Archivos del blog

martes, 19 de julio de 2011

ALGUNAS REFLEXIONES ACERCA DE LA "LOCURA" ESPIRITUAL

263099_2209398995640_1267432036_2600317_4119026_n

¿Cómo expresar lo inexpresable? ¿De qué manera comunicar lo incomunicable?

            Si lo más grande es lo más difícil de decir...; si hasta en la oración nos faltan las palabras... ¿Cómo salir del atolladero, cómo romper esos diques tan sólidos que contienen el agua que brota de la fuente?

            Después de tanto tiempo y de innúmeros ensayos, seguimos forzando las vallas que no ceden y empujando muros que no caen.

            Una razón sigue a la otra. Medidas rígidas se implantan por doquier...

            ¿Cómo recuperar el silencio del Amor? ¿Cómo quebrar las duras cadenas que nosotros mismos hemos inventado para atarnos y ligarnos más a este mundo? ¿No llamamos, frecuentemente, a nuestros verdugos para que ciñan más los lazos que nos ahogan?

            Y es que... juzgamos tal cual vemos. Y como no lo vemos todo, como siempre es mucho lo que queda por el camino... Dejamos de lado cosas de muy alto valor y precio.

            "Si no veo, no creo".... Sentencia común y vulgar, con no poca fortuna en estos días que corren, como en tantos otros.

            Ya el Apóstol Tomás se escudó en semejantes comprobaciones, en ver y tocar, en meter la mano... Estar seguro, gracias al propio tacto, a las propias obras. Sobre todo cuando éstas se hallan en la misma línea de todos, en lo que todos hacen, en lo que todos aceptan, en lo que todos creen.

            Es el "ritmo del mundo", la medida vulgar que crea las más terribles servidumbres.

            Pero la respuesta del Señor pulveriza la acicalada cordura de cualquier siglo: -¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!

            ¡Sin haber visto! Entiéndase que con los ojos de carne. Sin haber tocado, sin haber rabiosamente constatado...

            Porque hay otras maneras de ver, y no son pocas. Porque ver, en lo profundo, es ir más allá, o volver más aquí, de los perfiles provisorios.

            El invitado no se queda en el umbral de la puerta, sino que entra... Se mete dentro.

            ¿Cómo? ¿De qué manera? ¡Innumerables veces nos complacemos señalando objetivos o ensayando soluciones! Y luego... nada. Que nos perdemos, que no sabemos hacia dónde seguir, que eso no es para nosotros..., y nos quedamos en ascuas.

            Ahora bien, eso quiere decir que el camino está por otro lado, que llamamos a una puerta equivocada y que, muy a menudo, nos endurecemos en ello.

            Locura es, para el mundo, abandonarlo todo y sumergirse en la Fe. Locura es la Cruz, locura esperar contra toda esperanza. Pero es precisamente ahí, en esta locura, donde radica nuestra vida, nuestro camino y la posibilidad de expresar lo... inexpresable. La "cordura" verdadera consiste, pues, en la "locura de Dios". Sobre todo, para que el hombre, en abandonarse -sin reparo alguno- al Amor que lo invade.

            Tal vez los primeros pasos, cualesquiera ellos sean, nos llevan por parajes desconocidos. En efecto, la primera aceptación de los dones de Dios genera algún desconcierto. La vida misma, que comprobamos haber recibido, es un misterio insondable, no sabemos de dónde viene ni a dónde va. Y si queremos mudarnos un poco más allá de las apariencias, no tardaremos en descubrir el abismo de la soledad.

            Soledad que está en proporción con la libertad y con la persona. Soledad que subsiste con todas las compañías posibles e imaginables. Soledad que no tiene lugar donde reposar la cabeza. Soledad que sólo naufraga en el "Mar de la Deidad", en el Corazón de Dios.

            El peregrino que se aventura en este viaje no halla consuelo. Y si pretende descansar en algo o en alguien, es por poco tiempo, provisoriamente y de lejos... ¿Quién pudiera darle lo que sólo regala Dios?

            El peregrino que aspira a los bienes mayores aparece -para el mundo que lo rodea- en el extenso horizonte de la locura, de esa "acopia" (locura) que lo pinta rebelde e insospechable.

            Y es ésta su condición, que lo deja solo, indefenso y vulnerable. Pero, paradójicamente, estará más cerca de todo y de todos, suyas serán las lágrimas de los que lloran, suyo el abandonó incomprensible de los inocentes, suya la grandeza y la dignidad que el resentimiento no puede soportar...

            Y suya será también la alegría. Porque habrá rechazado la adustez del mundo. La suma Sonrisa de un Niño, la Luz de sus ojos, lo han conquistado. Ya no sabe otra cosa.

            Un hombre, agobiado por sus penas, encontró -una vez- un niño en el parque. Casi no reparó en el pequeño, tal vez porque los niños nunca llamaron su atención. Un poco molesto por la inesperada presencia trató de alejarse... Pero el chico lo seguía. Entonces preguntó, el más grande al más pequeño, qué cosa quería; y éste le respondió que nada, que sólo intentaba jugar. No agradó a aquella persona mayor semejante invitación, ya que se tenía por muy seria.

            Por fin el muchacho volvió a preguntar: -¿no te dejan jugar? El otro se atemorizó. ¿Porqué no podía jugar? ¿No era libre, acaso, para ello? Entonces se inclinó. Allí abajo corría otro aire. El jovencito sonrió y lo llevó más allá de los confines de la madurez de los mayores.

            Enseguida exclamó el muchacho.-¡Despierta coloso, guardián de los bosques...!

            ¿A quién llama este niño? ¿De qué se trata? El pequeño señaló un grueso tronco de árbol que yacía en el suelo. El hombre tuvo una momentánea desilusión. Se sintió ridículo y no estaba dispuesto a franquear ciertos... límites. Pero el juego comporta riesgos insospechados.

            El niño le preguntó entonces, con gran candor, si nunca había visto dormir a un gigante... Y lo dijo de tal manera que maravilló a su perplejo compañero. Este se dio cuenta que su pequeño amigo creía realmente en cosas que, a su juicio, carecían de sentido.

            Porque el muchacho, en realidad, no atribuía el carácter de gigante durmiente a un viejo y derribado tronco de árbol, ni creía, ingenuamente, que tal lo fuera. El niño veía un coloso, guardián de los bosques, donde él sólo alcanzaba a descubrir un tronco caído...

            Don Quijote de la Mancha supo ver gigantes en los molinos de viento y adivinar sus hazañas en todos los caminos que transitaba; indescifrables para su sobrina, para el ama, para el cura, para el barbero y para tantos otros de la misma condición.

            Maravilloso desafío éste, en el verdadero desierto de los peregrinos a la casa del Padre. Sólo los niños, o los que se vuelven tales, tienen acceso a semejantes secretos. Sólo los niños, "cuyos ángeles ya contemplan, en el Cielo, el Rostro de Dios".

          

P. Fr. Alberto E. Justo, O.P.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario