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lunes, 29 de diciembre de 2008

+ Pastores y Reyes +


Entre todos los personajes del tiempo de Navidad que nos refiere la Sagrada Escritura, que contemplamos en nuestros pesebres y son citados en los sermones, encontramos al Niño Jesús, a Santa María, a San José, a los ángeles, a los pastores y a los magos. En las figuras de éstos últimos, pastores y magos, quisiera detenerme, para meditar sobre su ejemplo.


¿Qué representaba un pastor en la Palestina del siglo I? Muchos imaginan, que solo se trataba de trabajadores pobres. Pues bien, el ser pastor no sólo implicaba un trabajo duro, implicaba alejarse de los pueblos, de las familias, pasando varias horas a la intemperie, sacrificando horas de sueño por vigilar el redil para protegerlo de ladrones y fieras. Así mismo, el trabajo de pastor era no solo magramente retribuido, sino hasta socialmente despreciado. Tanto era así, que el testimonio de un pastor no valía en un juicio.


Nos queda hacernos una segunda pregunta: ¿Qué es un mago? En los tiempos de Jesús el término mago se aplicaba a cualquier hombre sabio que buscara la verdad sobre Dios y el universo. Eran miembros de una casta de los pueblos al oriente de Tierra Santa; llevaban una vida disciplina y estudio de astronomía y filosofía e interpretaban sueños. Eran en su mayoría ricos, lo que les permitía dedicarse a la ciencia.


Además de los ángeles, la Sagrada Escritura cita solo dos grupos de personajes, “extraños” a la Sagrada Familia, que son avisados, de modos diferentes, del Nacimiento del Salvador: son los pastores y los magos. Ambos grupos acuden para adorar al Niño.


A primera vista, pareciera que nada tienen en común, unos: son pobres, poco instruidos y despreciados; los otros: ricos, educados y respetados. Pero en realidad ¿eran tan distintos?


La vida unos y otros estaba marcada por la soledad. Unos por la soledad fruto de la pobreza y la marginación. Otros por la soledad que engendra el poder y la sabiduría.


Con el pastor es inútil hablar: ¿de que serviría? Es muy ignorante para entender, y después de todo, sus palabras nada valen. Además sus ropas están sucias…seguramente esté loco.


¿Cómo conversar con un mago? Habla de cosas que no entendemos, que nos resultan extrañas y difíciles de comprender. Nos señala las estrellas, nos comenta profecías antiguas y tradiciones olvidadas. Debe estar loco, no tiene caso hablar con él.


Mientras el común del pueblo está plácidamente durmiendo; magos y pastores están velando en medio de la noche. Unos profundizando el conocimiento, los otros protegiendo el rebaño. Pero ambos: mirando el cielo.


Y es en este estado que el Señor mismo los llama. A cada uno según su capacidad. De cualquier modo, este llamado implicará en ambos casos, una actitud de disponibilidad de parte de ellos: estar en vela.


Para los pastores será necesario un modo más extraordinario, que impacte fuertemente en sus sentidos: “Y un ángel del Señor se les presentó: y la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor ”. Lc. 2, 9 .Y el ángel les explica sencilla y brevemente lo que sucede.


Para los Magos, este anuncio no deja de ser grandioso, sin embargo, Dios se dirige a ellos de una manera acorde a su estado: un movimiento de estrellas poco común. Es un mensaje, podríamos decir “cifrado”. Dios parece querer que estos hombres usen sus estudios para comprender, como están acostumbrados a hacerlo. Y lo hacen: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente” Mt. 2, 2.

A estos hombres quiso tener el Niño Jesús a los pies de su cuna, a ellos eligió porque estaban velando, apartados de las seducciones del mundo, lejos de aspiraciones mezquinas e intrascendentes. Estas almas limpias, estos corazones nobles quiso tener el Señor junto a si. Y ellos respondieron a su llamado acudiendo a Belén.


Dice la Sagrada Escritura: “Y se tornaron los pastores glorificando y alabando a Dios” Lc. 2,20 y refiriéndose a los Magos “Y viendo la estrella, ellos se alegraron con gozo sobremanera grande” Mt. 2, 10 . Es la alegría que solo Cristo da a pobres y a ricos, a sabios e ignorantes.


La enseñanza de la Navidad es el desprendimiento de las cosas del mundo. El mundo pasará, las tristezas y alegrías, la bonanza y la miseria, todo pasará. Solo en Jesucristo el hombre haya su plenitud, solo en Él, las almas encuentran descanso y se colman santa alegría.


A todos llama Jesús desde el Pesebre, y se nos manifiesta como Niño, para que nadie tema. Acerquémonos a Él en este tiempo de Navidad. Demos gracias por su gran Misericordia que a nadie rechaza, sino que a todos quiere alcanzar.



Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

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