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lunes, 9 de julio de 2012

+El sacerdote imagen de Cristo+

Revístanse, Señor, de justicia tus Sacerdotes y regocíjense tus Santos. Sal. 131


Al levantarse del reclinatorio del confesionario, después de recibir la absolución, todos resoplamos con alivio en nuestro interior. Nos hemos sacado un peso de encima. El Redentor mismo, por medio del sacerdote ha borrado nuestro pecado. No nos queda la menor duda. Los esposos pronuncian sus votos, en presencia del presbítero, convencidos de estar afianzando su matrimonio en Jesucristo. El rostro del agonizante, parece iluminarse al acercarse el ministro que viene a administrarle los últimos sacramentos. Es Cristo, lleno de Vida, que está junto a su lecho, como estuvo junto al de San José.

La vida del cristiano está marcada por la relación filial que lo une con el sacerdote. Es Cristo quien sale al encuentro de cada uno de nosotros, y nos instruye en la Fe y nos administra los Sacramentos, por medio del ministro sagrado.

Enseña el Catecismo Mayor del San Pio X: "El Orden Sagrado es el sacramento que da la potestad de ejercitar los sagrados ministerios que miran al culto de Dios y a la salvación de las almas e imprime en el alma de quien lo recibe el carácter de ministro de Dios."

Es así como por medio de la imposición de manos del Obispo, el ordenado es configurado más prefectamente con Cristo. Con este sacramento se reciben varios efectos de orden sobrenatural, que ayudan al nuevo sacerdote en el cumplimiento de su misión.

Dice también, el Catecismo Mayor de San Pio X: "La dignidad del sacerdocio cristiano es grandísima, con la doble potestad que le confirió Jesucristo sobre su Cuerpo real y sobre su Cuerpo místico que es la Iglesia, y por la divina misión que le encomendó de guiar a los hombres a la vida eterna."
La dignidad sacerdotal exige dos actitudes consecuentes con ella. En primer lugar el reconocimiento por parte del ministro sagrado, de su propia dignidad. En segundo término, el mismo reconocimiento por parte de los fieles. Este honor, propio del sacerdote, no se dirige a su persona, sino a Cristo Redentor, a quien él representa.

Estos dos aspectos, no son independientes el uno del otro, sino que están profundamente relacionados. Más aún, uno deriva del otro. Es decir, si el mismo presbítero no reconoce el sublime misterio, que el Sacramento del Orden ha obrado en su persona; dificilmente puedan hacerlo los fieles.

Este convencimiento, derivado de la Fe, se manifiesta en el obrar de cada presbítero. Su trato con los demás sacerdotes y con los laicos, su disponibilidad, su forma de hablar y vestir, de rezar y sobre todo de celebrar el Santo Sacrificio, son vivo reflejo de sus convicciones.


El sacerdote, al subir las gradas del altar, debe tener la plena certeza de que no es él quien celebra esa Misa, sino Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Cuando no es así, comienzan a surgir poco a poco la inventiva y la improvisación, fruto de un malsano deseo de protagonismo. Es así que el Culto Público de la Iglesia, se va transformando en una mera reunión social, cuyo centro ya no es el Sacrifico de Cristo, sino el Discurso del celebrante.
Esto no es ni más ni menos que el reflejo de lo que sucede en el alma de ese sacerdote. Las cosas del mundo, han ocupado poco a poco el lugar de Jesucristo. No necesariamente será el pecado, pero sí ocupaciones, negocios, estudios, que no son estrictamente propios del estado sacerdotal. En pocas palabras, el sacerdote se ha ido secularizando. Comienza a sentir, pensar y actuar como un laico, renegando, con hechos, de su estado clerical.

Escribe George Weigel en su libro "El Coraje de ser Católico": "Un sacerdote no puede ser un hombre para los demás si vive como los demás. Su vestimenta, su comportamiento (en privado y en público), y sobre todo su plegaria, deben reflejar una determinación diaria de renunciar a muchos bienes por el Reino. Eso no quiere decir que los clérigos de parroquia deban vivir como los ermitaños del desierto egipcio de las primeras comunidades cristianas, pero sí que el modo de vida de un sacerdote, su forma de trabajar y su ocio, deben reflejar siempre lo que es. Un hombre no es un sacerdote sólo durante las horas en que la parroquia está abierta. Si no es un sacerdote a todas horas, todos los días, si no adapta deliberadamente su vida para que la iconografía de su sacerdocio sea obvia, su concepto del sacerdocio es deficiente y su vulnerabilidad a la tentación será mayor."

Roguemos pues, a Dios nuestro Padre, que sostenga con su Santo Espíritu a los sacerdotes, para que sean imagen perfecta de Jesucristo, Buen Pastor.

Ut universum ordinem sacerdotalem in sancta religione conservare digneris: Te rogamus audi nos.

Iesu, Sacerdos et Victima, miserere nobis.


Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

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