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sábado, 5 de noviembre de 2011

Adiós al latín

 
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El abandono del latín fue una gran pérdida, debida no tanto al Vaticano II, que había dispuesto exactamente lo contrario, como a su posibilismo, a su predisposición a abrirse a todo lo que fuese - o pareciese - una exigencia del hombre. Los hombres del postconcilio, Papas incluidos, se dedicaron a llevar a cabo este posibilismo. Yendo conscientemente más allá de la letra del concilio, Bugnini, como de constumbre, legitimó su posición declarando que "ningún elemento de la acción sagrada [se refería sobre todo al canon de la misa, tradicionalmente cubierto por la llamada disciplina del arcano] tiene sentido en una lengua que el pueblo no comprenda." Quien no comprendía las casi infinitas capacidades espirituales del hombre y especialmente las de la religiosidad popular, era él. El pueblo puede no comprender ni el sonido ni el sentido de las palabras: sin embargo, situado ante la acción sagrada e implicado espiritualmente en ella - escribió en Studium Romano Guardini -, contempla y adora. Téngase en cuenta, además, la extendida utilización de misales bilingües, que ponía al pueblo en condiciones de seguir la acción sagrada no sólo según el espíritu, sino también según la letra. Resulta por tanto incompresible como Pablo VI llegó a dar su ambiguo sí a la supresión del latín. El primer paso es del 21 de abril de 1964: sí a la lengua vernácula, con excepción del prefacio y del canon. El segundo paso es del 27 de abril de 1965: sí a la lengua vernácula, si las conferencias episcopales lo deciden. El tercer paso es del 10 de agosto de 1967: sí también al cánon en lengua vernácula, sin omitir el habitual ditirambo al latín ni las acostumbradas expresiones de lamento que hacen imposible la misma comprensión de la supresión. Pero había una razón para todo ello.
Y esa razón ha de reconocerse en esa "simpatía por el hombre" que convirtió la adopción de las lenguas vernáculas en un momento y un aspecto del encuentro entre el Dios que se hace hombre y el hombre que se hace Dios. Todo el concilio, declaró Pablo VI, estaba dominado por esa simpatía, y por eso en la alocución del 7 de diciembre de 1965 se sintió con derecho a cantar un himno al "nuevo humanismo" y de confesar al mundo: "También nosotros, y más que nadie, somos estudiosos del hombre" (8). Y sobre la no ya pura y simple simpatía, sino auténtica devoción wojtyliana por el hombre no diré más que duró un cuarto de siglo y quine vivió en ese período lo percibió con claridad.

Vaticano II: Una explicación pendiente. Brunero Gherardini. Producciones Gaudete, pp. 142 -143.
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Fuente: http://siervodelaverdad.blogspot.com/

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