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domingo, 14 de diciembre de 2008

EL TIEMPO DE ADVIENTO


Llamamos adviento al tiempo litúrgico de preparación a la Navidad del Señor. Como su nombre lo indica, durante este tiempo, la Iglesia se prepara en la esperanza para recibir el advenimiento, es decir, la venida de Jesús en la humildad de la naturaleza humana.
La práctica de este tiempo es antiquísima y ha sufrido diversas modificaciones a lo largo de los siglos y según los lugares. En la Iglesia de Roma adoptó, hacia el siglo IX o X, su forma actual, es decir, un período de tiempo de cuatro domingos inmediatamente anteriores a la Navidad. Quiere decir, que nuestra actual práctica del adviento tiene ya una antigüedad de mil años.
Pero en este tiempo litúrgico, la Iglesia no sólo se prepara para la Navidad, sino también para la Parusía. Con este término de origen griego, que en lengua latina se traduce por adventus (adviento), se designa la venida gloriosa de Jesús al final de la historia. La Iglesia durante este tiempo espera, pues, la manifestación gloriosa de Jesucristo cuyos comienzos ya vislumbra en la humildad y pobreza del pesebre de Belén.
Los textos litúrgicos que se emplearán durante este tiempo nos pondrán constantemente frente a dos personajes importantísimos en los que se refleja de manera particular el espíritu del adviento: San Juan Bautista; la Santísima Virgen María.
El Bautista tuvo por oficio preparar el camino del Señor que venía. Su predicación y su ejemplo de vida se proponen en este tiempo como una vía segura para disponer el alma a la venida de Jesús en la próxima Navidad, al final de los tiempos y en la intimidad de nuestros corazones.
Pero sobre todo tiene importancia para nosotros la imagen de la Santísima Virgen María. Ella es como la encarnación de la esperanza que anima este tiempo de adviento. Son especialmente su belleza espiritual y su pureza virginal las virtudes que debemos emular para, como ella, poder recibir al Señor que viene.
La Iglesia, para concretar esta esperanza en actitudes prácticas, propone, desde antiguo, la práctica de la oración vigilante y de la búsqueda de la conversión por medio de la penitencia. Vigilancia sobre los movimientos del corazón; oración perseverante y trabajo de conversión son, pues, las notas específicas que dan ritmo a la esperanza del adviento. Mientras las ponemos en práctica no cesemos de invocar a Jesucristo pidiéndole con insistencia: ¡Ven Señor Jesús!

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