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lunes, 12 de diciembre de 2011

Acerca del Carácter Sacramental de Algunas Cosas

por Hilaire Belloc

 

Hilaire Belloc

 

Nada mejor para el alma que sentarse a solas y en silencio para ponerse a pensar sobre las cosas que, no sé por qué, nos ponen en comunión con el mundo. Y si a uno le cuesta recordar cuáles son y en qué orden traerlas a la memoria, conviene que se ponga a registrarlas sobre un pedazo de papel. Son cosas que lo consolarán: serán un solaz frente a la perspectiva del fin que nos aguarda a todos. Y el sólo considerar esas cosas constituye en sí mismo un ejercicio sacramental (y eso que, cuanto más pienso en todo esto, menos entiendo de dónde su poder).

No sé, una mujer sonriéndole a su pequeño―sin saber que la están mirando―que le extiende un ramo de flores a su mamá; un viejo, flaco y activo, con un rostro intenso, caminando hacia el oeste en un atardecer cálido y ventoso, dirigiéndose hacia donde cae el sol entre nubes oscuras que se desplazan a gran velocidad; un contingente de soldados sorprendidos en medio de su maniobras, cada uno concentrado en su propio asunto, todos trabajando de consuno en su maravilloso oficio, ocupando su lugar con exactitud y en orden―y todo eso, con cierta secreta flexibilidad; el reflujo de la corriente profunda de una marea fuerte que vuelve al mar siguiendo un curso silencioso, agua pareja, negra y suave que, cargada de propósito, se desplaza debajo de un viejo muro; e intenso olor salobre de un puerto de mar; un buque se que se aproxima, apareciendo de entre todos los océanos, acercándose con sus alegres y grandiosas velas desplegadas al viento mientras uno lo espera sentado en una diminuta chalupa, contemplando cómo a bordo de aquel navío cada cual se encuentra abocado a lo suyo con un equilibrio y un ritmo y todo aquello que lo desposa con el mar―sea un aparejo de proa a popa (y entonces uno sólo contempla largas líneas blancas) o bien ese aparejo primario, la vela triangular que corta los aires del mundo abriendo senderos a las primeras aventuras… (no importa qué aparejo tenga, igual, un barco así, acercándose a una barquilla desde donde lo contemplamos, es una de estas cosas que digo).

Me gustaría que el gusto de mi época me diera licencia para confeccionar un largo inventario con esta clase de cosas: ¡son tan placenteras para recordar! ¡Y cómo alimentan el alma! Una mirada de repentina comprensión mezclada con compasión y humor en el rostro de una amante o de un amigo; el retumbar de las ruedas cuando pasan los cañones el estrépito que produce cada pieza de artillería y la voz de alto que se oye procedente de la punta de la columna; el rumor muchos caballos, el clamor metálico pero armonioso de tantas herraduras ocupando diligentemente su lugar sobre la avenida; y el más grande y persistente de mis recuerdos: la ladera de una montaña reflejando súbitamente la luz de una mañana que se nos revela después de sortear una gran roca después de largos rodeos entre las angustias de la noche.

Cuando un hombre ha caminado y caminado durante horas y horas por lugares sin color ni forma atravesando las pequeñas horas hechas para dormir, cuando su alma desvelada pena, o acaso llega a desesperar, la mañana siempre se le aparece como una resurrección―y eso de manera muy especial cuando su luz nos revela una gran altura que penetra los cielos.

Atesoro esta última imagen de modo muy particular, tan grande es su consuelo, tan constantemente regala su gracia al alma del hombre tan llena de penas.

Ocurre que cuando alguien mira hacia atrás y contempla los largos viajes que ha hecho―tanto ríos cruzados (y más de uno atravesado corriendo grandes riesgos), recorridos tantos peligrosos caminos de montaña, sorteados tantos dramáticos precipicios y largas y fatigosas llanuras―de todas las imágenes que se imprimen como por conjuro o generosidad del dios que preside el éxito de tales viajes, ninguna permanece más que la de una gran montaña, cuando la aurora la sorprende con su luz por primera vez, después del peso de largas horas de tinieblas.

Más allá de la causas por las que un hombre ha ocupado las tinieblas con sus viajes y fatigas, seguramente esas razones han de ser extraordinarias para acompañar así una mala mancha del alma. A lo mejor inició la marcha por razones de maligna necesidad, bajo la coerción de otros hombres; o quizás fuera por terror, con la esperanza de esconderse en la oscuridad; o tal vez se iniciaron aquellos viajes con el afán de encontrar un poco de fresco y escapar así a los extraños calores del mediodía en una tierra desértica. Y aun todavía, la peor de las suertes: tal vez uno se adentró en la noche a pie porque temía lo que de otro modo la noche necesariamente traería consigo, otra noche blanca, llena de terroríficas pesadillas que nos mantendrían insomnes.

Pero sea cual fuere la razón que nos impulsó a la aventura o a pasar necesidad, cuando se ha cargado con largas y tenebrosas horas y empieza a aclarar… cuando las estrellas se vuelven más pálidas, cuando a tientas regresan los colores grises que acuden a recuperar la tierra, primero en los verdes de los altos pastizales, luego aquí y allá en una roca o en una laguna escondida entre los pajonales… cuando el aire aún frío se llena de los perfumes de la mañana, cuando se advierte el progresivo retiro de las severidades del celaje hasta que, por fin, sólo queda pendiendo espléndidamente la estrella de la mañana: cuando acaba de producirse este último milagro, el paisaje se nos revela del todo y una cae en la cuenta de qué país es éste al que ha ido a parar: entonces una gran montaña se alza delante de uno, con sus bosques que en lo alto se confunden con la roca y luego se nos revelan los empinados campos de sus laderas… y al fin, reinando por encima de sus picos y crestas inaccesibles, regalándole un alma a la nueva tierra, el sol que en un instante único y como respondiendo al urgente toque de una trompeta golpea con sus rayos la cumbre de los lugares más altos e inmediatamente otro tanto con el valle, que aunque todavía está bañado en sombras, resulta transfigurado y, con la luz del día, todas la infinita variedad de la creación vuelve al mundo.

Hay una palabra, esperanza, que es la que concierta y reúne los orígenes de todas esas cosas, y la esperanza constituye el germen de lo que queremos expresar. Pero esa nueva luz y su nueva cualidad es algo más que esperanza. Pues con la salida del sol vuelve la vitalidad y la certeza al alma; con el regalo de un nuevo día vuelven el número y la medida y una justa apreciación de toda la realidad. La Gloria (que, ¡oh, si sólo lo supieran los hombres!) ilumina y revitaliza al mundo tal como se ve y la luz viviente hace de las cosas verdaderas que así se nos revelan algo más que la verdad absoluta: entonces aparecen como la verdad viva, actuante y creadora.

Ese primer rayo del sol es a la montaña y al valle lo que una palabra es al pensamiento; es a la montaña y al valle lo que el verso a una historia prosaica; es a la montaña y al valle lo que la música a la poesía.

Y detrás de todo esto, de eso uno está muy seguro, existe una infinita progresión de tales exaltaciones―de tal manera que uno comienza a entender, a medida que la prístina luz de la mañana brilla más y más y las sombras retroceden descendiendo por las laderas de la montaña… empieza a entender lo que significaban aquellas grandes frases que nos impelen hacia adelante, que todavía nos consuelan, que todavía alumbran sabiamente el desconsolado derrotero de la humanidad.

Como aquella famosa frase, que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni puede entrar en el corazón del hombre, lo que tiene preparado Dios para los que le aman”.

 

(On Sacramental Things, Selected Essays by Hilaire Belloc,

London, 1948, Methuen & Co., pp. 256-259).

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