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miércoles, 7 de septiembre de 2011

¡Con las Imágenes No!

 

argentina_catolica

 

Recordar los orígenes cristianos del pueblo argentino puede parecer un tema recurrente, y hasta remanido, dada la abundancia de las fuentes que así lo acreditan y la consustancialidad misma de la nación histórica con la Fe Católica en cuyo nombre, y a cuyo abrigo, se fundaron TODAS las ciudades que dieron nacimiento (a través de los“pactos preexistentes” a que alude el preámbulo de la constitución) al Estado federal.

 

En efecto: San Salvador de Jujuy, San Felipe de Lerma en el Valle de Salta, San Miguel del Tucumán, San Fernando del Valle de Catamarca, Todos los Santos de la Nueva Rioja, San Jerónimo en Córdoba de la Nueva Andalucía, Santa Fe de la Vera Cruz, San Juan de Vera de las Siete Corrientes, San Juan de la Frontera, Ciudad de Mendoza del Nuevo Valle de la Rioja con Santiago Apóstol como Patrón de las Españas, Santiago Apóstol del Estero, San Luis de la Punta, Concepción del Uruguay (Entre Ríos) y la Ciudad de la Santísima Trinidad en el Puerto de Santa María del Buen Ayre (las catorce provincias originales), no me parecen moco de pavo a la hora de advertir la configuración cristiana de la, ahora llamada, República Argentina.

 

Por si se supusiera que aquellos hitos fundacionales no se mantuvieron en el tiempo, no habría más que dirigir una mirada a los incontabilísimos patronazgos religiosos de prácticamente TODAS las ciudades, villorrios y pueblitos del país, desde Nuestra Señora de Luján, Patrona de las tres repúblicas del Plata (Argentina, Uruguay y Paraguay), pasando por María Auxiliadora patrona del campo y de la Patagonia argentina, hasta Nuestra Señora del Carmen y Nuestra Señora de la Merced generalas del Ejército, por voluntad y decisión de los dos principales prohombres de la patria, don José de San Martín y don Manuel Belgrano.

 

Se podría acudir también a los colores de la Bandera que son los de la Purísima Concepción de María (por ser los colores de la Casa real de Borbón española), a la presencia indiscutida y principalísima de los frailes dominicos y mercedarios en la Junta de Mayo de 1810 y a la acción decisiva de los clérigos en el Congreso de Tucumán de 1816.

 

Ni qué decir del contenido dogmático de nuestras cartas y reglamentos constitucionales, las invocaciones permanentes y repetidas no sólo al Dios de inmensa majestad o a la fuente de toda razón y justicia, sino básicamente a la Santísima Trinidad, y los juramentos, de rodillas, formulados en tan augusto Nombre por los miembros de la Primera Junta, núcleo primario de la “nueva y gloriosa nación” que, por ende, como en un santo bautismo, imprimió carácter.

Es que, aún los deístas, los liberales y los francmasones de nuestros turbulentos siglos XIX y XX no dejaron jamás de reconocer las características cristianas del país que integraban y que, a las veces, presidían.

 

Como muestras algunos botones que no pertenecen a mi cofradía:

Bernardino Rivadavia, personaje deplorable si los hubo, reformador de la Iglesia de la provincia de Buenos Aires, más por imitación de las desamortizaciones que había observado en Europa que por espíritu anticlerical (de hecho, practicaba ejercicios espirituales). Era, más bien, un regalista demodé.

 

Domingo Faustino Sarmiento, francmasón de la primera línea, escribió y difundió, con todo, un catecismo de primeras nociones que bien harían hoy los obispos en resucitar (ante tanta bagatela de paulinos y claretianos).

 

Julio Argentino Roca, expulsó al Nuncio apostólico y promovió las primeras leyes laicistas en la familia y en la educación. Empero, trajo a los misioneros de don Bosco a nuestra inhóspita meseta patagónica y, se diría que por tiro indirecto, colaboró en la aparición de nuestro querido beato mestizo Ceferino Namuncurá.

Tan sólo por quedarnos en el siglo XIX, ya que en el XX son notorios los orígenes cristianos de los dos grandes movimientos que lo llenan: radicalismo (de cuño federalista) y justicialismo (abrevado en la doctrina social de la Iglesia).

 

Otro cantar es precisar la ortodoxia de todos ellos, los vericuetos históricos de la secesión de la Corona de Castilla, los móviles profundos de las guerras civiles (unitarios –federales; peronistas– antiperonistas, etc.) o el surgimiento de minorías activas de anticlericales, más a imitación lamentable del furibundo anticlericalismo español (comecuras y quema iglesias), que por espontánea convicción personal.

 

La tónica cristiana histórica del país no puede ponerse en crisis a riesgo de renegar de su íntegro pasado que lo constituye, para convertirnos, de pronto y como dice el tango, en parias del destino y en suicidas inconscientes que, brutalmente, interrumpirían así la continuidad temporal de las generaciones, pecando doblemente contra la justicia y contra la piedad.

 

Y esto, precisamente, en un tiempo de peligrosa globalización mundialista que tiende, y se propone, aniquilar todas las singularidades, las peculiaridades y las idiosincrasias de los pueblos y culturas del orbe.

 

Eludir la memoria de la historia común implicaría aniquilar las sagradas reliquias que todavía perviven en nuestro alocado presente nacional. La toponimia se alzaría, entonces, como un grito inmortal de nuestros padres y ancestros que consagraron estas tierras del Plata al Dios de la Biblia, con la sangre de la espada, con el sudor del arado, con la pluma de la palabra.

 

El gramscismo idiotizante de la Sra. Lubertino no se dirige a salvaguardar ninguna “neutralidad” del Estado (en este caso el “artificio” -Jorge Asís dixit- de la Ciudad autónoma) sino que tiene por único y palmario objetivo el ataque mortal a las esencias originarias de una patria, cuyas raíces desconoce y de cuyas epopeyas abomina.

 

Ningún bien se nos seguirá de suprimir el emblema del dolor injusto y redentor (eso es en síntesis el Crucifijo), o las imágenes de una Madre adolorida y misericordiosa, en una etapa de la vida nacional signada por la impunidad de los criminales poderosos y por el predominio hegemónico de la injusticia, la intolerancia, la negación de la legítima laicidad; sin entrar a debatir aquí la significación última del Estado moderno como un orden artificial.

 

Aquí, por el contrario, se trata de un laicismo trasnochado, disfrazado una vez más de presunta “neutralidad” religiosa pero que destila el más sutil de los venenos ideológicos: el odio a la trascendencia divina, atacada por un relativismo metafísico y ético que detesta de toda afirmación rigurosa y de toda loable búsqueda de la verdad.

 

Por lo demás, nuestros “ideologuitos” de tertulia no hacen más que imitar malamente algunas de las desafortunadas iniciativas de la agnóstica Unión Europea, de cuyos emolumentos la mayoría de ellos aprovecha.

 

Es aplicable al Estado argentino y a algunos “originales”órganos judiciales lo que Joël-Benoît D’Onorio considera del tribunal europeo de derechos humanos que “permanece manifiestamente atrincherado en la frialdad de sus razonamientos tecnocráticos, desvinculado del mundo y de sus realidades religiosas, históricas y sociológicas, como parapetado en su autismo jurídico…”

 

No creo nada en estos revolucionarios de morondanga (¡vaya si algunos lo son!) que, vacíos de toda iniciativa para desarrollar a la nación, paliar la desnutrición de sus niños, proteger a los más débiles y jerarquizar los niveles de una enseñanza que nos ha colocado en el más bajo de los ranking internacionales, se empeñan, en cambio, en eliminar las dulces y benéficas imágenes de la Virgen Nuestra Señora, doncella hebrea hija de Abrahán y Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, única, sola y última Esperanza de los humildes.

Ricardo Fraga

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