cambiarlas, pero siempre son penúltimas realidades. El eschaton, la realidad final, es Dios y sólo Él.

 

A menudo se recurre a un lenguaje que cambia este dato factual y donde se reconoce a estas realidades sublimes con un alcance y significado por encima de sus limitaciones; en otras palabras, se absolutizan.  La consecuencia  es que esto las priva de su estatus ontológico y las convierte en una presunción irreal; de tal manera que también pierden la sublime grandiosidad de su penúltima realidad.

 

Inmersa en el momento trinitario de su designio, la Iglesia existe y opera en el tiempo como el sacramento de salvación. El carácter teándrico que la hace una misteriosa continuación de Cristo no está en cuestión, tampoco sus propiedades constitutivas (unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad), tampoco su estructura y su servicio, pero todo esto está todavía dentro de una realidad de este mundo que está capacitada para mediar sacramentalmente la divina presencia, pero siempre como una realidad de este mundo, que por definición, por tanto, excluye lo absoluto.

 

Tan es así que ella se identifica con su Tradición, de la que obtiene la continuidad consigo misma y a la que debe su aliento vital y de la cual obtiene la certeza de que su ayer siempre se vuelva hoy de manera que esté preparada para su mañana. La Tradición, por tanto, le da el movimiento interior que la impulsa hacía el futuro, mientras que salvaguarda el presente y el pasado. Pero la Tradición tampoco es un absoluto: comenzó con la Iglesia y terminará con ella. Sólo Dios permanecerá.

 

La Iglesia ejerce un control real sobre la Tradición: un discernimiento que distingue lo que es auténtico de lo que no lo es.  Lo hace con un instrumento al que no le falta “el carisma de la verdad”, con la condición de que no caiga en la tentación de tornarse un absoluto. Este instrumento es el magisterio, cuyos titulares  son el Papa, como el sucesor del primer Papa, el apóstol San Pedro, en la sede de Roma, y los obispos como sucesores de los Doce en el ministerio o servicio a la Iglesia, allí donde esté la expresión local de la misma. Es supérfluo recordar las distinciones –solemne si es el de un concilio ecuménico o el del Papa, cuando el uno o el otro definen verdades que atañen a la fe o a la moral; ordinario, si es el del Papa en su actividad específica, o el de los obispos como un todo en comunión con el Papa- dentro del magisterio; es mucho más importante precisar los límites dentro de los cuales el magisterio está garantizado de tener “el carisma de la verdad”.

 

Debe ser dicho antes que nada, que el magisterio no es una super-Iglesia que imponga juicios y modos de comportarse a la misma Iglesia; tampoco es una casta privilegiada sobre el pueblo de Dios, una especie de autoridad poderosa a la que hay que obedecer y punto. Es un servicio, una diakonia. Pero también es una tarea que debe llevarse a cabo, un munus, en concreto el munus docendi que no puede y no debe situarse por encima de la Iglesia, de la cual y a través de la cual viene a la existencia y obra. Desde el punto de vista subjetivo coincide con la Iglesia docente, el Papa y los obispos unidos con el Papa, en función de que oficialmente proponen la Fe. Desde el punto de vista operativo, es el instrumento con el que esta función se lleva a cabo.

 

Demasiado a menudo, en cambio, el instrumento se toma como un valor en sí mismo y se apela a él en orden a cortar cualquier discusión de raíz, como si este instrumento estuviera por encima de la Iglesia y como si no tuviera delante de él la enorme mole de la Tradición que debe recibir, interpretar y retransmitir en su integridad y fidelidad. Y es justamente aquí donde se muestran esos límites que lo salvaguardan del peligro de la elefantiasis y de la tentación absolutista.

 

No hay razón para ahondar en el primero de estos límites, la sucesión apostólica. No debería ser una dificultad para nadie el probar, caso por caso, la legitimidad y de ahí la continua sucesión en la posesión del carisma que pertenece a los Apóstoles. Por otro lado, deben decirse unas palabras sobre el segundo límite, o sea, sobre la ayuda del Espíritu Santo.  El razonamiento confuso que prevalece hoy es más o menos como sigue: Cristo prometió a los Apóstoles y a sus sucesores, en otras palabras a la Iglesia docente, el envío del Espíritu Santo y su asistencia para ejercer el munus docendi en la verdad; el error está por tanto ausente desde el principio. Sí. Cristo hizo tal promesa, pero indicó también las condiciones para que se cumpliera.  Si no, se puede crear una grave adulteración sólo en la manera en que se apela a esta promesa: ya sea no reportando las palabras de Cristo, o cuando son citadas, no se les da el significado que tienen. Veamos de que se trata.

 

La promesa está registrada sobre todo en dos pasajes de los cuatro Evangelios: Juan 14, 16.26 y 16, 13-14. Ya en el primer pasaje, uno de los límites mencionados resuena con la mayor claridad: en realidad, Jesús no se para en la promesa con “el Espíritu de la verdad” -nótese las palabras en cursiva, una traducción requerida por el artículo definido griego της, que en positivo y en negativo continua siendo traducido como si la verdad fueran unoptional del Espíritu Santo, donde lo personifica-  sino que preanuncia la función:  os recordará todo lo que Él, Jesús, os ha enseñado antes. Se trata, por tanto, de una asistencia para conservar la verdad revelada, no para la integración en ella de otras verdades o de verdades diferentes de aquellas que han sido reveladas o se presumen como tales.

 

El segundo de los dos textos Joanicos, confirmando el primero,  entra en detalles adicionales: el Espíritu Santo “os guiará a la verdad plena”, también a aquella que ahora Jesús calla, porque está más allá de lo que pueden soportar los suyos (16,12). AL hacer esto, el Espíritu “no hablará por cuenta suya, sino que dirá todo aquello que escucha […] tomará de lo mío y os lo dará a conocer”. Por ello no habrá ulteriores revelaciones. La única se cierra con aquellos a los que Jesús está hablando. Sus palabras se presentan con un significado unívoco, que atañe a la enseñanza impartida por Él y sólo a esta enseñanza. Es este un lenguaje que no es cifrado o críptico, sino límpido como el sol.  Se podría presentar una objeción desde la perspectiva de aparente novedad en relación a aquello que, ahora silenciado por Jesús, vendrá anunciado por el Espíritu Santo; pero la delimitación de la asistencia a una acción de guía para la posesión de toda la verdad revelada por Cristo excluye una novedad substancial. Si emergiera una novedad, se tratará de un significado nuevo, no de una verdad nueva; de ahí el justísimo “eodem sensu eademque sentencia” del Lerinense. En pocas palabras, la pretensión de achacar a la asistencia del Espíritu Santo cada susurro de las hojas, con lo que quiero decir el achacarle toda novedad y especialmente aquellas que adaptan a la Iglesia en la dimensión de la cultura dominante y de la, así llamada, dignidad de la persona humana, no sólo es una inversiónestructural de la misma Iglesia, sino que también es una tachadura en los dos textos antes mencionados.

 

No es todo. El límite de la intervención magisterial está también en su misma formulación técnica. Para que sea verdaderamente magisterial, en un sentido definitorio o no, se hace necesario que la intervención recurra a una fórmula ya consagada, de la cual se obtiene sin incertidumbre alguna la voluntad de hablar como “Pastores y Doctores de todos los cristianos en materia de Fe y de Moral, en el uso de su autoridad apostólica”,  si es el Papa el que habla. O si  resulta con igual certeza, por ejemplo por parte de un concilio ecuménico, a través de las fórmulas acostumbradas de afirmación dogmática, la voluntad de los Padres conciliares de unir la fe cristiana con la Revelación divina y su ininterrumpida transmisión. Faltando tales premisas, sólo en un sentido lato podrá hablarse de magisterio: no toda palabra del Papa, escrita o dicha, es necesariamente magisterio: y otro tanto se debe decir de los concilios ecuménicos, no pocos de los cuales no han hablado de dogma, o no lo han hecho exclusivamente.  Otras veces incluso han insertado el dogma en un contexto de diatriba interna y de luchas personales o de grupos, que hacen absurda una pretensión magisterial de los mismos dentro de dicho contexto. Todavía suscita una impresión netamente negativa un concilio ecuménico de indiscutible importancia dogmático-cristológica como el de Calcedonia, que pasó la mayor parte de su tiempo en una vergonzosa lucha de personalismos, de precedencias, de deposiciones, de rehabilitaciones; no es en esto un dogma Calcedonia. Como no lo es la palabra del Papa cuando privadamente declara que “Pablo no entendía la Iglesia como una institución, como una organización, sino como un organismo vivo, en el cual todos obran el uno por el otro y el uno con el otro, estando unidos a partir de Cristo”; es todo lo contrario,  y  se sabe que la primera forma institucional, precisamente para favorecer al organismo vivo, fue estructurada por Pablo en modo piramidal: los apóstoles al vértice, después los ἐπισκόποι-πρεσβυτεροι, los ηγουμενοι, los προισταμενοι, los νουθετοῦντες, los διακονοι: son distinciones de competencias y oficios que no ha sido todavía exactamente definidos, pero que son ya distinciones de un organismo institucionalizado. También en este caso, quede bien claro, la actitud de los cristianos es de respeto y, al menos en principio, también de adhesión. Pero si la conciencia del creyente particular en la adhesión a un caso como el descrito anteriormente no es posible, esto no significa que sea una rebelión contra el Papa o la negación de su magisterio: sólo significa que no se trata de magisterio.

 

El discurso retorna ahora, para terminar, al Vaticano II para decir, si es posible, una palabra definitiva sobre su pertenencia o no a la Tradición y sobre su calidad magisterial. Sobre esto no cabe ningún interrogante y esos laudatores que no se cansan de sostener durante cincuenta años la identidad magisterial del Vaticano II pierden y hacen perder el tiempo: nadie lo ha negado. Teniendo en cuenta, sin embargo, su exuberancia acrítica, surge un problema de calidad: ¿De qué magisterio se trata? El artículo de "L'Osservatore Romano", para el que en principio se me ha llamado, habla de magisterio doctrinal: ¿Y quien jamás lo ha negado? Incluso una declaración puramente pastoral puede ser doctrinal, en el sentido de pertenecer a una determinada doctrina. Pero quién diga doctrinal en el sentido de dogmático confunde las cosas: no hay ningún dogma en los activos del Vaticano II, que si tiene un valor dogmático, lo ha dejado reflejado donde se traen los dogmas previamente definidos. Su magisterio, como se ha dicho una y otra vez a todo el que tenga oídos para oír, es un magisterio solemne y supremo.

 

Más problemático es su continuidad con la Tradición, no porque el no haya declarado esa continuidad, sino especialmente porque en los puntos clave en los que era necesario que esta continuidad fuera evidente, la declaración ha quedado no demostrada.

 

Publicado por Disputationes Theologicae

Traducido por http://divcomedia.blogspot.com

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