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viernes, 23 de octubre de 2009

+ Cristo Rey +



Con la institución de la Fiesta de Cristo Rey, el Papa Pio XI, quiso que la Iglesia haga memoria y reconozca la preeminencia del Redentor sobre todas las cosas. Esta celebración del último domingo del mes de octubre, resulta cercana al final del año litúrgico. Luego de la reforma del calendario, fue trasladada al domingo anterior al Primer domingo de Adviento, con el objeto de profundizar en el carácter escatológico de este título de Nuestro Señor.

Sin embargo, este aspecto de esta fiesta, que sin dudas se ve realzado con la reforma oscurece, sin quererlo, otro aspecto sumamente importante de la misma y un tanto olvidado: la Realeza Social de Cristo.

Tan cierto es que el Salvador volverá al final de los tiempos como Rey de reyes y Señor de señores, al que toda autoridad se someterá; como también es verdad que los cristianos debemos procurar instaurar ese imperio indiscutible entre nosotros.


Es esta la razón por la cuál el Papa Pio XI, fijó esta fiesta no exactamente en el último domingo del año, de manera de remarcar la actualidad del Reinado de Jesucristo. Esta fiesta resulta pues un reclamo peremne de los derechos de Dios, frente a la tiranía de las ideologías contrarias a la Fe.

Muchos no conocen en qué consiste este reinado. A la gran mayoría puede hasta resultarles un poco extraña y chocante esta idea del Reinado Social de Cristo. Sin embargo, los Papas no han dejado de hacer referencia a él. Lamentablemente, con el pasar de los años, ha quedado un poco olvidada la lectura de las Encíclicas y catequesis sobre este tema. Sería muy bueno que volviéramos a profundizar en este aspecto.



En pocas palabras, el Reinado Social de Cristo, consiste en la necesidad y el deber que tiene la Iglesia de procurar que la Ley del Salvador y su Doctrina sean la fuente y el fin de todas las actividades humanas. Esta misma Ley Santa e Inmutable, debe ser el principio rector que guíe a gobernantes y ciudadanos.


La ley del Cristo debe imperar no solo en nuestras almas y en nuestras familias, sino también en la Iglesia y en las Naciones. Sólo el suave yugo de su reinado, traerá la paz al mundo entero.


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