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martes, 8 de septiembre de 2009

+ Natividad de María Santísima +



La Natividad de Nuestra Señora es una de las fiestas marianas más antiguas. Tuvo su origen en oriente en el siglo V, con la dedicación de una basílica en Jerusalén, en el lugar donde se supone nació la Virgen, hoy basílica de Santa Ana. La liturgia de este día está signada por la alegría. La Natividad de María fue el principio de nuestra salvación, como dice la oración colecta de la Misa.
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El nacimiento de todo niño es motivo de alegría. Más aún debe serlo el de esta Niña, que ha sido predestinada a ser la madre del Salvador, y por ello, preservada de todo pecado en previsión del Sacrificio redentor de su Hijo. Nuestro Señor dice en el Evangelio: "Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él." (Lc. 18, 17). Estas palabras se cumplen al a la perfección en María. Ella conserva esa pureza y humildad, que poseía en su niñez. Más aún, siendo ella concebida sin la mancha del pecado original, es más pura que cualquier infante recién bautizado. María es la criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios. No podía ser de otro modo, pues de ella debía tomar la naturaleza humana el mismo Hijo de Dios. Por ello fue colmada de todas las gracias, desde el instante mismo de su Concepción. Tanto es así que el arcángel exclamará al saludarla: "Ave María, gratia plena". Llena de la gracia de Dios.
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Santo Tomás de Aquino afirma que la Santísima Virgen estuvo llena de gracia de tres modos. Primero, estuvo llena de gracia en su alma porque desde el principio su alma hermosísima fue toda de Dios. Lo segundo, porque estuvo llena de gracia en su cuerpo, ya que mereció dar su purísima carne al Verbo eterno. Lo tercero porque estuvo llena de gracia para provecho de todos, pues así todos los hombres podrían participar de su gracia.
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Los cristianos, invocamos a María en las letanías, con el título de "Foederis Arca". Ella es la nueva Arca de la Alianza, ya no revestida con riquezas materiales, sino con los siete dones del Espíritu Santo. El Arca de la Alianza guardaba en su interior las reliquias más insignes del judaísmo. María ha llevado en su seno al mismo Dios, y le ha dado su propia carne. El arca de la antigua ley era tan sagrada que quien se acercaba a ella y la tocaba sufría la muerte. María, el arca de la nueva ley, irradia una santidad tan grande, que contagia con su virtud a quienes se acercan a ella por la oración, y los conduce a la vida celestial. No hay alma que recurriendo a Santa María no quede transformada y santificada. Por ello Santo Tomás de Villanueva se refería a ella como: "Llena de gracia de cuya plenitud participan todos."
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En el nacimiento de la Virgen , el mismo demonio se ve humillado y abatido, por una frágil Niña recién nacida, a quien no ha podido ni podrá jamás mancillar con el pecado. Es por esto que Tomás de Kempis asemeja a María a una fortaleza. Dice así: "El mismo Jesús entró en esta fortaleza, asumiendo en ella los sagrados miembros de su cuerpo, con el fin de vencer al príncipe de las tinieblas. Tú también, entonces, entra para refugiarte a la sombra de esta fortaleza, rogando día y noche ser salvado por los méritos de la Santísima Virgen, de todos los males que te amenazan, manteniéndote seguro bajo el amplio manto de Nuestra Señora, ya que, cuando María ruega, desaparece toda horda maligna."
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Alegrémonos pues en este día. Demos gracias a Dios Padre por haber creado a la Virgen y haberla adornado de todas las virtudes. Demos gracias a Dios Hijo, que en su gran generosidad, no se ha reservado para sí mismo este tesoro, sino que nos ha dado como Madre a su propia Madre. Demos gracias al Espíritu Santo, que ha querido que junto a El ocupemos un lugar en el Corazón Purísimo de María. Demos gracias por su gran amor, a la Santa Trinidad de quien María es templo Santísimo.
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Ave María purísima!
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Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

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