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lunes, 26 de septiembre de 2011

Apocalypto, de Mel Gibson

 

Mel Gibson haciendo indicaciones a los actores en la filmación

 

Vapuleada en todo el mundo, como era de esperarse por la cáfila de críticos progresistas, indigenistas y zurdos afines, en febrero de 2006 se estrenó en Buenos Aires la película Apocalypto, de Mel Gibson.
No bien se ilumina la pantalla, el espectador ya tiene plena certeza de que se ha topado con una obra incómoda; una frase del filósofo e historiador estadounidense Will Durant (1885-1988) explica descarnadamente las intenciones del director: «Una gran civilización no es conquistada desde afuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde adentro». En efecto, Apocalypto nos ubica frente al último acto del Imperio Maya, que se viene abajo no sólo por las guerras, las plagas, la hambruna o la sequía: el demonio mismo se ha hecho señor de las almas, y bajo la figura del dios Kukulcán, versión maya de la Serpiente Emplumada, ordena aplacar su sed de cadáveres mediante los más horrendos sacrificios humanos. Ruedan cabezas desde lo alto de las pirámides truncadas, se descuajan corazones palpitantes sobre el altar del templo, el hedor de la sangre es celebrado con rugidos por la hirviente multitud. Cabe aquí una breve aclaración para los lectores más jóvenes, rehenes del Pensamiento Único y amamantados mentira tras mentira por las leyendas negras del sistema educativo y por tiernas películas como Danza con lobos (1990) o la idílica Pocahontas (1995): el marco histórico de Apocalypto, que acabo de describir, no es un invento de Gibson y su coguionista, Farhad Safinia. Cualquier estudioso de las civilizaciones precolombinas sabe de sobra que las cosmogonías de muchos de estos pueblos eran enormemente perversas y sanguinarias, que los vencidos eran sometidos a las prácticas más espantosas. Hecha esta conveniente digresión, volvamos al punto de partida de la película.
Una fuerza de invasión al mando del sádico guerrero Lobo Cero viene destruyendo todo a su paso, y le ha llegado la hora a la pacífica tribu de Garra de Jaguar, el protagonista de la historia. Después de haber devastado cada rincón, Lobo Cero y su tropa llevan secuestrados a los sobrevivientes, quienes en la gran ciudad serán vendidos como esclavos o asesinados bajo los puñales de los hechiceros. Pero una intervención milagrosa le permite al héroe escapar… y así comienza una de las más intensas persecuciones de la historia del cine, una tortuosa travesía entre la selva y sus peligros: Garra de Jaguar debe salvar su propia vida para regresar a su aldea y rescatar a su familia, que él había logrado ocultar antes de que se lo llevaran. Vemos que la historia, gloriosamente lineal y más y más vertiginosa a cada escena, sigue esa directriz narrativa, alma de las narraciones clásicas, que es la travesía del héroe: un hombre es arrancado de su pueblo, recibe una misión, desciende a los infiernos y luego vuelve a su gente para conducirla y empezar de nuevo. Prototipo del director viril, Mel Gibson se siente a sus anchas con las posibilidades expresivas que brinda un tema semejante. Piénsese en Corazón valiente (a pesar de algunas torceduras históricas), que estrenó en 1995. Y, sobre todo y por supuesto, en La Pasión de Cristo (2004), en la que narra la hazaña más excelsa de la historia humana.
            Pero ya lo decía el profesor Genta: hoy los mandamases no necesitan héroes sino masas. La sola presencia del héroe perturba, es un reproche implícito y contundente a los patanes, a los tibios y a los cobardes. En estos tiempos antiheroicos, el tema del héroe es, pues, un asunto contrarrevolucionario, católico por excelencia: viene a recordarnos que aún quedan muchas cosas por las cuales es necesario jugarse entero, hasta dar incluso la vida misma. “Yo soy Garra de Jaguar —declara en un momento el protagonista, desafiante—, hijo de Cielo de Pedernal. Mi padre cazó en esta selva antes de mí. Yo soy Garra de Jaguar. Yo soy un cazador. Esta es mi selva. Y mis hijos cazarán con sus hijos después que yo me haya ido”. Nada más políticamente incorrecto, desde ya, que defender con orgullo la pertenencia a la patria —aunque esta sea una selva infecta— y a la propia familia. Para colmo, Mel Gibson —a quien las críticas y el qué dirán le importan menos que el bien común a un senador— fue claro al explicar que su nueva creación cinematográfica es una parábola de la civilización moderna, que contiene dentro de su “progreso” los gérmenes de la destrucción y avanza día a día hacia el desastre. Y es así. Muy pronto se verá que los principales problemas del “mundo libre” no son el terrorismo y sus bombas: es la vida regalada, el antinatalismo, el pacifismo dialoguista, el renegar de las virtudes que hicieron a Occidente lo que fue. La lujuria, y no los bárbaros, fue la principal caída del Imperio Romano. Como reza el epígrafe de Apocalypto, la destrucción —humo de Satanás mediante— viene de adentro.

 

Apocalypto, fotograma del filme.

Templo de los sacrificios humanos ofrecidos al dios sol Kukulcan.

 

            Pero esa especie de gramscismo al revés instilado por Mel Gibson —y que, como si esto fuera poco, hizo estallar las boleterías en la primera semana de su estreno en USA— no podía quedar impune. Vuelve la inútil campaña que en su momento se montó contra La Pasión… y cuyo fin era defenestrar el trabajo de un equipo de artistas con el coraje suficiente como para anunciar en este mundo cristofóbico a Cristo —a un Cristo real, alejado de esos simpáticos rubiecitos de ojos azules a que el cine nos había acostumbrado. Y vuelve, la felonía a-crítica, en formato nuevo. Formato roussoniano esta vez, de la mano del mito del Buen Salvaje. Sería impensable citar siquiera una mínima parte de las pullas que los medios han desparramado sobre esta perla: en dichas diatribas pululan hasta el hartazgo expresiones como “ofensiva”, “racista”, “excesiva”, “brutal”, “extrema violencia”, “baño de sangre”. Pero, nobleza obliga: tanto se ha esforzado últimamente nuestro espónsor Página/12 en promocionar a Cabildo que no podíamos dejar de retribuirle al pasquín tanta gentileza. En las líneas iniciales de su crítica a Apocalypto, un tal Luciano Monteagudo aventura lo siguiente: “Un director de cine que glorifica la violencia más brutal, que se solaza con la sangre, que se regodea con las armas y con el repetido martirio de la carne, que se fascina con los gritos de guerra y con las escenas de masas, que hace un culto de la virilidad, de la fuerza física y de los testículos, ese director no puede ser otra cosa que un fascista” —“fascista”: apareció la palabra mágica, la clave de oro que le abre las puertas de gabinetes, redacciones y ministerios a quien la profiera—. Que yo sepa, nadie osó jamás acusar de “fascista” a Steven Spielberg cuando en Indiana Jones y el templo de la perdición (1984) muestra con lujo de detalles cómo el gurú de los tuggies le arranca su corazón a un hombre a mano limpia. Tampoco nadie acusa de fascista a Julio Cortázar cuando para su cuento “La noche boca arriba” se vale del mismo marco histórico que Mel Gibson muestra en su película. En cuanto al “regodeo con las armas”, ¿acaso algún medio tildó de “fascista” a Hugo Chávez cuando en 2005 le compró a Rusia cuarenta helicópteros y cien mil fusiles de asalto AK-47? ¡Qué orgulloso se lo veía al mucamo de Fidel portando su fusil de asalto frente a las cámaras!
            Entendámoslo de una vez: lo que les molesta a los mercaderes, a los depredadores ideológicos y al zurdaje no es el baño de sangre ni las masitas ni los testículos. Lo que no pueden perdonarle a Mel Gibson es la aparición salvífica, en el final de la película, de la Cruz y la Espada. Es el duro mentís que le arroja en la cara al indigenismo, esa recreación ficticia del pasado indígena, esa herramienta del odio a España y a la Santa Iglesia que la envió en misión, lo que no pueden soportar. Es el crudo recordatorio de qué sucede en una nación no bautizada cuando se la deja librada a las consecuencias del pecado original, a la tendencia al mal. Es la dura profecía de lo que puede sucederle a un mundo apóstata, a una sociedad des-bautizada, a una Unión Europea que en su Constitución no menciona siquiera en una línea el nombre de Cristo. Es por eso que no pueden ver a Gibson. Otra que testículos. Ya lo dijo Hugo Verdera en su conferencia “Antonio Gramsci y el cambio de sentido común”, dictada el año pasado en el IX Encuentro de Formación Católica organizado en Luján por el Círculo de Formación San Bernardo de Claraval: “Es la pasión de Cristo lo que molesta, no la de Mel Gibson”. Parafraseándolo, podemos decir que no es el Apocalypto de Gibson lo que molesta. Lo que molesta es el Apocalipsis bíblico y el regreso del Mesías; la esperanza de “un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia” (2Pedro 3, 13), que Apocalypto figura al sugerir, en su último plano, la búsqueda de un “nuevo comienzo”.

Por Marcelo Di Marco (Revista “Cabildo”, N° 62)

 

 

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