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lunes, 20 de junio de 2011

LAS PENAS MEDICINALES

Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

EL CASTIGO COMO MEDICINA


Que Dios manda pruebas medicinales con el fin de castigarnos o corregirnos, es cosa hermosamente explicada por San Pablo en el capítulo XII de la Epístola a los Hebreos, donde nos dice, lleno de caritativa suavidad: “Porque el Señor al que ama le castiga y a cualquiera que recibe por hijo suyo, le azota. Aguantad, pues, firmes la corrección. Dios se porta con vosotros como con hijos. Porque, ¿cuál es el hijo a quien su padre no corrige? Pero si estáis fuera de la corrección de que todos han sido participantes, bien se ve que sois bastardos y no hijos. Por otra parte, si tuvimos a nuestros padres carnales que nos corrigieran, y a quienes respetábamos, ¿no es mucho más justo que obedezcamos al Padre de los espíritus, para alcanzar la vida? Y a la verdad, aquéllos por pocos días nos castigaban a su arbitrio; pero Éste nos amaestra en lo que sirve para hacernos santos. Es indudable que toda corrección, por de pronto, parece que no trae gozo, sino pena; mas después producirá en los que son labrados por ella, fruto apacibilísimo de justicia. Por tanto, volved a levantar vuestras manos caídas, y fortificad vuestras rodillas debilitadas, marchad por el recto camino, a fin de que nadie por andar claudicando se descamine, sino antes bien sea sanado” (Hebreos 12, 6-13).

Ya los Profetas y sabios del Antiguo Testamento, enseñaban que Dios aborrece al pecado pero no al pecador y que su amor paternal, está siempre encaminado a corregirlo.

“¿Acaso quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no antes bien que se convierta de su mal proceder y viva?” (Ez. 18, 23).

La misma idea expresa el Libro de la Sabiduría: “A los que andan perdidos, Tú los castigas, poco a poco; y los amonestas y les hablas de las faltas que cometen, para que, dejada la malicia, crean en ti” (Sab. 12, 2).

He aquí todo un sistema de pedagogía divina: Castiga, amonesta, habla con ternura y suavidad para que el pecador no se pierda.

Al castigarnos obra Dios como un médico.

Dice San Juan Crisóstomo: “El médico merece alabanza, no sólo cuando receta al enfermo la permanencia en deliciosos jardines, tibios baños, frescas aguas y exquisitos manjares, sino también cuando le hace pasar hambre y sed, lo recluye en su aposento, lo tiene sujeto en la cama y aun le priva de la luz del sol, mandando cerrar puertas y ventanas, y cuando corta, raja o cauteriza y le obliga a tomar pócimas amargas. Haga lo que quiera, nunca deja de ser el médico, que cura. ¿No es, pues, injusto murmurar contra el Señor cuando nos trata en idéntica forma?”

HAY UN CASTIGO PEOR: NO SER CASTIGADO

También el Apocalipsis nos habla de estas correcciones y nos enseña su carácter de privilegio al decirnos que Dios reprende y castiga a los que ama (Apoc. 3, 19). Y a fe que no es difícil reconocer las ventajas de ese amor que nos sana, cuando vemos cómo el mismo Dios, en los casos de rebeldía, suele retirarse y decir, como en el Salmo 80, ante la dura cerviz de su pueblo: “Pero mi pueblo no ha escuchado la voz mía; no me obedeció Israel; así los abandoné a los deseos de su corazón, que sigan sus devaneos” (Salmo 80, 12-13).

Esto que Dios hizo con el pueblo escogido, lo hizo también con los gentiles (Hech. 14, 15). Por donde vemos que no hay peor castigo que el dejarnos seguir esa triste libertad para el mal, que los hombres tanto solemos defender. Abandonarnos a los perversos deseos de nuestro corazón, ¿hay castigo peor que éste? ¿Acaso no enseña Dios a los padres de familia, que la vara del castigo es lo que librará a sus hijos de la muerte? (Proverbios 23, 14).

Por esa libertad de entregarse a sus vicios y concupiscencias, como los paganos, cosechó el pueblo de Dios frutos amarguísimos (Cfr. Rom. 1, 28).

Ante tal misterio, exclama el Doctor de Hipona: “¡No haber castigo! ¿Qué mayor castigo? Si vives mal y Dios te lo tolera, señal es de su grande enojo.”

EJEMPLO DE PENAS MEDICINALES

Recordemos la muerte del hijo de David y Betsábée (II Rey. 12, 13 s.); ejemplo, en que vemos cómo Dios aplicó el pasaje de Éxodo 20, 5; esto es: no haciendo sufrir al hijo la culpa del padre, sino llevándose al niño para castigo del padre culpable. Y para que conozcamos hasta dónde llega la bondad de Dios en esta clase de correcciones, San Pedro nos reveló que la misma muerte corporal de los hombres del diluvio, les fue aplicada como sanción de sus pecados, a fin de salvarlos eternamente mediante la predicación del Evangelio que el mismo Cristo hizo “a los muertos” (véase I Pedr. 3, 19 s. y 4, 6).

No es otro el sentido de las palabras que San Pablo aplica al incestuoso de Corinto, cuando dice: “Sea ése que hizo tal pecado, entregado a Satanás para castigo de su cuerpo, a trueque de que su alma sea salva en el día de Nuestro Señor” (I Cor. 5, 5).

Los expositores, en su mayoría, no vacilan en tomar este misterioso pasaje en el sentido de que el incestuoso no sólo fue excomulgado de la comunidad cristiana sino que Satanás recibió permiso de atormentarlo, con enfermedades y vejaciones en el cuerpo.

Véase también la historia de Ananías y Safira en Hechos, cap. 5, y la de Elimas en Hechos cap. 13.

MEDICINA PREVENTIVA

Si curar es bueno y caritativo, más lo es aún el prevenir la enfermedad. Y el beneficio es entonces mayor para nosotros, porque nos evita la caída.

He aquí un punto en que no solemos pensar.

Olvidamos que Dios ve nuestros pasos futuros y que, así como nos ama anticipadamente “tales cuales llegaremos a ser por don suyo, y no cuales somos por nuestros méritos” (Denz. 185), así también nos previene amorosamente cuando ve que tal o cual cosa, que nos parece un bien, va a ser ocasión de nuestra ruina. “Un camino hay que al hombre le parece recto, pero su paradero es la muerte” (Prov. 16, 25).

Hay de esto un ejemplo bellísimo en la Sagrada Escritura, una de esas muestras del amor de Dios a su pueblo, que nos arrebatan el corazón de gratitud por su delicadeza. Es el capítulo 8 del Deuteronomio, cuando se prepara Dios a introducir a Israel en la tierra prometida; su corazón de Padre parece temblar —¡y con cuánto motivo!— ante los males que habría de acarrear a los mismos israelitas la ingratitud del pueblo por el abuso de tantos dones, y muy principalmente por la soberbia de creerse merecedor de ellos y por la suficiencia de creerse autor de los mismos.

“Está alerta, le dice Moisés en nombre del Señor, y guárdate de no olvidarte jamás del Señor Dios tuyo” (v. 11).

No sea, sigue diciéndole, que después de saciado, se engría tu corazón y eches en olvido a Aquel que te sacó de Egipto y de la esclavitud. Y luego de recordarle los grandes y milagrosos favores que le había hecho entre las pruebas del desierto, le dice: “Y después de haberte afligido y probado, al fin se compadeció de ti” (v. 16).

¿Y por qué no antes? ¿Acaso por crueldad?

Él mismo da la respuesta: “Para que no dijeras en tu corazón: Mi fuerza y la robustez de mi brazo me granjearon todas estas cosas: sino para que te acuerdes del Señor Dios tuyo por haberte Él mismo dado fuerzas, a fin de cumplir así Él su pacto que juró con tus padres” (v. 17 s.).

Vemos así un nuevo aspecto de la cuestión, y esto nos prepara mejor para entender las pruebas del justo Job, haciéndonos comprender esa humildad genérica, en que hemos de vivir como miembros de una raza culpable y decadente, en la cual nadie puede de suyo aparecer justo ante Dios (S. 129, 3; 142, 2, etc.).

En efecto, ¿quién hay capaz de enfrentar seguro y humilde la prueba de la prosperidad? “¿Quién es éste? y le alabaremos, porque hizo maravillas”, dice el Eclesiástico (31, 8 ss.). Y si recordamos el paso del camello por el ojo de la aguja, que Jesús mismo indicó a los ricos (Mat. 19, 24), frente a la bienaventuranza de los pobres, de los que lloran y de los perseguidos, entonces recogeremos sabiamente el consejo de San Pablo: “El que piensa estar en pie, mire no caiga” (I Cor. 10, 12), y recibiremos amorosamente la prueba de las manos paternales de ese Dios a quien nuestros dolores le duelen más que a nosotros, según Él mismo repite muchas veces (II Rey. 24, 16; Luc. 15, 20; Mat. 14, 14; Marc. 6, 34, etc.).

El que no estuviera dispuesto a concebir a Dios de esta manera, no diga que cree en la Encarnación Redentora, según la cual el Padre nos amó hasta dar su Hijo (Juan 3, 16). En cambio, el que crea en este dogma divino que encierra todas las dulzuras abrácese del Crucifijo que nos fue dado para remedio como la Serpiente de Bronce (Juan 3, 14; Núm. 21, 9), y experimentará su eficacia.

Así lo recuerda el piadoso proverbio: “Donde entra la Cruz se van las cruces”. Se van porque Dios las quita, o porque nosotros descubrimos sus ventajas y aprendemos a amarlas, según expresa la fórmula de San Agustín: Ubi amatur, non laboratur; aut si laboratur, labor amatur.

LA EFICACIA DEL DOLOR

El bien por excelencia que el dolor nos trae, reside indudablemente en la saludable humillación que nos vuelve a la realidad. “En la aflicción, oh Señor, te buscaron; y la tribulación en que gimen es para ellos instrucción tuya” (Is. 26, 16).

Porque ordinariamente vivimos —al menos el mundo vive así, y ¿quién no es más o menos del mundo?— vivimos en el mareo de una semiinconsciencia, que nos hace olvidar nuestra nada y nos lleva a la infatuación.

Vivimos, como dice el Sabio, en la “fascinación de la bagatela” (Sab. 4, 12), que oculta el verdadero bien.

Entonces, tomando por realidades esas fugaces apariencias de aquí abajo, nos sentimos rebosantes de vida y de poder, sin darnos cuenta de que somos generales de cartón. Sin recordar que una teja caída sobre la cabeza, y aun la simple picadura de un mosquito infeccioso, pueden en un instante reducirnos a la impotencia.

Para eso sirve de medicina precisamente el dolor: para recordarnos la verdad y volvernos a la realidad suavemente, o fuertemente, según los casos.

Por lo general la prueba es progresiva, según enseña el libro de la Sabiduría, de modo que se librará de pruebas mayores quien sea pequeño y responda al primer llamado (Sab. 12, 1 ss.).

De esto nos da un hermoso ejemplo el Salmo 38. El hombre, encogido por el dolor, se hace pequeño, diciendo al Señor: “A los recios golpes de tu mano desfallecí cuando me corregías.” Y entonces confiesa humildemente: “Por el pecado castigas Tú al hombre”; y volviendo a la realidad termina: “Y haces que su vida se consuma como la araña. En vano se agita el hombre” (S. 38, 12).

E inmediatamente vemos el fruto de oración y humildad que este remedio produce: “Oye, Señor, mi oración y mi súplica; atiende a mis lágrimas; no guardes silencio; pues soy delante de Ti un advenedizo y peregrino, como todos mis padres. Afloja un poco conmigo, y déjame respirar, antes que yo parta y deje de existir” (v. 13-14).

¿No es cosa admirable el observar la técnica que el afligido sigue aquí con Dios, justamente a la inversa de lo que se hace con el mundo? Porque aquí, para recomendarse el hombre, en vez de alegar títulos, habla en tono humilde de sí y de su abolengo: pobre advenedizo… ¿Cómo no tenernos compasión, al ver que así confesamos nuestra impotencia y necesidad? Es ésta una de esas grandes e innumerables lecciones de psicología espiritual que descubrimos cuando meditamos la Sagrada Escritura.

¿Cuántos hay—digamos al pasar— cuántos hay entre los cristianos de hoy, que gocen habitualmente este sabor que derrochan las Escrituras para nuestro consuelo y enseñanza?

LO QUE DIOS ODIA

En cambio hay una revelación sorprendente que Dios nos hace en la Sagrada Escritura.

Él, que ama a los pobres más que a nadie, nos hace saber que lo primero que Él odia es el pobre soberbio (Ecli. 25, 3 s.). Y esto se entiende por lo que venimos estudiando: en el rico se explica fácilmente el extravío, y de ahí que le sea difícil la salvación (Mat. 19, 24). Pero cuando un pobre, malgrado sus pruebas, continúa soberbio, muestra con ello una rebeldía verdaderamente obstinada.

Quiere decir, pues, que ni aún el dolor es remedio eficaz cuando la soberbia se entroniza en el corazón. Esa misma prueba que arranca gemidos de contrición al rey David, lleva a Saúl a arrojarse sobre su espada, por no querer hacerse pequeño ante Dios.

Es Dios mismo quien explica cómo la soberbia es la causa del dolor, de modo que no podemos dudar. “¡Ay de vosotros los que os tenéis por sabios en vuestros ojos, y por prudentes en vuestro interior!” (Is. 5, 21.).

“Tú te has tenido por seguro en tu malicia, y dijiste: No hay quien me vea. Ese tu saber y ciencia te sedujeron, cuando dijiste en tu corazón: Yo soy, y juera de mí no hay otro.

Caerá sobre ti la desgracia, y no sabrás de dónde nace; y se desplomará sobre tí una calamidad, que no podrás alejar con víctimas de expiación” (ibid. 47, 10 s.).

¡Y con qué paterna solicitud Dios lo expresa! Como diciendo: Yo no quisiera que sufrieses, pero nada puedo hacer, porque tú en tu soberbia te sientes suficiente y no quieres aceptar mi remedio. Yo soy el Médico que todos necesitan, porque “sin Mí nada podéis hacer” (Juan 15, 5).

“Y vosotros no queréis venir a Mí para tener vida” (Juan 5, 40).

¿Acaso esta desgarradora queja del Corazón de Jesús no nos muestra idénticos sentimientos en el Corazón del Padre?

De ahí que no hayamos de confiar demasiado en el dolor por sí mismo, sino pedir ante todo al divino Padre, sin cuya fuerza nada podemos, la rectitud del corazón: “Crea en mí, Señor, un corazón limpio, y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud” (Salmo 50, 12).

RECUERDOS APOCALÍPTICOS

Pero es también el mismo Dios que nos dice: “¿Quién hay entre vosotros que escuche y atiende y piense en lo que ha de venir?” (Is. 42, 23).

La historia más próxima a nosotros nos confirma tristemente que los dolores de la horrible guerra mundial (1914-18) no prepararon un mundo mejor, como muchos creían, ni trajeron la simplicidad de una nueva Edad Media. Porque los hombres, faltos de doctrina sobrenatural, conservaron su fe puesta en el mundo, y las privaciones no hicieron sino aumentar el apetito del placer que desbordaría luego… hasta que una nueva guerra mundial volviera a traer el luto sobre la humanidad.

¿No es que estamos en un tiempo muy parecido a los acontecimientos que anuncia el Vidente de Patmos? Cuando suena la sexta trompeta y son soltados los cuatro Ángeles de exterminio, perece, dice el Profeta de Dios, la tercera parte de la humanidad, pero “los demás hombres, que no fueron muertos en estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos” (Apoc. 9, 20).

Y así siempre: Cuando la cuarta copa es derramada en el sol y le es dado que queme a los hombres por el fuego, repite San Juan: “Y los hombres… blasfemaron el Nombre de Dios… en vez de arrepentirse”(Apoc. 16,9 griego).

Y cuando el quinto Ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia, los hombres se mordían la lengua de dolor, pero no dejaron de blasfemar, y no se arrepintieron de sus obras (ibid. 10 s.).

Ante estas terminantes palabras de Dios, único que conoce lo porvenir, quizás se preguntará el lector, en qué puede fundarse el anuncio repetido por tantos escritores, como un leitmotiv, de que tras de la noche amanecerá de nuevo un día radiante para la humanidad.

¿Cómo podremos, después de esto, sorprendernos del dolor de los hospitales y campos de batalla? Y sin embargo, ese espectáculo es lo que a tantos hace vacilar en la fe, y aun juzgarlo a Dios, repitiendo la frase de Schopenhauer: “Si Dios existe, yo no quisiera ser ese Dios, porque la miseria del mundo me desgarraría el corazón.”

Es que los hombres, por el olvido e ignorancia de las divinas Escrituras, han perdido el sentido de la realidad sobrenatural. ¡Cuántos salen del templo, donde quizás acaban de leer en la liturgia alguna de las tantas profecías con que Dios nos previene constantemente (v. gr. los Evangelios del primero y del último domingo del año eclesiástico), y pasada esa pesadilla, vuelven a hablar de los progresos de la cultura, como podría hacerlo el más pagano de los humanistas del Renacimiento!

¿De qué puede enorgullecerse la humanidad, si no es de haber convertido en un infierno anticipado, esta tierra en que Dios prometió que nada nos había de faltar con tal que buscáramos primero su reino y su justicia? (Mat. 6, 33).

 

Recapitulemos, pues, los párrafos que preceden, resumiéndolos en la frase que pusimos a su frente: Lo que Dios odia es el orgullo, porque la gloria no pertenece más que a Él (véase S. 148, 13; Is. 42, 8; 48, 11; I Tim. 1, 17, etc.). Y porque los hombres se olvidaron y siguen olvidándose de esta verdad fundamental, hay y habrá penas en este mundo.

1 comentario:

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