Archivos del blog

viernes, 10 de junio de 2011

Homilía de Mons. Marino (nuevo Obispo de Mar del Plata) en su despedida del Seminario San José de La Plata.

MI ESPÍRITU SE ESTREMECE DE GOZO EN DIOS, MI SALVADOR

Mons Antonio Marino

 

El canto de la Santísima Virgen María que acabamos de escuchar, surge de lo más profundo de su corazón, en respuesta a las inusuales palabras de bienvenida y alabanza que le dirige su pariente Isabel. Ésta, en efecto, luego de recibir el saludo de María, siente que el niño que lleva en su seno salta de alegría, y entonces “llena del Espíritu Santo” (Lc 1, 41) la proclama “bendita entre todas las mujeres” a causa del “fruto de su vientre” (Lc 1, 42) y “feliz” a causa de su fe (Lc 1, 45).

Entre las muchas resonancias que despiertan el relato de la Visitación y el poema de acción de gracias de la Virgen, sólo elijo algunas para facilitar nuestra contemplación y mover nuestra devoción.

Las palabras de Isabel al saludar a María y varios detalles de la narración guardan notable semejanza con la escena que encontramos en el Segundo Libro de Samuel, donde se habla de la traslación del Arca de la Alianza desde Hebrón hasta Jerusalén, ciudad que bajo David, reconocido como rey por las doce tribus, será la capital del reino unido.

Tanto el Arca como María se trasladan a la región montañosa de Judá (2Sam 6, 2; Lc 1, 39).  “¿Cómo va a entrar en mi casa el Arca del Señor?” (2Sam 6, 9) exclamaba David. “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1, 43) se pregunta Isabel. David saltaba de alegría en presencia del Arca (Lc 6, 14); aquí, ante la “Madre del Señor” (cf. Lc 1, 43) salta de alegría el niño oculto en el seno de Isabel. Puesto que David se juzgaba indigno y temeroso de recibir en su tienda el Arca del Señor, ésta se hospedó en la tienda de su lugarteniente Obededóm, donde permaneció tres meses y su casa se llenó de bendiciones (2Sam 6, 9-12). Y “María permaneció con Isabel unos tres meses” (Lc 1, 56).

Saludemos, por tanto, en María al “Arca de la Alianza”, como con admirable acierto e intuición la invocan las Letanías lauretanas. Su seno, en efecto, se ha convertido en un arca o un templo donde habita el que es la “alianza del pueblo”, aquél con cuya sangre se habría de sellar la “nueva alianza”. Desde su consentimiento a la voluntad divina en la Anunciación, se ha convertido en un sagrario viviente. Ella es la “Madre de mi Señor” (Lc 1, 43). Exultemos también nosotros con el gozo de María y de Isabel y sintamos que, aquella que es bien pobre y procede del pueblo más llano, viene a visitarnos con su única riqueza: su Hijo Jesús, el Salvador de los hombres.

Ella es figura de la Iglesia de todos los tiempos, peregrina en la historia, llevando a Cristo, y con él, al que es causa de la verdadera alegría, camino seguro de la salvación. Con ella se inicia el gran camino del que habla siempre San Lucas en su Evangelio y en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El Hijo del Altísimo comienza su viaje desde el cielo hacia la tierra. Desde Nazaret hacia Belén y luego Jerusalén. Y desde Jerusalén el viaje es continuado por la Iglesia hacia Judea, Samaría y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8).

El camino de la Iglesia, lo mismo que el de María, se hace siempre “sin demora” (Lc 1, 39), con prontitud, superando las pruebas con la agilidad que dan la fe y el amor, acortando las distancias con el aliento de la esperanza, saltando por encima de las dificultades con la fuerza expansiva y contagiosa que viene de lo alto por el don del Espíritu Santo.

La Virgen preñada del Hijo del Altísimo, instruida por el ángel de la Anunciación, saludada por Isabel que se sintió llena del gozo del Espíritu Santo, entonará también ella su canto de alabanza bajo la moción del mismo Espíritu que la volvió virgen fecunda.  En el Magnificat se resume la historia de la salvación, que es la historia del amor misericordioso de Dios hacia su pueblo. Ella canta la misericordia de Dios que “se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lc 1, 50) y afirma que “socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia” (Lc 1, 54).

También en esto se anticipa a la Iglesia naciente, que se prolonga en la Iglesia de hoy y en la de mañana hasta el fin de la historia. Es, en efecto, oficio de la Iglesia esposa la correspondencia a la gracia inmerecida con el desborde de nuestra acción de gracias. Como decía el apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios: “Cuando se reúnan, reciten salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y celebrando al Señor de todo corazón” (Ef 5, 19). Vivimos haciendo memoria de los beneficios del amor misericordioso de Dios. No otra cosa es nuestra Eucaristía cotidiana.

No intento ahora dar cuenta de la riqueza desbordante de este canto sencillo y sublime. Sus palabras despiertan en cada oyente, iluminado por una fe que busca su perfección en el amor, ecos propios según la fineza receptiva de su alma.

Hoy este poema me brinda las mejores palabras posibles para agradecer con todas mis fuerzas al Dios de las misericordias por el don inmerecido del episcopado. Hace ocho años, en la catedral de esta querida arquidiócesis, descendía el Espíritu del Señor para marcarme nuevamente con su sello llevando a plenitud la gracia del sacerdocio y del orden sagrado.

En vísperas de partir para una nueva misión, como obispo diocesano de Mar del Plata, siento la necesidad de dar gracias por el camino recorrido, donde siempre he podido comprobar que el Señor hace “grandes cosas”, normalmente en el silencio y en lo oculto de los corazones, para luego culminar en la discreción de los gestos.

Junto a Mons. Aguer he compartido este camino y quiero agradecerle lo aprendido en este oficio. Ya he tenido oportunidad de expresarme sobre mi trayectoria arquidiocesana. Deseo ahora detenerme en este Seminario “San José”. Fue mi domicilio y procuré ser sólo huésped. Pero Dios tenía otros planes y también el arzobispo.

La necesidad y la obediencia me llevaron a una activa colaboración institucional, siempre en el respeto de los roles de los dos rectores que he conocido. Aprovecho aquí para expresar mi agradecimiento a Mons. Fernando Cavaller y al P. Gabriel Delgado por la cordialidad de sus atenciones para conmigo. Tanto el Rector como los superiores me han honrado con sus gestos, sus consultas y sus confidencias. Ellos han estado siempre en mi oración.

Las clases me dieron la ocasión de trasmitir mis convicciones acerca de la importancia decisiva de la formación intelectual en orden a alcanzar una sólida espiritualidad sacerdotal y fundar la pastoral sobre bases firmes y objetivas.

La escucha atenta de seminaristas de muy diversa procedencia ocuparon una parte muy significativa de mi tiempo. Sabe Dios la sinceridad y perseverancia de mi oración por todos ellos. Los seminaristas en su conjunto, sin distingos, estuvieron siempre en mi oración, consciente de que aquí se juega en gran medida el futuro de la Iglesia.

Cada día jueves presidía la Eucaristía procurando dar a entender que ella ocupa el centro de la vida de la Iglesia, de su espiritualidad y de su pastoral. Mi predicación en la Misa comunitaria, ha intentado iniciar a los seminaristas en el amor a la Palabra de Dios y en la necesaria conexión de la Escritura con la Tradición viviente de la Iglesia y con el sacramento eucarístico, conforme a la enseñanza de San Ireneo: “Para nosotros, la creencia concuerda con la Eucaristía, y la Eucaristía, a su vez, confirma la creencia” (A.H. libro IV, c.18, 4-5).

Pero mi comunidad eucarística más habitual era el pequeño grupo de Hermanas de la Inmaculada, cuyo elemento más estable ha sido la Hermana Margarita. Su amor al Seminario, y a los seminaristas en particular, es cosa de evidencia inmediata. Un alma muy simple, una vida de oración, una existencia entregada al amor de Cristo y de la Iglesia en lo oculto de su propio taller de Nazaret.

Hago mención de los tres Padres que son casi sinónimo de esta casa: Mons. Ponferrada, Mons. Ciliberto y Mons. Levoratti. Ejemplo de fidelidad, de competencia científica, de vida laboriosa y entregada a su vocación eclesial. Merecedores de todo elogio y respeto.

Menciono aparte a un gran amigo, un verdadero sabio, Mons. Miguel Barriola, quien desde hace unos años enriquece el Seminario y lo prestigia. La amistad con él, antigua y renovada, es verdadera comunión de cosas divinas y humanas.

En forma genérica menciono a todos los que conforman la comunidad del Seminario, los profesores –a quienes agradezco su presencia–, los directores espirituales, los empleados, los amigos del Seminario que con tanto desinterés nos han ayudado. Como en un cuerpo, cada miembro tiene una función insustituible y a cada uno agradezco los numerosos servicios prestados a mi persona y a esta institución.

No será posible para mí olvidar este paso. Lo vivido fue intenso y por todo doy gracias. Por mis errores u omisiones pido perdón. Por lo sembrado me llevo una esperanza.

A la caridad de ustedes encomiendo el próximo tramo de mi camino, más comprometido, por cierto, y por eso más necesitado del socorro oportuno de la oración de la Iglesia.

Con las palabras de la Virgen deseo cerrar mi homilía: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”.

 

Mons. Antonio Marino, obispo electo de Mar del Plata

No hay comentarios.:

Publicar un comentario