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domingo, 30 de octubre de 2011

EL REINO DE DIOS

Sermón de Ronald Knox

 


¿A qué nos referimos cuando decimos a Dios, “que venga tu reino”? Intenten ponerse en el lugar de los contemporáneos de nuestro Señor y verán que esas palabras tienen un sentido muy obvio; pero ese sentido pertenece a una cosmovisión que no es la nuestra, que no puede reconciliarse con la nuestra. En la época en que nuestro Señor vino, las esperanzas judías eran intensas; de ningún modo todos los judíos, pero una parte considerable de ellos estaban esperando (esa era la expresión) la consolación de Israel. Muchos de los profetas habían hablado de un Mesías que tenía que venir; y el profeta Daniel, más concreto que el resto, había dado indicaciones por las que podía identificarse la fecha [Daniel 9]; esas indicaciones señalaban a lo que llamamos el siglo primero. El Mesías iba a vencer a los enemigos de Israel, que habían sometido a los Judíos durante tanto tiempo, e iba a establecer un reino de paz y justicia en el que la religión de Israel iba a alcanzar su plenitud. ¿Iba a ser un reino terreno o celestial? Las opiniones estaban quizás divididas; pero es probable que la mayoría de los contemporáneos de nuestro Señor pensaran en él como un reino establecido en la tierra, con el pueblo judío como una potencia mundial dominante. Entonces apareció San Juan Bautista y dijo a sus compatriotas que el reino del cielo estaba próximo; les urgió a arrepentirse y a purificarse con el bautismo, para que pudieran ser dignos de entrar en él. Un gran número de ellos habían acogido su mensaje, y habían pasado por esta ceremonia de iniciación. Pide a esa gente que rece que venga el reino de Dios, y no es difícil ver que imagen se formarían en sus mentes. Rezarían por una liberación nacional, acompañada de una regeneración nacional; ¿quién sería remiso, en cualquier momento de la historia mundial, a rezar por tal acontecimiento? Los hombres con el punto de vista del que hemos estado hablando lo aceptarían como el deseo más natural del mundo.

Como sabemos, una gran parte de la predicación de nuestro Señor, y especialmente de la parte que fue transmitida en parábolas, se dirigía a corregir esta falsa imagen. Pero, por lo que respecta a la mayoría de sus seguidores, parece haber sido una lección aprendida lentamente. Tuvo que explicarles que las promesas que fueron reveladas a los profetas hacían referencia a dos reinos distintos; o, si quieren, a un reino en dos sentidos distintos; la
regeneración de la naturaleza humana, el triunfo completo de la justicia sobre el mal, un reino de paz y felicidad universales, no tenían que esperarse en el presente orden mundial. Todo eso pertenecía al futuro, se realizaría cuando Dios viera oportuno establecer un cielo nuevo y una tierra nueva, después de la resurrección general de la humanidad. Mientras tanto, el reino que había sido predicho no era otra cosa que lo que entendemos por la Iglesia en la tierra. Sería un reino no limitado a los judíos, sino abierto también a sus vecinos gentiles.

Contaría con miembros dignos e indignos; no todos los que hicieran alarde de sus privilegios estarían en realidad predestinados para la vida eterna. El pecado y la injusticia y el escándalo no iban a desaparecer, todavía. ¿Y durante cuánto tiempo, sus oyentes preguntaban ansiosamente, iba a continuar esta dispensación temporal, esta realización imperfecta del Reino de Dios en la tierra? Ésta fue una pregunta a la que nunca respondió; él querría que sus sirvientes estuvieran vigilantes todo el tiempo. Y este silencio suyo implicó – pueden leerlo en las epístolas a los tesalonicenses, o en la segunda epístola de San Pedro – que los Cristianos de la época primitiva vivieron, en su mayor parte, con una anticipación constante del juicio final que nosotros, después de todos estos siglos de espera, encontramos difícil de abrigar.
Para los Cristianos de los primeros siglos, entonces, la oración “que venga tu reino” era todavía una oración fácilmente inteligible, aunque ya habían aprendido a pensar en ese reino como la experiencia de una vida resucitada, no como una mera vindicación de la justicia de Dios bajo condiciones terrenas. Eran una secta perseguida, viviendo en medio de un mundo cuyos usos corruptos y creencias supersticiosas parecían reclamar, a cada momento, una interferencia divina. Rezaban que viniera el reino de Dios, que la tensión de toda esa espera por la liberación pudiera ser aliviada, que el triunfo visible del poder temporal sobre la verdad espiritual llegara a su fin, que la crueldad de sus perseguidores tuviera su castigo. Y ha habido periodos posteriores de la historia en los que las mentes de los hombres han vuelto al mismo modo de ver las cosas. La época de las invasiones bárbaras, por ejemplo, o la época del Gran Cisma en la baja Edad Media cuando parecía que la Iglesia hubiera fracasado. Ha habido periodos oscuros cuando nada parecía ir bien, cuando la miseria y el crimen y la degeneración parecían ir de mal en peor, de forma que no quedaba solución humana a los problemas del mundo; y en esas épocas se sentía que Dios
no podía tardar en venir; el orden del mundo existente se había condenado a sí mismo y estaba listo para el osario. Que venga el Reino de Dios; era la única alternativa al del Diablo.
Pero de forma más general, desde que la religión Cristiana triunfó con Constantino, el pensamiento religioso se ha ocupado del crecimiento del Reino de Dios en la tierra. Nuevas oportunidades se abrían continuamente ante la Iglesia; había conquistas recientes por consolidar, nuevos campos de conocimiento por asimilar; la tarea del hombre, sin duda, no era sólo salvar su propia alma – tenía un trabajo que hacer, un golpe que dar por la causa de Dios; que el cielo espere hasta que la tierra haya sido evangelizada. En tiempos recientes, creo que la devoción al Sagrado Corazón ha hecho el uso de ese lenguaje más habitual; en nuestros propios días, la fiesta de Cristo Rey lo ha canonizado y lo ha hecho casi oficial. El árbol de mostaza, destinado a extender sus ramas por todo lugar, la levadura, que tiene necesariamente que energizar un mundo informe e indisciplinado – éstas son las imágenes que nos vienen naturalmente a la mente cuando decimos, “que venga tu reino”. Tanto mal – lo derrotaremos; tanta ignorancia – la disiparemos; tanta apatía – la revitalizaremos; el Reino de Dios, sin duda, es algo que crece en nuestras manos.

¿Cuál es el espíritu correcto en el que rezar el Pater noster? Los sucesos actuales [este sermón se predicó en julio de 1939, cuando el estallido de la segunda guerra mundial era inminente] han hecho que nos lo planteemos de nuevo. Creo que si pudiéramos realmente aprender a poner la gloria de Dios primero, y a ver el esfuerzo humano como la cosa insignificante que es, empezaríamos a entender que no importa mucho que actitud adoptemos. El Reino de Dios aquí, el Reino de Dios en el más allá – es todo uno, por lo que rezamos; lo importante es que debemos estar profundamente insatisfechos mientras el mundo en torno a nosotros permanezca indiferente, calculador, fuera de contacto con Dios. La aspiración de esta frase – porque es una aspiración, más que una oración de petición – es que Dios sea todo en todos; que cualquier cosa que ofenda su vista, tanto en nosotros como en los asuntos humanos a gran escala, sea aniquilada, aventada como la paja ante la majestad de su presencia. Intolerable que deba hacerse algo que no esté hecho en Dios y para Dios – ése debe ser el grito de nuestros corazones. Cuánto tiempo Dios permitirá que continúe el conflicto no es asunto nuestro; está en sus manos. Nos basta con renunciar en su presencia, cada vez que acudimos a Él en la oración, a la pereza o la cobardía que nos permitirían condescender, mientras el mundo permanece siendo lo que es.

Si deseamos la venida del Reino de Dios a los hombres en general, la desearemos, naturalmente, en nuestras propias vidas individuales. Cada alma Cristiana es un territorio que espera la llegada de su Conquistador. Y de nuevo aquí la cuestión se repite: cuando rezo por la venida del Reino de Dios a mi propia alma, ¿debo tener la intención de decir que quiero morir tan pronto como sea posible, y estar con Él? ¿O debo tener la intención de decir que quiero tiempo para enmendar mi vida; que espero ser capaz de corregir mis defectos y hacerme más digno del cielo, ante de que me alcance la muerte? El mismo problema, y sin duda la misma solución. Si vamos a morir pronto o a seguir viviendo no es asunto nuestro, está en manos de Dios. Lo que importa es que estemos insatisfechos con nosotros mismos, repudiemos esa rebeldía del espíritu humano que echa a perder y retrasa el Reino de Dios en nosotros. Vivamos para corregir nuestras vidas – muramos ahora mismo (que sea en su gracia) y no le ofendamos más pecando – es una misma cosa, si Él hace valer su dominio, de algún modo, en nosotros.

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