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sábado, 19 de noviembre de 2011

Texto de la entrevista al Santo Padre en el avión rumbo a Benin "no debemos imitar a las comunidades protestantes"


Viernes, 18 de noviembre de 2011
Santidad, bienvenido entre nosotros, y en medio de este grupo de los periodistas que lo acompañan a África. Estamos agradecidos porque nos dedica un poco de tiempo también esta vez. Aquí, sobre este avión, hay cuarenta periodistas, fotógrafos y camarógrafos de diversas agencias y televisiones, además de los medios vaticanos que lo acompañan: aproximadamente 50 personas. En Cotonou nos esperan mil periodistas que seguirán el viaje en el lugar. Como solemos hacer, le dirigimos algunas preguntas recogidas en estos días entre los colegas. La primera pregunta la hago en Francés, pensando en que puede también ser grata para los telespectadores de Benín, que podrán escucharla a la llegada.


P.- Santo Padre, este viaje nos conduce a Benín, pero es un viaje muy importante para el entero continente africano. ¿Por qué usted ha pensado que Benín era el país indicado para lanzar un mensaje a toda el África de hoy y de mañana?

R. - Hay diversas razones. La primera es que Benín es un País en paz: paz externa e interna. Las instituciones democráticas funcionan, en el espíritu de libertad y responsabilidad y por lo tanto la justicia y el trabajo por el bien común son posibles y garantizadas por el funcionamiento del sistema democrático y del sentido de responsabilidad en la libertad. La segunda razón es que, como en la mayor parte de los países africanos, está la presencia de diversas religiones y una convivencia pacífica entre estas religiones. Están los cristianos en su diversidad, no es siempre fácil, están los musulmanes y además están las religiones tradicionales, y estas diversas religiones conviven en el respeto recíproco y en la responsabilidad común por la paz, por la reconciliación interior y exterior. Me parece que esta convivencia entre las religiones y el diálogo interreligioso como factor de paz y de libertad sea un aspecto importante como es parte importante la Exhortación apostólica post-sinodal. Finalmente, la tercera razón es que este es el país de origen de mi querido amigo, el cardenal Bernardin Gantin: siempre he tenido el deseo de poder, un día, rezar sobre su tumba. Ha sido para mí verdaderamente un gran amigo - hablaremos de esto al final, tal vez - y por lo tanto visitar el país del cardenal Gantin, un gran representante del África católica, del África humana y civilizada es para mí uno de los motivos por los que deseo ir a este país.


P. - Mientras los africanos experimentan el debilitamiento de sus comunidades tradicionales, la Iglesia católica se encuentra confrontada con los crecientes logros de Iglesias evangélicas o pentecostales, en ocasiones autónomamente creadas en África, que proponen una fe atrayente, una gran simplificación del mensaje cristiano: insisten sobre las curaciones, mezclan sus cultos con los tradicionales... ¿Cómo se coloca la Iglesia católica de cara a estas comunidades, agresivas ante ella? Y ¿Cómo puede ser atrayente, cuando estas comunidades se presentan festivas, acogedoras o inculturadas?

R. - Estas comunidades son un fenómeno mundial, en todos los continentes, sobre todo están muy presentes de modos diversos en América Latina y en África. Generalmente, los elementos característicos son poca institucionalidad, un peso ligero de instrucción, un mensaje fácil, sencillo, comprensible, aparentemente concreto y además -como usted ha dicho- liturgia participativa con la expresión de los propios sentimientos, de la propia cultura y combinaciones además segregacionistas entre religiones. Todo esto garantiza, por una parte, éxito pero implica también poca estabilidad. Sabemos también que muchos regresan a la Iglesia católica o emigran de una de estas comunidades a otra. Por lo tanto, no debemos imitar a estas comunidades sino preguntarnos lo que podemos hacer nosotros para dar nueva vitalidad a la fe católica. Y, diría, un primer punto es ciertamente un mensaje sencillo, profundo, comprensible; importante es que el cristianismo no aparezca como un sistema difícil, europeo que otro no esté en grado de comprender y realizar, sino como un mensaje universal de que está Dios, que Dios tiene que ver, que Dios nos conoce y nos ama y que la religión concreta produce colaboración y fraternidad. Por lo tanto, un mensaje sencillo y concreto es muy importante. Además, también si la institución no es demasiado pesada es siempre muy importante, que prevalezca la iniciativa de la comunidad y de la persona. Finalmente, diría también una liturgia participativa pero no sentimental: no debe estar basada solo sobre la expresión de los sentimientos sino caracterizada por la presencia de misterio en el que entramos, y por el que nos dejamos formar. Y por último, diría, es importante en la inculturación no perder la universalidad. Yo preferiría hablar de interculturalidad, no solamente de inculturación, es decir de un encuentro de las culturas en la verdad común de nuestro ser humano en nuestro tiempo, para así crecer también en la fraternidad universal, no perder esta gran cosa que es la catolicidad, que en todas las partes del mundo somos hermanos, somos una familia que se conoce y que colabora en espíritu de fraternidad.


P. - Santidad, en las últimas décadas en tierra africana se han realizado operaciones de peace-keeping, conferencias para las reconstrucciones nacionales, comisiones de verdad y reconciliación con resultados a veces buenas y a veces decepcionantes. Durante la asamblea sinodal, los obispos han dedicado palabras fuertes a propósito de las responsabilidades de los hombres políticos en los problemas del continente. ¿Cuál mensaje piensa dirigir a los responsables políticos de África, y cuál es la contribución específica que la Iglesia puede aportar para la construcción de una paz duradera en el continente?

R. - El mensaje se encuentra en el texto que entregaré a la Iglesia en África: no puedo resumirlo ahora, en pocas palabras. Es verdad que hay tantas conferencias internacionales también para África, por la fraternidad universal. Se dicen cosas buenas, y alguna vez también se hacen realmente cosas buenas: tenemos que reconocerlo. Pero ciertamente las palabras son más grandes, las intenciones, también la voluntad es más grande que la realización y debemos preguntarnos por qué la realidad no llega a las palabras y a las intenciones. Me parece que un factor fundamental sea que esta renovación, esta fraternidad universal exige renuncias, exige también ir más allá del egoísmo y estar en función del otro. Y esto es fácil de decir pero difícil de realizar. El hombre, así como es después del pecado original, quiere tenerse a sí mismo, tener la vida y no donar la vida. Cuanto tengo, quisiera conservarlo. Pero con esta mentalidad, según la cual no quiero dar sino tener, naturalmente las grandes intenciones no pueden funcionar. Y es justamente solo con el amor y el conocimiento de un Dios que nos ama, que nos da que podemos llegar al punto en que osamos perder la vida, osamos donarnos porque sabemos que solamente así nos podemos salir ganando. Por lo tanto, hoy los detalles que se encuentran en el documento del Sínodo se refieren a esta posición fundamental de que amando a Dios y manteniendo amistad con este Dios es que se da, también nosotros podemos osar e implorar dar, no solo de tener, renunciar, de ser para el otro, de perder la vida en la certeza de que sí, es así como ganamos.


P. - Santidad, en la apertura del Sínodo Africano en Roma, Usted había hablado de África como de un gran "pulmón espiritual para una humanidad en crisis de fe y de esperanza". Pensando a los grandes problemas de África, esta expresión aparece casi desconcertante. ¿En qué sentido piensa verdaderamente que desde África pueda venir fe y esperanza para el mundo? ¿Piensa en un papel de África también en la evangelización del resto del mundo?

R. - Naturalmente África tiene grandes problemas y dificultades, toda la humanidad tiene grandes problemas... Si pienso en mi juventud, era un mundo totalmente diverso de lo que es hoy, que tengo la impresión de vivir en otro planeta, respecto a cuando era un muchacho. Así la humanidad se encuentra en un proceso siempre más rápido de transformación. Para África este proceso de los últimos 50-60 años -partiendo de la independencia, después el colonialismo, hasta llegar al tiempo de hoy- es un proceso muy exigente, naturalmente muy difícil, con grandes dificultades y problemas y estos problemas no han sido superados. Con el proceso de la humanidad proceden también las dificultades. Sin embargo esta frescura de la vida que hay en África, esta juventud que existe, que está llena de entusiasmo y de esperanza, pero también de humorismo y de alegría, nos muestra que aquí hay una reserva humana, hay todavía frescura en el sentido religioso y de la esperanza; hay todavía una percepción de la realidad metafísica, de la realidad en su totalidad con Dios: no esta reducción al positivismo, que restringe nuestra vida, la hace un poco árida y apaga también la esperanza. Por lo tanto diría un humanismo fresco que se encuentra en el alma joven de África, no obstante todos los problemas que existen y que existirán, muestra que aquí está todavía una reserva de vida y de vitalidad para el futuro, sobre la que podemos contar.


P. - Una última pregunta Santidad, regresemos un momento al punto que Usted ha tocado entre los motivos de este viaje hacia Benín: sabemos que en este viaje un lugar muy importante es el recuerdo de la figura del cardenal Gantin. Usted lo conoció muy bien: fue su predecesor como Decano del Sacro Colegio y la estima que lo circunda universalmente es muy grande. ¿Quiere darnos una vez más un breve testimonio personal sobre él?

R. - He visto por primera vez al cardenal Gantin en mi ordenación como arzobispo de Múnich en el 77. Había venido, porque uno de sus alumnos era mi discípulo: así idealmente existía ya entre nosotros una amistad sin que todavía nos hubiéramos visto. En este día decisivo de mi ordenación episcopal fue bello para mi encontrar a este joven obispo africano, lleno de fe, de alegría y de valor. Luego colaboramos muchísimo, sobre todo cuando él era prefecto de la Congregación para los obispos y luego en el Sacro Colegio... Siempre admiré su inteligencia práctica y profunda; su sentido de discernimiento, de no caer en aquellas fraseologías, sino de comprender qué era esencial y lo que tenía sentido. Y además su verdadero sentido del humor, que era muy bello... y sobre todo era un hombre de profunda fe y de oración. Todo esto ha hecho del cardenal Gantin no solo un amigo, sino también un ejemplo a seguir, el de un gran obispo africano, católico. Estoy realmente feliz de poder rezar sobre su tumba y sentir su cercanía y su gran fe, que lo hace -siempre para mí- un ejemplo y un amigo.



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