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martes, 26 de agosto de 2008

+ No hay que juzgar a nadie +

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NO HAY QUE JUZGAR A NADIE
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1
Un hermano del monasterio del abad Elías sucumbió ante una tentación y fue expulsado. Y se fue al monte con el abad Antonio. Permaneció con él algún tiempo, y luego Antonio le envió de nuevo al monasterio de donde había venido. Pero en cuanto lo vieron los hermanos lo volvieron a expulsar. Regresó el hermano a donde estaba el abad Antonio y le dijo: «Padre, no me han querido admitir». El anciano les mandó decir: «Un navío naufragó en el mar y perdió su cargamento. Con mucho esfuerzo el barco ha llegado a tierra, y ahora vosotros ¿queréis hundir esa nave que ha llegado a la orilla sana y salva?». Cuando supieron que era el abad Antonio el que lo enviaba, inmediatamente lo recibieron.
2
Un hermano había pecado y el sacerdote le mandó salir de la iglesia. Se levanto el abad Besarión y salió con él, diciendo: «Yo también soy pecador».
3
El abad Isaac vino de la Tebaida a un cenobio. Vio cometer una falta a un hermano y lo juzgó. Vuelto al desierto, vino un ángel del Señor y se puso en la puerta de su celda, diciendo: «No te dejaré entrar». El anciano preguntó la causa y el ángel del Señor le contestó: «Dios me ha enviado para que te pregunte: ¿dónde quieres que envíe a ese hermano culpable al que has condenado?». Y al punto el abad Isaac se arrepintió y dijo: «He pecado, perdóname». Y el ángel le dijo: «Levántate, Dios te ha perdonado. Pero en adelante no juzgues a nadie antes de que lo haya hecho Dios».
4
Un hermano de Scitia cometió un día una falta. Los más ancianos se reunieron y enviaron a decir al abad Moisés que viniese. Pero él no quiso venir. El presbítero envió a uno para que le dijera: «Ven, pues te esperan todos los hermanos». Y vino, tomó consigo una espuerta viejísima, la llenó de arena y se la echó a la espalda. Los hermanos saliendo a su encuentro le preguntaban: «¿Qué es esto, padre?». Y el anciano les dijo: «Mis pecados se escurren detrás de mí, y no los veo, y ¿voy a juzgar hoy los pecados ajenos?». Al oír esto los hermanos no dijeron nada al culpable y lo perdonaron.
5
El abad José preguntó alabad Pastor: «Dime ¿cómo llegaré a ser monje?». Y el anciano le dijo: «Si quieres encontrar la paz en este mundo y en el otro, di en toda ocasión: "¿Quién soy yo?" y no juzgues a nadie».
6
Un hermano le preguntó también: «Si veo una falta de un hermano, ¿es bueno ocultarla?». Y le dijo el anciano: «Cada vez que tapamos el pecado de nuestro hermano, Dios tapa también el nuestro. Y cada vez que denunciamos las faltas de los hermanos, Dios hace lo mismo con las nuestras».
7
En cierta ocasión un hermano cometió una falta en un cenobio. En las cercanías vivía un anacoreta que no salía de su celda desde hacía mucho tiempo. Y el abad del monasterio fue a hablarle de aquel hermano culpable. Y él dijo: «Expúlsalo». Se le arrojó de la congregación y se refugió en una fosa y allí lloraba desconsolado. Pasaron unos hermanos que iban a visitar al abad Pastor y le oyeron llorar. Bajaron a donde estaba y le vieron inmerso en un gran dolor y le aconsejaron que fuese a ver a aquel anacoreta. Pero él rehusó diciendo: «Moriré aquí». Al llegar los hermanos donde estaba el abad Pastor se lo contaron, y éste les pidió que volviesen donde el hermano y le dijesen: «El abad Pastor te llama». Y el hermano se puso en camino. Al ver su dolor, el anciano se levantó, le abrazó y con gran alegría le invitó a comer. Luego envió a uno de sus hermanos para que fuese al anacoreta con este mensaje: «Me han hablado mucho de ti y hace muchos años que quiero verte, pero por nuestra mutua pereza no hemos podido vernos. Pero ahora, gracias a Dios, tenemos una oportunidad. Tómate la molestia de venir hasta aquí para que podamos vernos. » Pues, en efecto, el ermitaño nunca salía de su celda. Al recibir este mensaje el eremita pensó: «Si el anciano no tuviese alguna revelación de Dios para mí, no me hubiese llamado a buscar». Se levantó y fue a su encuentro. Después de saludarse mutuamente con gran alegría se sentaron. Y el abad Pastor comenzó a decir: «Dos hombres vivían en un mismo lugar y cada uno tenía en su casa un difunto. Pero uno de ellos dejó su muerto y se fue a llorar por el difunto del otro». A estas palabras el anciano se arrepintió acordándose de lo que había hecho, y dijo: «Pastor esta arriba en el cielo. Yo abajo en la tierra».
8
Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Qué debo hacer, pues cuando estoy en la celda siento que me falta valor?». Y el anciano le dijo: «No desprecies ni condenes a nadie y Dios te dará la paz, y tu vida en la celda será tranquila».
9
Un día se reunieron los Padres en Scitia para tratar de un hermano que había cometido una falta. Pero el abad Pior callaba. Luego se levantó, salió, tomó un saco, lo llenó de arena y se lo echó a la espalda. Y poniendo en una cestilla un poco de arena la llevaba delante de si. A los Padres que le preguntaban qué significaba aquello les dijo: «Este saco que tiene tanta arena son mis pecados. Como son míos me los puse a mi espalda para no penar ni llorar por ellos. Este poco de arena de la cesta, son los pecados de este hermano, los pongo ante mis ojos y me cebo en ellos para condenar a mi hermano. No es esto lo que debería hacer. Debería llevar delante de mi mis pecados para pensar en ellos y pedirle a Dios que me los perdone. » Al oírle los Padres dijeron: «Verdaderamente este es el camino de la salvación».
10
Un anciano dijo: «No juzgues al impuro si eres casto, porque al hacerlo, tú también pisoteas la ley. Porque el que dijo: "No fornicarás", dijo también: "No juzgarás"».
11
Un sacerdote de una basílica acudió a la celda de un anacoreta para celebrar la Eucaristía y darle la comunión. Vino luego uno a visitar al ermitaño y le habló mal de aquel sacerdote. El eremita se escandalizó y cuando, según costumbre, vino para celebrar la eucaristía no le quiso recibir. Al ver esto el sacerdote se marchó. Entonces el anacoreta oyó una voz que le decía: «Los hombres se han adueñado de mi facultad de juzgar». Y en un rapto vio un pozo de oro y un cubo de oro y una cuerda también de oro y el pozo contenía un agua estupenda. Vio también un leproso que sacaba agua y la echaba en un vaso. El anciano deseaba beber, pero no podía porque el que sacaba el agua era un leproso y no se atrevía. Oyó de nuevo la voz que le decía: «¿Por qué no bebes de ese agua? ¿Qué importa que la saque un leproso? El solamente llena el cubo y lo vacía en el vaso». Volvió en si el eremita, reflexionó sobre el significado de esta visión, llamó al sacerdote y le pidió que celebrase la eucaristía como hasta entonces.
12
Dos hermanos llevaban en un cenobio una vida ejemplar y cada uno de ellos había merecido ver en el otro la gracia divina. Pero un viernes, uno de ellos salió del monasterio y vio a uno que comía por la mañana. El hermano le dijo: «¿Cómo siendo viernes comes a esta hora?». Al día siguiente se celebró la misa como de costumbre, pero el otro hermano, al ver a su compañero se dio cuenta de que la gracia divina se había ido de él y se entristeció mucho. Al volver a la celda le preguntó: «¿Que has hecho, hermano, que no he visto en ti la gracia de Dios como la veía antes?». El otro respondió: «No tengo conciencia de ninguna acción ni de ningún pensamiento culpable». El otro insistió: «¿Tampoco has dicho nada malo?». Y acordándose, el compañero le respondió: «Si, ayer vi a uno que comía por la mañana y le dije: "¿A esta hora comes un viernes?". Este es mi pecado. Hagamos penitencia los dos juntos durante dos semanas y pidamos a Dios que me perdone». Lo hicieron así y dos semanas más tarde el hermano vio de nuevo cómo la gracia de Dios volvía a su hermano. Se consolaron mucho y dieron gracias a Dios que es el único bueno.


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Opinión particular
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Una vez un sacerdote sabio me dijo en una confesión: “Todos los seres humanos son dignos de ser amados, por eso no los juzgues ni difames sus pecados, porque si vos no sos capas de quererlos tal vez otra persona si y no tenes derecho privarles esa posibilidad.”
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Pienso en mi experiencia que cuando uno es muy joven su visión de la realidad, es generalmente, egocéntrica y simplista. Los más jóvenes si recibieron una educación privilegia y católica a veces, por designios de Dios, no experimentan la crudeza y la injusticia del mundo profundamente, y por esta irrealidad frente a la complejidad de la vida tienen el peligro de exponer sus corazones, a veces muy nobles y bien intencionados, al grave pecado de soberbia que es juzgar desde la condición de uno a otras personas que son únicas y diferentes.
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Con esto no me muestro tolerante con los pecados que penaliza la Iglesia. Pero como dice en un salmo: ¿Qué es el hombre para que Dios se acuerde de él? Yo me atrevería a decir somos lo que hacemos por el prójimo y con nosotros mismos, no se puede amar a la gente según el Evangelio si uno no se ama, se respeta y busca su propia salvación, como tampoco se puede decir que se ama al Dios invisible si visiblemente estamos rodeados de hermanos que sufren y no nos importa.
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Por eso el cristianismo, se basa en que el más fuerte se humilla para servir al más débil, por ejemplo: el más espiritual auxilia con oraciones al menos espiritual, el más rico da de sus bienes temporales al más pobre, el más inteligente sirve al que tiene menos capacidad, el místico auxilia al teólogo y viceversa.
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Entonces el que por gracia particular de Dios es virtuoso se podría decir que es más fuerte y tiene entonces como deber fuertísimo tender a una santidad mayor y custodiar la salvación de las almas menos virtuosas a semejanza de los Ángeles en la tierra, siendo dóciles a la gracia, respondiendo siempre bien por mal, manteniéndose firme bajo cualquier prueba, transmitiendo esperanza y ternura a las personas heridas, siendo coherentes con facilidad y alegría, dando luz en la confusión con obras silenciosas y humildes, orando, bendiciendo, sacrificándose, encendiendo en los corazones del prójimo deseos de santidad y belleza, y sobre todo no juzgando con crueldad y arrogancia.
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Porque el alma que peca ya recibe su castigo en vida que es vivir en desunión con Cristo que es el Paraíso en esta tierra, la fuente de todo gusto y alegría, atormentada por los recuerdos de sus malas obras ya es acompañada en vida por los demonios con los que va a pasar toda la eternidad (si no se arrepiente), se encuentra enferma, excluida de la comunión espiritual de los Ángeles y los Santos, en un camino suicida en donde es incapaz de amar, con el alma agobiada por las llagadas del pecado... Por eso creo que realmente un alma pecadora es lo más digno de toda la compasión del amor humano.
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Pax et Bonum
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+ Clara de Asís +
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contacto@juventutem.com.ar
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Fuente principal: Padres del Desierto
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Fuente secundaria: Católicos fieles al Sumo Pontífice, un grupo fundado por mi amigo Gonzalo que trata temas muy interesantes en el que debaten tendencias principalmente conservadoras y tradicionales en torno a temas de espiritualidad y liturgia, con gran respeto a las jerarquías eclesiásticas.
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Contacto:
CatolicosfielesalSumoPontifice@groups.msn.com
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4 comentarios:

  1. Todo lo que has publicado sobre la virtud de la humildad, virtud excelente que arroja luces sobre el alma para no juzgar al prójimo, parecen argumentos tan evidentes que no haya nada más para añadir. En algún lado he leído que en la parábola del fariseo y el publicano que oraban en el templo, el primero no pecó por agradecer a Dios los dones que le había dado, pues está reconociendo que vienen de Dios, pero sí pecó al juzgar al publicano, pues las palabras que utilizó etiquetaban toda la vida y todo el ser de esa persona humana, como si lo conociera desde el nacimiento y como si tuviera todos los atributos infinitos que Dios posee para poder juzgar correctamente: para empezar le faltaba humildad...¿porque acaso no dice la Palabra de Dios que el más justo entre los hombres peca al menos siete veces al día?¿Y he de pretender misericordia, condenando sin piedad a los demás? Personalmente lo que me ha costado siempre es evitar quejarme del prójimo que me ha lastimado o decepcionado, lamentando sus faltas con terceras personas, porque si bien pueden ser cosas concretas, observables, puntuales y reales, estoy poniendo el acento en el lado negativo de la persona cuando quizá el que me escucha es más santo que yo y en su gran amor quiere hacer acentuar lo positivo, entonces yo haría mejor en rezar por ese hermano, y acentuar más lo positivo en toda ocasión que me sea posible. Lo otro que me ha costado siempre es evitar que la justa indignación tome mi corazón, pues por mi debilidad, fácilmente pasa de justa a injusta, y de indignado a enojado, y como dice el gran obispo San Francisco de Sales es más fácil evitar enojarse que hacerlo sin pecar, pues quien se enoja muy difícilmente conseguirá evitar algún pecado, y el más venial de todos sigue siendo horripilante ante la luz del Amor de Dios. Por último, me cuesta mucho crecer todavía más en comprensión, es decir tratar de darme cuenta que no cuento con todas las cartas para arriesgarme a considerar antipática a una persona, o (como me pasa muchas veces) que es una personalidad de bruja histérica, pues como dice nuestra querida hermana, todos fueron sido hechos dignos de amor, y sólo Dios puede juzgarlos. Gracias hermanos por existir junto a mí. Con cariño y aprecio: Axel.

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  2. Por mi Axel no vas a encontrar que te juzgue porque yo no soy santa y no tengo derecho a hacerlo…ademas, en mi vida todas las veces juzgue a otras personas, lo hice segura de que estaba hablando como una persona justa y solo me pelee con la gente, me amargue, y luego desesperé perdiendo la confianza en Dios, porque no hay que confiar en la justicia de uno.

    La personas que conocen a Dios, esperan y confían en todo momento en el Juicio de Cristo, saben que Él no piensa como nosotros sino que todo es mucho más complejo en sus planes… el peor castigo que puede dar Dios a una persona no es la muerte, no es despojarla de sus amigos y familiares, de su salud, de sus bienes materiales, ni llegar a hacerlo el hombre más miserable de la Tierra como al pobre Job, sino simplemente librar en esta vida al alma pecadora del Espíritu Santo para que ella misma se condene en la eternidad guiada por sus juicios necios.

    Ahora, coincido con vos en que es muy complejo superar los jucios que nos hacen las personas, mirarnos con amor y sinceridad, y solo después mirar del mismo modo a la gente… La gente necesita mucha esperanza, porque sin esperanza no hay tranquilidad, sin tranquilidad se es imprudente, sin prudencia no se es sabio, sin sabiduría no se sabe amar, y sin amor no se conoce a Dios.

    Gracias por tu mensaje.

    Pax et Bonum!
    + Clara de Asís +

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  3. Clara de Asís:
    Cuando dices de darles esperanza, ¿te refieres apreciarlos de un modo tal que yo los induzca con este amor a adecuarse ellos mismos al concepto tan elevado que tengo de sus personas? Lo voy a intentar, con la ayuda de Dios. Será su amor. Quiero orar más, para que no todo sea "a propósito", sino también poder irradiar involuntariamente el ideal. Gracias por todos tus edificantes aportes.

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