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martes, 11 de octubre de 2011

Benedicto XVI sacerdote, liturgo




Alocución televisiva de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
en el programa “Claves para un mundo mejor” (25 de junio de 2011)

El 29 de junio se celebra la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y para nosotros, los católicos, es el día del Papa. Corresponde, entonces, que ese día le dediquemos un recuerdo especial en la oración a nuestro Santo Padre Benedicto XVI.
Pero este año, ese día 29 de junio, tiene para el Papa un significado muy especial, porque se cumple el sexagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal.
Efectivamente, Joseph Ratzinger se ordenó sacerdote junto con su hermano Georg el 29 de junio de 1951. Ese día, aquel joven alemán comenzó a ejercitar su ministerio, del cual me interesa destacar un rasgo esencial: el sacerdote es un liturgo.
Liturgo designa a aquel mediador entre Dios y los hombres que, en el cumplimiento de esta actividad singular de la Iglesia, ofrece cotidianamente a Dios el sacrificio de la redención. Pensemos lo que significa esto como corazón mismo de la existencia sacerdotal. Hay otros aspectos por supuesto en la vida del sacerdote que correspondería destacar como su misión profética como evangelizador, como difusor del evangelio, como educador en la fe; su entrega pastoral, de caridad, para guiar a los fieles y gobernar a la comunidad cristiana que le es confiada.
Me complace, en el caso de este aniversario papal, destacar la condición de liturgo de Benedicto XVI. Es decir aquel que está llamado a ofrecer cotidianamente la oración de la Iglesia toda, especialmente el sacrificio en el que se actualiza la muerte y resurrección de Jesucristo.
En el caso del Papa Benedicto XVI, además, podemos notar que la temática litúrgica ocupa un lugar importantísimo en su pensamiento, en su obra de teólogo. A lo largo de su vida de investigador y de profesor, el Papa Ratzinger ha publicado libros, conferencias y ensayos sobre la temática litúrgica.
Creo que el pensamiento litúrgico del Papa tiene un punto central: la convicción de que la liturgia no es algo que armamos nosotros los hombres, no es algo que construye la comunidad cristiana, la asamblea que se reúne para el culto de Dios, sino que es un don de Dios que la Iglesia recibe y acoge como un misterio de salvación.
La Iglesia posee una tradición litúrgica que se va actualizando permanentemente, que es siempre antigua y siempre nueva. Vale, sobre todo, subrayar esto en relación con la reforma litúrgica aplicada después del Concilio Vaticano II y con las posibilidades que ofrece de participación en los misterios de la fe.
Desgraciadamente muchas veces la aplicación de esa reforma se ha hecho de tal manera que se ha perdido de vista la cualidad de don que tiene la liturgia, de don que nosotros recibimos con fe, con espíritu de adoración, con gratitud. Es un misterio que nos supera enormemente. De hecho, se puede constatar con pesar que se ha perdido, en muchas ocasiones, la dimensión contemplativa y estética de la liturgia como consecuencia de la pérdida del sentido de su sacralidad.
Todo cambia de sentido si se piensa que la liturgia es algo que transcurre entre nosotros, el resultado de una construcción que acomodamos a nuestro gusto, un encuentro de entrecasa en el que lo que importa es “sentirnos bien”, experimentar emociones religiosas y manifestarlas. Entonces la liturgia se torna intrascendente, cuando su verdadera naturaleza le ofrece al pueblo cristiano, a la asamblea celebrante, la gracia de volverse hacia el Señor, de “salir” hacia él.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Liturgia, decía precisamente que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia. Este precepto, del cual desgraciadamente se hizo y se hace poco caso, tiene por finalidad tutelar la sacralidad del misterio.
La liturgia es un tema capital en la obra teológica y pastoral del entonces Cardenal Ratzinger y hoy lo advertimos en el modo como Benedicto XVI celebra los divinos misterios. Se ve que es un hombre de oración, un hombre de adoración, que nos invita a todos precisamente a vivir la liturgia como autentica adoración de Dios que nos sale al encuentro para comunicarnos su vida divina.
Entonces en este sexagésimo aniversario de la Ordenación Sacerdotal de Benedicto XVI tenemos la oportunidad de reflexionar sobre esto que es lo cotidiano o por lo menos es lo dominical para los católicos: cómo participar cada vez mejor de la liturgia con autentica devoción, con espíritu de adoración y reconociendo las sacralidad de ese misterio del cual el Señor nos concede participar para unirnos a él y entre todos.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

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