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lunes, 16 de mayo de 2011

LA VIDA ESPIRITUAL DE SAN LEOPOLDO MANDIC

El alma de su santidad

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A su sagrado ministerio de oír confesiones, el P. Leopoldo juntaba una rígida austeridad; sus enfermedades, privación de descanso y de gustos (todas las delicadezas que viendo su delicada salud le solían regalar sus penitentes las entregaba al superior), el calor y el frío, todo con gran amor a la pobreza por su enorme valor evangélico: "Tantos pobres pasan frío y ¿voy yo a tener valor de calentarme con una estufa? ¿Qué les diría cuando vienen a confesarse?". Solamente el último invierno -tenía 75 años- por la insistencia de un grupo de amigos le obligó el superior a aceptar una estufa.

Doce horas al día confesando, sin dormir más que cuatro o cinco por la noche, ni siesta. ¡Así cuarenta años sin vacaciones! Y cuando tenía fiebre contestaba: "Los pobres tenemos que trabajar también con fiebre, en el cielo descansaremos. ¿Cómo puedo ir a la cama, esperando tantas almas ahí fuera mi pobre ayuda?"

De noche, en la capilla, de rodillas, luchando con el sueño, si le decían que se fuera ya a descansar: "A las personas que confieso doy penitencias muy ligeras; es necesario que satisfaga yo por ellas".

Aceptar vida tan penitente sólo es posible con la energía interior de la oración, de la unión constante con Dios, fundada en la roca de la fe. Casi como estribillo, repetía en el confesionario: "Fe, tenga fe".

Bastaba que cesasen un momento las confesiones para que se arrodillase en oración. "Dios ha establecido que todo lo podemos alcanzar de Él, pero siempre por medio de la oración". Llegó hasta a hacer voto de estar continuamente con el pensamiento en la presencia de Dios, lo que supone un dominio heroico, y cumplía escrupulosamente.

Por este camino llegó a una extraordinaria unión con Dios. Él nunca habló de ello, y las cartas que escribió a su director espiritual no se conservan; pero son señales inequívocas de sus extraordinarios carismas, entre otras, las muchas predicciones que hacía después de recogerse un momento, y los muchos milagros que realizó.

Como cauce del trato suyo con Dios sobresalía su devoción a la Señora, como llamaba a la Santísima Virgen. Todos los días ponía flores frescas en la imagen de Ella que tenía en su celda-confesionario.

No podemos omitir su devoción al Corazón de Jesús -característica de todos los santos modernos-. Escribía: "Ruegue a la caridad sin límites del Corazón de Jesús para que pueda llegar yo a ser un amigo y discípulo suyo perfecto". Como velada referencia a su vida mística anotó en una estampa del Corazón de Jesús: "¡La caridad divina del Corazón de Jesús que se dignó darme señales tan inefables de su amor, tenga misericordia de mí!... ¡Todo lo espero, todo me lo prometo de la caridad infinita de nuestro Señor Jesucristo, de su divino Corazón". Y en una estampa de la Virgen: "Hoy, día del cincuentenario de mi profesión religiosa, renuevo mis votos en honor del divino Corazón..."

Para él era la gloria: "Ya descansaremos un día en el cielo. Allí lo haremos mejor, reposando nuestra cabeza sobre el divino Corazón de Jesús".

Tenía también gran devoción y recurría frecuentemente a su Ángel de la Guarda, a los santos, en particular a san José, san Francisco, san Antonio de Padua, santos Cirilo y Metodio -apóstoles de los eslavos-, san Francisco Javier, san Ignacio de Loyola -había copiado y releía su famosa carta de la obediencia-, san Luis Gonzaga, san Estanislao de Kostka y san Juan Berchmans -por sus vidas sencillas.

 

Fray Marco Antonio Foschiatti

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