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miércoles, 31 de agosto de 2011

Sermón del Cardenal Newman: ¡Velad!

¡Mirad!, ¡velad!, porque no sabéis cuándo será el tiempo”.
Mc. 13: 33

 

Nuestro Salvador formuló esta advertencia cuando estaba por dejar este mundo—esto es, en lo que a su presencia visible se refiere. Pero contemplaba el futuro, dirigía su vista hacia los muchos cientos de años que habrían de pasar antes de que volviera. Conocía su propósito y el propósito de su Padre, dejando gradualmente al mundo para que se arreglara por sí mismo, quitando gradualmente las prendas de su graciosa presencia. Contemplaba todo lo que sucedería… contemplaba todas las cosas, la creciente negligencia respecto de su persona, negligencia que se extendería incluso entre los que se profesaban seguidores suyos; la descarada desobediencia y las insultantes palabras que le dedicarían a Él y a su Padre de parte de muchos que Él había regenerado: y la frialdad, cobardía y tolerancia para con el error que desplegarían otros que no llegaban tan lejos como para directamente hablar o actuar en su contra. Anticipaba el estado del mundo y de la Iglesia, tal como la vemos hoy en día, cuando su prolongada ausencia ha hecho que prácticamente se crea que nunca más volverá con presencia visible: y en el texto que nos ocupa nos susurra misericordiosamente a los oídos que no confiemos en lo que vemos, que no compartamos esa general incredulidad, que no nos dejemos llevar por el mundo, sino que “miremos, vigilemos y recemos” y esperemos Su Venida.

 

Por cierto que deberíamos tener presente esta graciosa advertencia en todo tiempo, siendo que es tan precisa, tan solemne, tan seria. Profetizó su Primera Venida y sin embargo tomó por sorpresa a su Iglesia cuando vino; mucho más repentina será la segunda vez, cuando sorprenda a los hombres con su Parusía, ahora que no ha indicado intervalo de tiempo alguno como sí lo hizo otrora, sino que dejó librada a nuestra vigilancia la guarda de nuestra fe y la custodia de nuestro amor.

 

Consideremos pues esta cuestión tan grave que a todos nos concierne de manera tan íntima: ¿en qué consiste esto de vigilar, de velar por la venida de Cristo? Él nos dice: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo volverá el Señor de la casa, si en la tarde, o a la medianoche, o con el canto del gallo, o en la mañana, no sea que volviendo de improviso os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc. 13: 35-37). Y en otro lugar: “Si el dueño de casa supiese a qué hora el ladrón ha de venir, no dejaría horadar su casa.” (Lc. 12: 39). Advertencias parecidas, tanto de Nuestro Señor como de sus Apóstoles, se hallan en otros lugares. Por ejemplo está la parábola de las Diez Vírgenes, cinco de las cuales eran sabias y cinco necias, que resultaron sorprendidas por el novio que se demoraba y que apareció de repente hallándolas desprovistas de aceite. Sobre lo cual, comenta Nuestro Señor: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”. (Mt. 25: 13). Y otra vez: “Mirad por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería y embriaguez, y con cuidados de esta vida, y que ese día no caiga de vosotros de improviso, como una red; porque vendrá sobre todos los habitantes de la tierra entera. Velad, pues, y no ceséis de rogar para que podáis escapar a todas estas cosas que han de suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lc. 21: 35-36). Y de igual manera lo retó a Pedro en términos parecidos: “Simón, ¿duermes? ¿No pudiste velar una hora?” (Mc. 14: 37).

 

De manera parecida San Pablo en su Epístola a los Romanos: “Hora es ya que despertéis del sueño… La noche está avanzada, y el día está cerca” (Rom. 13: 11, 12). Y nuevamente: “Velad; estad firmes en la fe; comportaos varonilmente” (I Cor. 16: 13); “Confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos con la armadura de Dios, para poder sosteneros contra los ataques engañosos del diablo… para que podáis resistir en el día malo, y habiendo cumplido todo, estar en pie” (Ef. 6: 10, 13); “No durmamos como los demás; antes bien velemos y seamos sobrios” (I Tes. 5: 6). Y de modo parecido, San Pedro: “Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar” (I Pet. 5 :8). No menos que San Juan: “He aquí que vengo como ladrón. Dichoso el que vela y guarda sus vestidos” (Apoc16: 15).

 

Ahora bien, considero que esta palabra, velad, usada originalmente por Nuestro Señor, luego por su discípulo preferido, luego por los dos grandes Apóstoles, Pedro y Pablo, es una palabra notable, notable porque la idea que expresa no resulta tan obvia como podría parecer a primera vista, y luego porque todos insisten tanto en ella. No es que tengamos que creer simplemente, sino velar también; no basta con amar, sino que tenemos que velar también; simplemente obedecer, sino velar también; velar, estar vigilantes —¿por qué cosa? Por ese gran acontecimiento, la Segunda Venida de Cristo. Por tanto, ora nos detengamos a considerar el sentido obvio de la palabra, ora el Objeto sobre el cual versa, nos parece ver que se nos insta a un deber especial que naturalmente no se nos habría ocurrido. La mayoría de nosotros tiene una idea general sobre qué se quiere significar con las palabras creer, temer, amar y obedecer; pero a lo mejor no contemplamos o no entendemos enteramente lo que se quiere decir con velar, con estar vigilantes.

 

Y me da por pensar que es una herramienta muy práctica para distinguir entre los verdaderos y perfectos sirvientes de Dios y la multitud de los llamados cristianos; distinguir entre ellos, entre quiénes son, no diré falsos o reprobados, pero cuyo mismo talante hace que no podamos decir gran cosa sobre ellos, ni hacernos demasiada idea de cuál será su suerte. Y al decir esto, no vayan a entender que estoy sugiriendo —pues en modo alguno lo estoy haciendo— que podamos tener por cierto quiénes son los perfectos y quiénes son los cristianos incompletos o de doblez; ni tampoco que aquellos que discurren e insisten sobre estos tópicos parusíacos se encuentran del lado bueno de la divisoria. Sólo me refiero a dos tipos de personalidades: uno de carácter veraz y consistente y aquel otro —el inconsistente; y digo que serán separados no poco por este único rasgo— los cristianos dendeveras, sean quiénes sean, vigilan, y los cristianos inconsistentes, no. Pues bien, ¿qué es vigilar?

 

Se me ocurre que se puede explicar como sigue: En el curso ordinario de la vida—¿conocen la sensación de estar esperando a un amigo, anticipando su llegada y luego resulta que se demora? ¿Saben lo que es pasarla en compañía desagradable, deseando que el tiempo pase de una vez y llegue la hora en que se los deje en libertad? ¿Han visto lo que es estar ansiosos no sea que algo suceda, que bien puede que ocurra o que no, o vivir en suspenso respecto de algún acontecimiento importante que nos hace latir el corazón cada vez que nos acordamos y que es la primera cosa en la que pensamos al despertar por la mañana? ¿Saben cómo es tener un amigo en un país distante, estar esperando noticias suyas y andar preguntándose día tras día sobre cómo andará y si acaso está bien? ¿Han experimentado lo que es vivir pendiente de alguien presente, que vuestra mirada sigue la de él, que leen su alma, que advierten cada cambio en su semblante, que anticipan sus deseos, que los hace sonreír si sonríe, y que los entristece si está triste, y que los apena si está enojado y cuyos triunfos los llena de gozo? Velar por Cristo es un sentimiento análogo; en la medida en que los sentimientos de este mundo valen como sombras de aquél otro.

 

Vela por Cristo quien dispone de un alma sensible, solícita, receptiva; un alma viva, atenta, alerta, celosa en su búsqueda y de Su honra; que lo busca en cada cosa que sucede, y que no se sorprendería, que no se hallaría sobre-excitado ni abrumado si cae en la cuenta de que Él está por venir en seguida.

 

Y quien anticipa el futuro, pero también contempla el pasado (y lo hace de tal modo que no se admira de los bienes que adquirió su Salvador para él de tal forma que vaya a olvidar cuánto no sufrió por él), pues bien, ése vigila con Cristo. Vela con Cristo quien en todo tiempo conmemora y renueva en su propia persona la Cruz y Agonía de Cristo y que acepta gozoso aquella manta de aflicción que Cristo usó cuanto estuvo entre nosotros y que dejó tras suyo cuando ascendió a los cielos. De aquí que en las Epístolas, así como también los autores inspirados, a menudo exhiben su deseo por su Segunda Venida, bien que tampoco por eso jamás dejan de tener presente su Crucifixión y su Resurrección. Así, si San Pablo le recuerda a los romanos que deben esperar la redención de su cuerpo en el último día, también agrega que “si sufrimos juntamente con Él, también seremos glorificados con Él” (Rom 8: 11, 17). Y si le habla a los Corintios de “aguardar la revelación de nuestro Señor Jesucristo” (I Cor. 1: 7), también les habla de llevar “por doquiera en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (II Cor. 4: 9). Y cuando a los Filipenses les habla de “la virtud de la Resurrección”, inmediatamente insta a “la participación de sus padecimientos—conformados a la muerte Suya” (Fil. 3: 10). Si consuela a los Colosenses con la esperanza de aquella hora “cuando se manifieste nuestra vida, que es Cristo” (Col. 3: 4), es porque ya les había declarado que suple “en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor del Cuerpo Suyo que es la Iglesia” (Col. 1: 24). Así, el pensamiento de lo que es Cristo no debe remover de nuestras mentes el pensamiento de lo que fue; y la fe siempre está penando con Él mientras se regocija. E igual unión de pensamientos contrarios se nos imprime con la Santa Comunión, en la que vemos la muerte y la resurrección de Cristo a una, como una y la misma cosa al mismo tiempo; conmemoramos una, nos regocijamos en la otra; hacemos una ofrenda y obtenemos una bendición.

 

Por tanto, esto es velar: estar desapegados del presente y vivir en lo que es invisible; vivir pensando en el Cristo —cómo vino una vez, cómo volverá; desear su Segunda Venida y que ese deseo proceda del recuerdo afectuoso y agradecido por su venida aquella primera vez. Y en esto encontraremos que en general los hombres se muestran deficientes. Por cierto que también les falta fe y caridad; pero por lo menos profesan contar con esas gracias y no resulta fácil convencerlos de que no es así. Pues consideran que tienen fe si reconocen que la Biblia es palabra de Dios o si confían enteramente su salvación a Cristo; y consideran que tienen caridad si obedecen a algunos de los mandamientos más obvios de Dios. Creen tener fe y caridad; pero den por descontado que ni se les ocurre imaginar siquiera que velan. Lo que significa velar, y cómo se trata de un deber —sobre eso no tienen ninguna idea precisa. Y así es que el asunto este de velar, de paso viene a constituirse en prueba apropiada para establecer quién es cristiano, toda vez que resulta una faceta esencial de la fe y del amor. Aun así los hombres de este mundo ni siquiera lo profesan. E insisto: velar es propiedad específica de la fe y del amor, constituye la vida o la energía de aquellas virtudes y es el modo en que, si son genuinas, se manifiestan.

 

Resulta fácil ejemplificar lo que quiero decir con ejemplos de experiencias de la vida que todos tenemos. Indudablemente son muchos los que se mofan abiertamente de la religión, o que al menos desobedecen abiertamente sus leyes; mas consideremos aquellos que tienen almas un poco más sobrias y son un poco más concienzudos. Cuentan con un buen número de cualidades, y en cierto sentido y hasta cierto punto se puede decir que son religiosos. Pero no velan. Brevemente dicho, sus nociones acerca de la religión son éstas: se trata de amar a Dios, sin duda, pero también de amar al mundo; no sólo cumpliendo con su obligación sino también encontrando su principal y más elevado bien en aquel estado al que Dios ha querido llamarlos, descansando en eso, tomándolo como debido. Sirven a Dios, y lo buscan; pero contemplan al mundo presente como si fuera eterno, no como un telón de fondo, el paisaje meramente pasajero detrás de los deberes que tienen que cumplir y de los privilegios de que disfrutan—nunca contemplan la perspectiva de que un día serán separados de todo eso. No es que vayan a olvidarse de Dios, ni que dejen de vivir según sus principios, o que se olviden de que los bienes de este mundo son Su regalo; pero los aman por sí mismos más que por gratitud a su Dador, y cuentan con que estas cosas van a permanecer —como si esos bienes fueran a permanecer tanto como sus deberes y privilegios religiosos. No entienden que son llamados a ser extranjeros y peregrinos sobre esta tierra, y que su suerte en este mundo y los bienes mundanos que les tocó en suerte no son sino una especie de accidente de su existencia, y que en rigor no tienen derecho de propiedad sobre ellos, por más que las leyes humanas les garantice tal propiedad. Entonces, y de acuerdo con esto, ponen su corazón en estos bienes, sean grandes o pequeños, y todo esto con algún sentido de religión—pero en cualquier caso, idolátricamente. Ésta es su falta —una identificación de Dios con el mundo y por tanto una idolatría de este mundo; y así se ven libres de los trabajos que supone aguardar a su Dios, pues creen que ya lo han encontrado en los bienes de este mundo. Por tanto, mientras son dignos de alabanza por razón de muchos de sus comportamientos y si bien resultan benévolos, caritativos, gentiles, buenos vecinos y útiles para su generación —y más todavía, aunque quizás se muestren constantes en el cumplimiento de los deberes religiosos ordinarios establecidos por la costumbre, y si bien despliegan muchos sentimientos rectos y amables y son muy correctos en sus opiniones e incluso a medida que pasa el tiempo mejoran su carácter y su conducta, y corrigen mucha cosa en la que andaban mal, y ganan en dominio de sí, maduran el juicio y por tanto son tenidos en gran estima— aun así está claro que aman este mundo, se muestran renuentes a dejarlo y desean aumentar la cantidad de sus bienes. Les gusta la riqueza, la distinción, el prestigio y ejercer influencia. Puede que mejoren en conducta, pero no en sus objetivos; van para adelante, pero no ascienden; se mueven en un nivel bajo, y aun cuando se movieran para adelante durante siglos enteros, jamás se levantarían por sobre la atmósfera de este mundo. “Estaré en pie sobre mi atalaya, me apostaré sobre la muralla, y quedaré observando para ver qué me dirá Yahvé y qué responderá a mi querella” (Habacuc I2: 1). Éste es el ánimo, el talante que no tienen; y cuando pensamos cuán raro resulta encontrarlo entre los que se profesan cristianos, caeremos en la cuenta de por qué Nuestro Señor se muestra tan urgido en recordarlo —como si hubiera dicho “Les aviso, seguidores míos, mis discípulos, les advierto contra la abierta apostasía; no será con todos así; pero anticipo que muy pocos se mantendrán en vela y vigilantes mientras Yo esté fuera. Benditos los sirvientes que así lo hagan; pocos son los que me abrirán inmediatamente, ni bien golpee la puerta. Pues resulta que siempre van a tener que hacer algo antes; necesitarán de tiempo para prepararse. Tendrán que recuperarse de la sorpresa y confusión que caiga sobre ellos ni bien se enteren de mi Venida, y requerirán tiempo para prepararse adecuadamente y componer apropiadamente sus pensamientos y afectos. Se sienten muy bien así como están; y desean servir a Dios tal como lo están haciendo. Están satisfechos con permanecer sobre la tierra; no desean moverse; no desean cambiar.” Por tanto, sin negar que esta gente merezca alabanza por muchos de sus hábitos y prácticas, diría que les falta el corazón tierno y delicado que pende del pensar en Cristo y que vive en Su amor.

 

El hálito del mundo tiene un peculiar poder para lo que podría llamarse la oxidación del alma. El espejo dentro suyo, en lugar de devolver el reflejo del Hijo de Dios su Salvador, exhibe una imagen pálida y descolorida; y de aquí que disponen de mucho bien dentro suyo, pero sólo está ahí, dentro suyo —esa imagen no los atraviesa, no está a su alrededor y sobre ellos. Sobre ellos se encuentra otra cosa: una costra maligna. Piensan con el mundo; están llenos de las nociones del mundo y de su forma de hablar; apelan al mundo, y tienen una especie de reverencia para lo que el mundo tiene que decir. En esta gente uno encuentra ausente una cierta naturalidad, una sencillez y una aptitud infantil para ser enseñados. Resulta difícil conmoverlos, o (lo que podría decirse) alcanzarlos y persuadirlos para que sigan un rumbo recto en materia religiosa. Se apartan cuando uno menos lo espera: tienen reservas, hacen distinciones, formulan excepciones, se detienen en refinamientos, en cuestiones en las que al final no hay sino dos lados, el bueno y el malo, la verdad y el error. En tiempos en que deberían fluir cómodamente, sus sentimientos religiosos se traban; en su conversación, o bien se muestran tímidos y nada pueden decir, o bien parecen afectados y tensos. Y así como el óxido corroe el metal y se lo devora, así el espíritu del mundo penetra más y más profundamente en el alma que alguna vez lo dejó entrar. Y así parece que este es uno de los grandes fines de la aflicción, esto es, que frota, raspa y limpia el alma de estas manchas exteriores y en alguna medida la mantiene en su pureza y luminosidad bautismal.

 

Pues bien, por cierto que no puede dudarse de que en la Iglesia hay multitud de gente como la que he estado describiendo y que no podrían darle de inmediato la bienvenida al Señor cuando su Segunda venida. Claro que no podemos aplicar lo que se ha dicho a este o a este otro individuo en particular; pero en general, mirando a las multitudes, tampoco nos podemos equivocar. Puede haber excepciones; pero después de separar a la mayor cantidad con toda clase de deducciones, tiene que quedar un gran cuerpo de gente que responde a esta etopeya: gente con cierta doblez, tratando de componer cosas incompatibles. De esto podemos estar perfectamente seguros, bien que Cristo nada dijo sobre el particular. Y es una idea solemne y grave, ésta de que de hecho Cristo específicamente nos llamó la atención sobre este peligro, el peligro de la religiosidad mundana, pues así se puede llamar, por más que sea una cierta religiosidad —esta mezcla de religión e infidelidad, que en verdad sirve a Dios, pero que ama las modas, las distinciones, los placeres, las comodidades de esta vida, que se complace en la prosperidad, que ama la pompa y las vanidades, que exhibe tantas particularidades respecto de la comida, el vestido, la casa, el mobiliario y los asuntos domésticos, que corteja a los prominentes y que apunta a obtener una posición en la sociedad. Cristo le advierte a sus discípulos del peligro de permitir que sus almas se distraigan y ya no piensen en Él, no importa cuál el motivo; les advierte contra todas las distracciones, contra todos los encantos de este mundo; les advierte solemnemente que el mundo no estará preparado para Su Venida y les implora tiernamente que no tengan parte alguna de este mundo. Les advierte con el ejemplo del rico cuya alma sería llamada, con el de los sirvientes que comían y bebían porque el Amo tardaba, con el de las vírgenes necias. Cuando Él venga, todos y cada uno de ellos querrá más tiempo; sus cabezas estarán confundidas, sus ojos mareados, la lengua seca, las piernas temblando como a quién se lo despierta repentina y abruptamente. De inmediato no podrán recomponer sus sentidos y facultades. ¡Temible idea! El cortejo nupcial pasa raudo—hay ángeles ahí, los justos y perfectos están ahí, niños pequeños y maestros santos, los santos revestidos de luz y los mártires lavados en sangre; han llegado las bodas del Cordero y Su esposa se ha preparado. Ya se ha atildado: mientras nosotros hemos estado durmiendo, ella se está revistiendo; ha estado agregando joya sobre joya y gracia sobre gracia; se ha ido rodeando de sus elegidos, uno por uno, y ha estado ejercitándolos en santidad y purificándolos para su Señor; y ahora ha llegado la hora de la boda. La Jerusalén Celestial está descendiendo y una voz proclama en alta voz: “¡Mirad, llega el novio! ¡Salid a su encuentro!”, pero nosotros lamentablemente nos hallamos encandilados con aquel resplandor de luz y así como no le damos la bienvenida a semejante voz, tampoco la obedecemos —y todo esto ¿para qué? ¿Qué habremos ganado entonces? ¿Qué hará el mundo por nosotros en aquella hora? ¡Desgraciado mundo engañador! El que por entonces será consumido por el fuego, no sólo incapaz de valernos de algo, sino incapaz también de salvarse a sí mismo. En verdad que aquella será una hora de miseria, cuando tomemos plena conciencia entonces de lo que creemosahora, esto es, de que al presente estamos sirviendo al mundo.

 

Al presente jugamos con nuestra conciencia; y le hacemos trampa a nuestro mejor juicio; repelemos las indirectas de quiénes nos insinúan que estamos en colusión con un mundo que perece. Queremos gustar un poco de sus placeres y seguir sus caminos, y creemos que eso no tiene nada de malo con tal de que no olvidemos la religión por completo. Me refiero a que nos permitimos codiciar lo que no tenemos, jactarnos de lo que tenemos, menospreciamos a quiénes tienen menos; o nos permitimos profesar lo que no intentamos poner en práctica, nos permitimos argumentar por el sólo gusto de imponernos y ponemos en cuestión las cosas cuando deberíamos estar obedeciendo; y nos ufanamos de nuestros talentos dialécticos y nos creemos iluminados y despreciamos a quiénes tienen menos para decir en su favor, y nos explayamos con teorías propias que defendemos a muerte; o nos mostramos excesivamente solícitos y ansiosos por asuntos del mundo, y andamos resentidos, envidiosos, celosos, descontentos y de mal talante: de una u otra manera tomamos parte de este mundo y no lo queremos reconocer; obstinadamente nos negamos a creerlo. Sabemos que no somos enteramente irreligiosos y por tanto nos persuadimos de que tenemos religión; aprendemos a creer que resulta posible ser excesivamente religiosos, nos hemos enseñado a nosotros mismos que en realidad no hay nada elevado ni profundo en la religión que requiera gran ejercitación de los afectos, que constituya materia para sesuda y larga reflexión, que implique grandes trabajos para el alma. Andamos por la vida autocomplacientes y pagados de nosotros mismos, sin examinarnos, nunca vigilantes, nunca de pie y alertas, como el centinela que hace guardia de noche; pero avivamos nuestro propio fogón y nos deleitamos con sus chispas. Así estamos, o algo así, y en el Día se pondrá de manifiesto; el Día está próximo, y el Día sondeará nuestros corazones, de tal modo que incluso nosotros mismos caeremos en la cuenta de que hemos estado haciéndonos trampas, engañándonos con palabras, y que no hemos servido a Cristo, tal como el Redentor de las almas reclamaba, sino que hemos prestado un servicio magro, parcial, mundano y en realidad, sin contemplar a Aquél que está más arriba y aparte del mundo.

 

Año tras año… los años pasan silenciosamente; y la Segunda Venida de Cristo cada vez se acerca más. ¡Quiera Dios que a medida que Él se acerca a la tierra nosotros nos vayamos aproximando al Cielo! Hermanos míos, suplico que le recen para que les dé un corazón para buscarlo con toda sinceridad. Recen para que los haga solícitos. Sólo tienen un trabajo que hacer, que es seguirlo llevando la cruz. Determínense a hacerlo con Su Fuerza. Resuélvanse a no dejarse engañar por “sombras de religión”, por palabras, o por disputas, o por nociones, o por altisonantes declaraciones, o por excusas, o por las promesas o amenazas del mundo. Recen para que les otorgue lo que la Escritura llama “un corazón bueno y honesto”, o “un corazón perfecto”, y, sin solución de continuidad comiencen en seguida a obedecerle con el mejor corazón que tengan. Cualquier obediencia es mejor que ninguna —cualquier protesta o declamación separada de la obediencia es pura fachada y engaño. Cualquier religión que no los acerca a Dios es del mundo. Deben buscar su rostro; la obediencia es el único camino para buscarlo. Todos los deberes no son sino obediencias. Si quieren creer en las verdades que Él reveló, si desean regularse por sus preceptos, ser fieles a sus ordenanzas, adherir a su Iglesia y su gente, ¿por qué será, sino porque Él los llamó? Y hacer lo que Él quiere equivale a obedecerle, y obedecerle equivale a acercársele. Cada acto de obediencia es un paso más cerca, un paso más cerca de Aquél que no se halla lejos, aunque lo parezca, sino muy cerca—detrás de esta pantalla de cosas visibles que lo oculta. Él está detrás de esta estructura material; el cielo y la tierra no son sino un velo desplegado entre Él y nosotros; llegará el día en que rasgará ese velo y aparecerá ante nuestra vista. Y entonces, de conformidad con la intensidad con que lo hemos estado esperando, nos recompensará. Si lo hemos olvidado, nos desconocerá; pero “¡felices esos servidores, que el amo, cuando llegue, hallará velando! […] Él se ceñirá, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles. Y si llega a la segunda vela, o a la tercera y así los hallare, ¡felices de ellos!” (Lc. 12: 37-38). ¡Quiera Dios que a todos nosotros nos toque ese destino! Es duro alcanzarlo, pero desdichado el que falla.

 

Breve es la vida; cierta la muerte; y eterno el mundo por venir.

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